sábado, 30 de julio de 2011

El cuadro es lo que importa




Como una mala estudiante de secundaria, la ministra de Cultura se puso a hablar de las dos anécdotas biográficas de Caravaggio que circulan por ahí, en vez de referirse a la espléndida obra prestada por los Museos Vaticanos. En el Museo del Prado, hablando de la homofobia y de la persecución de Caravaggio en el acto de recepción del préstamo del Vaticano, no anduvo muy protocolaria. Pero ha servido de revulsivo para que se hable un poco más del cuadro, que es lo que importa.

El Museo del Prado exhibe desde el día 22 de julio hasta el 18 de septiembre, el Descendimiento o Santo Entierro que pintó en torno a 1603 Michelangelo Merisi –es decir, Caravaggio- para una de las capillas de la Chiesa Nuova (Santa María in Vallicella) de Roma. La dirección del Prado ha querido relacionar felizmente, dentro de su programa de exposiciones de la Obra Invitada, un cuadro religioso con la Jornada Mundial de la Juventud, y para ello solicitó, a través de la Iglesia española, este préstamo de la impresionante pintura que se conserva en los Museos Vaticanos.

Caravaggio superó el cansancio del Renacimiento clásico por medio de la intensidad de un realismo que se fue haciendo cada vez más descarnado y grandioso, acaso como reflejo de su propia vida llena de claroscuros. Cuando alcanzaba el éxito como pintor, como en Roma, tenía que huir por violento y asesino; y cuando su arte le encumbraba socialmente, como cuando le nombraron Caballero de la Orden de Malta, su pasado criminal le desterraba a una errancia infinita. Pero la solidez de su leyenda de pintor maldito no puede desmentir que fue un pintor apreciado por los grandes de su tiempo –los cardenales Sannesio, Borghese o del Monte, el príncipe Marzio Colonna o el embajador de Francia en Roma- y por los artistas más importantes del barroco europeo –Rubens, Gentileschi, Maíno, Ribera, e indirectamente Velázquez.

El Santo Entierro se pintó en Roma entre 1602 y 1604, encargada por Gerolamo Vittrici, y resulta uno de los ejemplos más destacados del llamado estilo “intermedio clásico” de Caravaggio, donde se mezclan en perfecto equilibrio su particular realismo, su dramatismo solemne, la monumentalidad miguelangelesca de las figuras y el claroscuro delicado. Una oportunidad inmejorable para enriquecer nuestra percepción del genio italiano, del que tenemos un excelente cuadro menor en el Prado, y de poder compararlo junto con el Descendimiento de Van der Weyden o el Entierro de Cristo de Tiziano.

Los historiadores siempre han llamado la atención sobre la posible simbología de la pintura, que relaciona la piedra del sepulcro –que sobresale en pico hacia el espectador de forma evidente– y la piedra angular que representa Cristo. Este mensaje cristológico llevado de la mano del dolor y la muerte resulta muy oportuno en el contexto de una reunión internacional de jóvenes entusiastas, valga la redundancia, dispuestos a reflexionar sobre los pilares de sus propias creencias.

Y es grato imaginar lo que disfrutaría Caravaggio contemplando a cuadrillas de jóvenes contraviniendo los férreos dogmas del laicismo actual acercarse llenos de admiración y devoción al Museo del Prado para contemplar su pintura, y disfrutarla y reflexionar sobre ella como si se tratara de una ventana abierta a la más cruda realidad de un misterio.
 ***
VIDA Y OBRA

 Desde el estructuralismo parece de muy mal tono referirse a la vida de los artistas a la hora de enjuiciar sus obras. Cuando la biografía se toma como excusa para no entrar al fondo del arte, como ha hecho la ministra, está de más, efectivamente. En cambio cuando la biografía se estudia como causa (una más) para entender mejor el fondo del arte, nunca está de más, ni mucho menos. La vida torturada de Caravaggio, del que se sabe con certeza que fue un asesino y del que se supone su homosexualidad, puede ser utilizada —forzando bastante las cosas— como muletilla del discurso de valores dominante. Mucho más interés tiene preguntarse hasta qué punto esa vida de fuertes contrastes (pintor religioso, al servicio de los grandes de la Iglesia, honrado y admirado, y a la vez polémico, ambiguo y maldito), esa vida de fortísimos contrastes, mejor dicho, influyó en sus violentos claroscuros, en sus figuras retorcidas, en su áspero realismo o en su concepción general de la pintura, palpitante porque sufriente. 

viernes, 29 de julio de 2011

No volveré a ser joven



El primer regalo que me ha hecho la visita del Papa a España es la siguiente pregunta recurrente: “¿Vas a la Jornada Mundial de la Juventud?” Entran ganas de dar un abrazo a los que me preguntan. Pienso en mi fecha de nacimiento o, cuando llego a casa, me miro al espejo, y no me lo explico, la verdad.

Entré en la juventud hace muchísimo. Fue con un rito iniciático. En 1982, con trece recién cumplidos, acudí al estadio Bernabéu al “Encuentro con los Jóvenes” que iba a celebrar Juan Pablo II. Recuerdo mis miedos de pre-adolescente, azuzados en el autobús por los mayores del colegio, angelitos, que me embromaban con la posibilidad de que en la entrada me dijesen que aquello no era un “Encuentro con la Tierna Infancia” y que me volviese a casa, hala, con mis papás. Me veía paseando solo por La Castellana, oyendo el eco lejano de las palabras del Papa mientras hacía tiempo para coger el autobús de vuelta. Afortunadamente, me dejaron entrar. Suspiré aliviado. Durante todo el acto tuve conciencia de que allí y entonces empezaba a ser joven.

Entremedias, he sido joven una pila de años, casi demasiados, diría, y tuve la suerte de acudir a las Jornadas de la Juventud en Roma y en París. Salí de la juventud como entré: por la puerta grande: en el 2003, con casi treinta y cinco años, nel mezzo del cammin di nostra vita, tras el “Encuentro con los Jóvenes” en el aeródromo de Cuatro Vientos. También me acerqué a la entrada con cierta aprensión. Esta vez temía que me recordasen que se había convocado a los jóvenes, y que a mí se me había pasado el arroz. Me dejaron pasar. Suspiré aliviado. Durante todo el acto tuve muy clara conciencia de que estaba ante un rito de finalización: no volvería a ser joven.

Me consta que muy pocos coetáneos compartirán esta última idea y muchos menos con la serena alegría (casi celebración) con que la llevo yo. Mis antiguos compañeros de Universidad están organizando un encuentro en Madrid aprovechando su asistencia a la Jornada. Me parece muy bien y leo los e-mails que nos cruzamos con emoción, pero también con extrañeza de que ni uno haya llamado la atención sobre nuestra condición de ya-no-jóvenes.

Con todo, si pudiera iría, claro: me colaría. Subrayo el verbo colarse porque creo que si el Santo Padre convoca a los jóvenes es a los jóvenes. Y no simplemente por un criterio estrictamente cronológico, sino porque los actos, la escenografía y el ambiente están pensados para ellos. Estos encuentros consisten en un paso adelante del Papa y de la Iglesia que busca a la juventud en sus caminos. Nunca le agradeceré lo bastante ese paso a Juan Pablo II que desde el principio hasta el final de la mía la llenó de ideales y la vació de complejos.

Pero Benedicto XVI ya no es el Papa de mi juventud, sino de mi madurez. Ahora me toca asumir otro papel dentro de la Iglesia. Acudir, si acaso, a los encuentros con las familias, y sobre todo seguir fielmente su magisterio en mi vida profesional y personal. Bastantes de esos antiguos amigos de la universidad con los que nos cruzamos e-mails lamentan que no podrán acudir a Madrid esos días porque, como yo, tienen que estar haciéndose cargo de sus hijos pequeños. Natural. Lo único que sobran, desde mi punto de vista, son las lamentaciones. Ése es nuestro papel.

Uno de los nuestros. Otro papel es rezar intensamente por el éxito del viaje del Papa a España. Otro, seguir atentamente sus mensajes por televisión, y releerlos en la prensa. Otro, animar mucho a los que vayan (incluyendo, por supuesto, a los jóvenes de espíritu, dicen, que se cuelen). Y soñar que en unos años sean nuestros hijos los que acudan, ilusionados, felices, entusiastas, conmovidos, a otras jornadas de la juventud con el Papa esparcidas por todo el mundo. 

miércoles, 27 de julio de 2011

lunes, 25 de julio de 2011

Idas y venidas


Extraordinarios los Relatos de fantasmas de Edith Wharton que acaba de reeditar Alianza. En un epílogo autobiográfico, la autora confiesa que durante muchos años le aterrorizaron inexplicablemente los zaguanes y los portales. Ese mismo día leí a Luis Rosales en El contenido del corazón describiéndolos como un territorio ambiguo, que todavía no es la casa pero ya no es la calle. Eso explicaba bien ­–me dije– los miedos de la Wharton: los portales –entre dos mundos– resultan propicios a lo fantasmagórico. Lo que explicaba (de vuelta) por qué La casa encendida de Rosales, poemario donde se le aparecen varios muertos, empieza con un soneto titulado "Zaguán". La literatura se alumbra a sí misma.

sábado, 23 de julio de 2011

El antinacionalista


Hago cola en una tienda de electrónica. El cliente que va delante de mí pregunta mucho, duda después, saca cosas de sus bolsillos, duda de nuevo, y todo con un acento gallego tan cerrado que cuesta –aún más– entenderlo. Cuando se decide, el dependiente le mete lo suyo rápido en una bolsa y le dice: “Bueno, muchas gracias. ¿El siguiente?” El otro pregunta tímidamente: “¿No me cobra?”. Y entonces el dependiente suelta un suspiro de alivio: “ M'había olvidao. Menos mal que es usted gallego…” Qué antinacionalista andaluz ha resultado el dependiente, capaz de ver, admirar y celebrar a los españoles de otras regiones. Y a mí me entra un paradójico orgullo de ser andaluz, que el dependiente me perdone. 

viernes, 22 de julio de 2011

Una pintada muy limpia


Aunque desde que existe Twitter y el muro de Facebook, las pintadas han perdido su única excusa: la de último recurso del pueblo para expresar una opinión, yo me sigo fijando en ellas, generalmente para discrepar. Hay un subgénero que siempre me ha gustado especialmente: el muy contrarrevolucionario (por contragraffitero) de la pequeña pintada sobre la gran pintada, que logra volverla del revés. Quizá la que vi el otro día sea una broma vieja, pero yo no la conocía, y ahora tiene más gracia con toda la polémica sobre la higiene del movimiento perroflauta. Sobre el grito: ¡LUCHA!, adornado por una hoz y un martillo, un guasón ha escrito una “d”. Ahora exige perentoriamente: ¡DUCHA!

miércoles, 20 de julio de 2011

lunes, 18 de julio de 2011

Bueno, vale, la media

Tengo un vivo interés en no morirme pronto. No porque crea que allí o más allá, para hablar con propiedad, no vaya a estar en la gloria, sino porque quiero dejar aquí una obra literaria bonita y, entre mi estresada lentitud, mis palos de ciego, mis otras obligaciones y mi inagotable pereza, necesitaré un buen manojo de lustros. Mi ideal es llegar a los noventa y tantos años, como mis abuelas, y lo sigo pidiendo a Dios. Pero he leído que la media de edad en España está en los 82 y me daría cosa que, por escribir yo un puñado de poemas más, hubiese que restarle a cualquiera algunos años. Si no queda más remedio que la media aritmética, bueno, vale, me conformo con 82. Y si subimos la media entre todos, mejor que mejor.

sábado, 16 de julio de 2011

Precisión

Mario Quintana, que no se equivoca casi nunca, nos cuenta: “Lumbago. Apenas puedo moverme. ‘Paciencia, paciencia…’, me dice doña Glorita, que me trae el café a la cama. ‘¿Usted no tiene fe? Ofrezca sus sufrimientos a Dios.’ Lo gracioso es que lo dice en serio. Yo me pregunto qué diablo de Dios será ese… Y recuerdo eruditamente estremecido los sacrificios humanos ofrecidos a Moloch. Ah, doña Glorita, ¿sabe una cosa? Sospecho que, si dios cambió, los creyentes continuan siendo iguales”. Se le va un pequeño matiz a Mario. Los sacrificios ofrecidos a Moloch eran de otros. Y los que son gratos a Dios son nuestros sufrimientos, y no por sufrimientos, sino por nuestros y entregados. El matiz es fundamental.

viernes, 15 de julio de 2011

Libro de caballería

Contra la maldición de los best-sellers, uno de los libros más vendidos de Rumanía no es una birria. Es una joya, una obra maestra, una lectura transfiguradora y una fuente de dicha que mana y corre. Se titula, muy justamente, Diario de la felicidad, y lo escribió el padre Nicolae.

Nicolae Steinhardt (Bucarest, 1912-1989) no nació, obviamente, monje ortodoxo como murió, pero ni siquiera cristiano. Era judío, de clase acomodada, pariente lejano de Sigmund Freud, al que conoció en 1927, con quince añitos (y al que irritó preguntándole por Jung y Adler) y miembro de la intelectualidad rumana. Sufrió la persecución antisemita durante la segunda guerra mundial, pero no fue hasta la llegada del comunismo cuando fue torturando e internado en las cárceles más crueles. Esta experiencia es la que narra en Diario de la felicidad, libro  publicado en España por Ediciones Sígueme.

Él la resume inmejorablemente: "En la pequeña celda de Zarca, solo, me arrodillo y hago balance. Entré en la cárcel ciego y salgo con los ojos abiertos; entré mimado y caprichoso, y salgo curado de ínfulas, aires de grandeza y caprichos; entré insatisfecho y salgo conociendo la felicidad; entré nervioso, irascible, sensible a las minucias y salgo indiferente; el sol y la vida me decían poco, ahora sé saborear un trozo de pan, por pequeño que sea; salgo admirando por encima de todo el valor, la dignidad, el honor, el heroísmo; salgo reconciliado: con aquellos a los que he hecho mal, con los amigos y los enemigos, incluso conmigo mismo".

Diario de la felicidad es más que un libro testimonio de la represión marxista. Es una obra maestra literaria, para empezar a hablar. Su estructura, muy suelta, un acarreo desordenado de recuerdos, con saltos en el tiempo, mezclando anécdotas, reflexiones, notas de lecturas y citas no es casual. Refleja la sinceridad del narrador y, además, su confianza en la Providencia, que siempre acaba bien el puzzle de una vida. Para el lector, imprime un ritmo trepidante.

Religiosamente salta del ascetismo al misticismo y vuelta, pasando por la teología y por unas maravillosas y originales exégesis evangélicas. En la cárcel, Steinhardt se convierte al cristianismo y entra en la Iglesia Ortodoxa con dos sacerdotes católicos como testigos de bautismo, asumiendo en aquel acto una vocación ecuménica a la que fue fiel toda su vida, incluso cuando profesó de monje muchos años después de la salida de prisión. En el libro se le ve siempre atento y afín a los escritores y a los planteamientos católicos. 

Hay un pensamiento central en su obra, casi como un estribillo o, mejor, como un lema o motto, especialmente llamativo: su defensa constante de la nobleza, del coraje, de la caballerosidad y de las buenas maneras. La enlaza magistralmente con el cristianismo (explica, con perspicaces ejemplos, que Jesús era un perfecto gentleman) y también con la figura recurrente y admirada del Quijote y con el deber de la inteligencia y la cultura. Para Steinhardt la estupidez es pecado; la libertad, aristocracia; la valentía, el secreto de la felicidad; y la buena educación, la caridad. En sus compañeros de celda encuentra “una atmósfera de grandeza, de medievalismo hierático; ondean invisibles capas de púrpura, refulgen espadas de Damasco. Cada gesto revela un quijotismo contenido”. Estamos ante un libro de caballerías, que incita, como los que leyó Alonso Quijano, a la emulación.

Hay que acabar y aún no he destacado su sentido del humor, su vasta cultura (cita bien a muchos autores españoles: a Ortega y Gasset —que a fin de cuentas es nuestro pensador más europeo—, a Unamuno —que después de todo es un existencialista ibérico—, pero también a Eugenio d’Ors y otros), su indesmayable patriotismo, el amor a sus padres, su perdón a los enemigos, las novelescas vicisitudes del manuscrito… Pero no sé de qué me extraño: las seiscientas y pico páginas del libro se me quedaron muy cortas y ¿pretendía encerrarlas en seiscientas y pico palabras?

[recuadro]  
LA GRAN RUMANÍA
El gran acontecimiento cultural de principios del siglo XXI está siendo la recepción de las obras literarias de la Europa del Este, hechas detrás del Telón de Acero y contra él. Y de alguna manera gracias a él, pues allí los intelectuales no perdieron el norte del valor de las palabras (por las que te jugabas la vida), del don precario de la libertad, de la inmensa diferencia entre la verdad y la mentira, de la dignidad del hombre. Lo explica tajantemente el poeta polaco y también represaliado por el comunismo Aleksander Wat, que divide a los intelectuales en los que conocen esas lecciones básicas y los que no. Rumanía contribuyó muchísimo a la resistencia cultural que puede que nos salve ahora a nosotros. Nicolae Steinhardt es uno de sus nombres, pero hay otros, unos que escaparon a Europa occidental y otros que no: Cioran, Ionescu, Eliade, Horia... Son cumbres. Quien oiga el nombre de Rumanía y lo asocie sólo a uno de los países más pobres de la Unión Europea demuestra sus carencias culturales y se queda en los efectos. No hay que olvidar  las causas ni aquellos que las enfrentaron. Forman una aristocracia de la inteligencia de la que no podemos permitirnos el dudoso lujo (de pésimo gusto) de prescindir hoy día.

jueves, 14 de julio de 2011

El ombligo

Mi hija de un año, por ser de la generación digital, trae de serie la función de manejar aparatos electrónicos. Es de admirar cómo se entiende con el mando a distancia de la tele, aunque a nosotros nos supere ese zapping en zig-zag… Y qué decir, qué, de la soltura con la que manipula nuestros móviles hasta el completo agotamiento de la batería (si hay suerte) o la llamada aleatoria a alguno de nuestros contactos o el descalabro del terminal (nunca mejor dicho). El otro día asistí en primera fila al descubrimiento de su propio ombligo, que tiene forma de bellísimo botón de IPhone. Automáticamente, se lo apretó con su dedito 2.O. Me dio pena pensar que su cuerpo iba a decepcionarla en cuanto descubriese que no se encendía ni sonaba nada. Pero no: saltó de inmediato su luminosa risa. Y cada vez que le daba al botón se reía, se reía. 

lunes, 11 de julio de 2011

Helena o el mar del verano

Espantada porque su hija leía novela tras novela del noccivo Federico Moccia, me pidió una recomendación. Le apunté, entre otros libros, Helena o el mar del verano de Julián Ayesta, deliciosa novelita espléndida. A la semana me dijo cuánto le había gustado la novela a ella, pero no a su hija: “Claro, como no ha conocido aquellos veraneos eternos con los primos…” Deduje que a la niña tampoco se le podrá recomendar la Iliada porque no ha conocido aquellas expediciones de los aqueos, ni el Quijote, porque no ha dormido nunca en una venta manchega, ni La isla del tesoro porque no tiene un loro ni una pata de palo... A veces hasta los padres más listos se tragan —será el amor, que es ciego— las más idiotas ideas de sus hijos.
*** 
Pero, ¿quién está libre de parcialidad? ¿No me parece a mí insuperable el estilo de gateo, digamos, de Carmen, que no se rebaja a las cuatro patas, no, ni olvida la vocación humana de tollere vultus ad sidera? Oh.


sábado, 9 de julio de 2011

Traducción de un soneto toscano


Querría saber, amantes, cómo es hecha
esta amorosa red que a tantos prende,
cómo su fuerza en todo el mundo extiende           
o cómo el tiempo ya no la desecha.

Si Amor es ciego, ¿cómo se aprovecha
a hacer las saetas con que ofende?
Si no las hace Amor, ¿quién se las vende?
¿Con cuál tesoro compra tanta flecha?

Si tiene, como escriben los poetas,
en una mano el arco, en otra el fuego,
¿las saetas, la red, con qué las tira?

Las armas del Amor, tirano ciego,
un volver de ojos es que alegre os mira,
no el arco ni la red, fuego y saetas.

Gutierre de Cetina (Sevilla, alrededor de 1515-Puebla de los Ángeles, de Nueva España, alrededor de 1555) es un poeta soldado de apasionante vida novelesca, con final de novela negra, casi sueca. Está en todas las antologías merced a su epigrama famoso de los ojos airados a los que se les pide, por favor, que si no queda otro remedio a su enfado, al menos le sigan mirando. Con este soneto pueden ejemplificarse muchas cosas: que la traducción es otra creación, que España se dejó conquistar por la Italia que había conquistado y que el Renacimiento, por cristiano, no podía dejar de reírse un poco por lo bajo de los dioses paganos, por más que los sacase a relucir en sus poemas y en sus cuadros. Sin embargo, lo que vale más de este poema es el verso más realista y auténtico: ese “volver de ojos que alegre nos mira”, que basta, él sólo, para resolver el misterio y explicarse el poderío del amor. 

viernes, 8 de julio de 2011

El aborto, por Quintana

El aborto no es, como dicen, un asesinato. Es un robo. No puede haber un robo mayor. Porque, al malogrado nasciturus, se le roba este mundo, el cielo, las estrellas, el universo, ¡todo! El aborto es un robo infinito. 
Yo soy de los que dicen que el aborto es un asesinato, y lo mantengo, pero a la vez me descubro ante la fuerza y la eficacia de esta idea de Quintana, muy poética, en el mejor sentido. Uno siente que el nasciturus apenas puede morir por pequeño, por inocente, por no haber puesto un pie en la vida. Por eso, creo, resulta tan eficaz la voz de alarma que pega este aforismo. Porque el robo es inmenso, eso no hay quien lo discuta. Así, con lo menos consigue concienciarnos contra lo más.

jueves, 7 de julio de 2011

Y dale con Chesterton


Qué suerte tienen algunos.  Alfred Kessler, médico aficionado a Chesterton, se paseaba por un mercado de libros viejos de San Francisco. Dio con un volumen de aforismos publicado en 1911 por el justamente olvidado Holbrook Jackson, de un interés perfectamente descriptible. Ese ejemplar tenía escritas a mano con un lápiz verde respuestas a cada aforismo. Al que decía: “El que piensa se pierde”, el lápiz replicaba: “El que no piensa no merece que lo encontremos”. O al que aconsejaba: “¡No pienses. Hazlo!”, se le aconsejaba vivamente: “¡Hazlo: piensa!”. Kessler reconoció la letra de Chesterton. Y sacó a la luz esas respuestas perdidas de GKC, que aunque las escribió para contestar privadamente a Jackson, merecían —por pensadas y por brillantes— que las encontrásemos. Qué suerte tenemos todos. 

martes, 5 de julio de 2011

Eheu fugaces!


En las calles de mi pueblo montan mesitas para vender los productos del tiempo. Ahora, caracoles y brevas; hace nada, espárragos; en verano, higos chumbos; en septiembre higos; en otoño, castañas y  alcachofas. Hay toda una rueda gastronómica, humilde, que gira acompasada con la rueda del año y sus estaciones. Y esos productos están tan buenos, se compran y cocinan con tanta alegría, que uno casi lamenta que el progreso, la importación y los invernaderos hayan convertidos en perennes tantos otros frutos y frutas. “¿Por qué gustan tanto los de temporada?”, me pregunto. ¿Será que al tomarlos cogemos en las manos los tiempos fugaces y nos hacemos la ilusión de que corren para y con nosotros?

lunes, 4 de julio de 2011

De la brevedad engañosa de la vida

En seguir sombras y abrazar engaños
se fueron los afanes de mi vida.
Casi finalizada la partida
dueño soy de tan sólo desengaños. 

Confiados, subimos los peldaños
de dos en dos. Y, luego, a la salida,
la pesadumbre de la despedida,
el daño irreparable de los años. 

El tiempo, el tiempo, el tiempo, esa es la clave...
Al barco ya le gimen las cuadernas
y a menor esperanza, más sofoco. 

Nos vamos a la nada en nuestra nave,
no hay nadie que la libre de galernas.
Y esto no es un soneto del Barroco.

Una ventaja del formato de esta sección poética [en el semanario Alba] es que el nombre del poeta y su fecha de nacimiento aparecen al final, tras la lectura del poema, que se deja leer así libre de prejuicios, de etiquetas histórico-literarias, de características de manual y, sobre todo, de prestigios preestablecidos. Y en este caso además con una enorme ventaja añadida, pues no se estropea la sorpresa del último verso, su técnica del desengaño, especialmente apropiada cuando el desengaño vital es también el asunto del soneto. El atento lector puede haber creído que, efectivamente, se encontraba ante un soneto barroco, pero no: es un tema de siempre y, por tanto, de hoy mismo, como permitía atisbar el coloquialismo del verso 11. Pero incluso con ese sutil preaviso, la punzante conclusión, tan acorde también con el título de esta sección, “Clásico, es decir, actual”, nos dice, con una sonrisa resignada, que la brevedad de la vida y la futilidad de nuestros afanes no fue un tema del Siglo de Oro y adiós, sino de todas las épocas, del hombre y su naturaleza. ¡Ah!, el autor es Fernando Ortiz (Sevilla, 1948), un poeta sabio, que ha sabido (quod erat demostrandum) traerse como nadie la tradición a nuestro lado. 

sábado, 2 de julio de 2011

Adam Zagajewski en todas las encrucijadas


La literatura polaca del siglo XX y de éste (su poesía en particular) está llena de nombres tan impronunciables como imprescindibles: Tadeuz Rózewicz, Czesław Miłosz, Aleksander Wat, Zbigniew Herbert, Wisława Szymborska, Jan Twardowski… Adam Zagajewski (Lwów, 1945), candidato al premio Nobel, de intensa biografía y extensa obra, es una de sus figuras más representativas.

El escritor Jesús Miramón lanzaba una pregunta a la Red que es –aunque no tan hermosamente expresada– la que nos hacemos muchos: “¿Por qué se escribe tan buena poesía en Polonia?”; y seguía: “He llegado al punto de que cada vez que se sienta al otro lado de mi mesa de trabajo una persona de esa nacionalidad ya tiene mi simpatía y mi admiración por ello. Sé que es ridículo pero ¿acaso no lo son todos los prejuicios?”

La respuesta, además del hecho indubitable de que el Espíritu sopla donde quiere, ha de partir siempre de que para el pueblo polaco, tan machacado históricamente, la literatura ha sido el último refugio de su identidad nacional. Lo dejó dicho Adam Zagajewski en una conferencia de 1989 con un título épico: “Con la poesía polaca contra el mundo”. Allí relataba cómo (cuando escapó del comunismo) la poesía le salvó de la desesperación estéril de la emigración. Y añade otro elemento que le caracteriza en su papel de eslabón: “Siempre me quedaba el sentido del deber hacia mis predecesores y sucesores”. Dentro de todo el elenco deslumbrante de poetas polacos, conviene pararse en Zagajewski porque en él encontramos exacerbada una característica clave de esta poesía: la de encontrarse, como su propio país –entre Alemania y Rusia, entre Occidente y Oriente– en medio de todas las encrucijadas, como señaló en repetidas ocasiones Juan Pablo II, poeta polaco también él.

En Adam Zagajewski es incluso una constante vital. Se retrata (en “Autorretrato no exento de dudas”) entre el entusiasmo del mediodía y el decaimiento de la tarde, “siempre demasiado o demasiado poco”. En otro autorretrato, se pinta repartido hasta entre sus herramientas: “Entre el ordenador, el lápiz y la máquina de escribir se me escapa medio día”. Su biografía también resulta dividida. Formó parte del movimiento “Nueva ola”, muy relacionado con el sindicato Solidaridad y opuesto al régimen comunista. Pero descubrió que la poesía tenía que alejarse de los acontecimientos más inmediatos para ganar perspectiva, y se convirtió, ya en el exilio, “en un disidente de los disidentes”. Luego llegó la caída del muro. Susan Sontag ha explicado muy bien la dificultad que ha supuesto para los intelectuales polacos de la generación de Zagajewski pasar de los tiempos heroicos del anticomunismo a esta época de expectaciones morales disminuidas y estándares artísticos superficiales.

Esas encrucijadas nacionales y personales se reflejan en su pensamiento y en su creación. Para él la poesía se mueve entre los polos opuestos de la ironía y el fervor, de la pasión y la forma, de la elegía y la epifanía; la literatura, por su parte, se escinde en dos grandes reinos: la prosa y la poesía; su vida interior oscila –según confesión propia– entre el sueño y la indolencia y el despertar poético; como todo intelectual, piensa entre el nihilismo y la admiración; su corazón late del cosmopolitismo al amor a Polonia; lee con igual fervor a Cioran y a Wojtyla; sus conversaciones se reparten entre los vivos y los muertos; la realidad y el arte se miran recelosas; sus poemas van y vuelven, como un metrónomo, de la historia y la anécdota biográfica a los valores eternos; Dos ciudades se titula uno de sus ensayos, y otro, Otra belleza, y otro Solidaridad y soledad.

Para explicarnos en la medida de lo posible la calidad de esta poesía (en particular, la de Zagajewski, pero en general de toda la polaca, que él representa aquí a efectos didácticos) no debemos olvidar esas tensiones continuas y diversas, cruciales, que la convierten en un campo de fuerzas. Esto es fundamental, aunque no sea, por supuesto, su único valor. Por citar otro, recordemos cómo Charles Simic, en un artículo sobre nuestro poeta, apuntaba: “La poesía polaca tiene una rara virtud: su legibilidad en una época en la que los experimentos modernistas han hecho de mucha de la poesía escrita en otras latitudes algo sencillamente hermético”. En esa legibilidad tiene un papel protagonista el desplazamiento del protagonismo de la metáfora a la imagen que se va cargando de leve y persistente simbolismo.

Pero tanta tensión y la claridad expositiva no conquistarían nunca al lector si no fuesen acompañadas por una decidida toma de partido a favor de un tono moral. Zagajewski, rodeado de dudas siempre, sabe que “el territorio de la verdad/ es claramente pequeño, estrecho/ como una senda en un precipicio”, pero que ése es su camino. Su gran peligro es recrearse en la duda, esto es, olvidar las tensiones y recostarse en una posición centrista muy satisfecha de sí misma, tanto en lo poético como en lo ensayístico. No puede cambiar impunemente una esperanza árida por una cómoda instalación en el justo medio. En el último ensayo de su último libro confiesa que la fría forma y la pasión indomeñable, los dos extremos contrapuestos del arte, se encontrarán, en su máxima potencia y reconciliados, en Dios. Ése es su sitio.
***
ZAGAJEWSKI Y ESPAÑA [apoyo en un recuadro]

Si estuviésemos hablando de poesía española, habría que reflexionar sobre la atención con que nuestra poesía más joven lee al poeta polaco, muy editado aquí últimamente. O de su desprecio por los seguidores de Ashbery. Pero como hablamos de él, lo interesante será destacar que este intelectual al que nada de lo humano le es ajeno, y menos si es europeo, ha vuelto en varias ocasiones sus ojos a España. Tras alguna mención un tanto tópica (“Aves negras caminan por los campos/ siempre esperando algo, pacientes como viudas españolas”), asombra el largo y esencial ensayo titulado “Flamenco”, que recoge en Solidaridad y soledad. Y tiene, sobre todo, un poema imprescindible, “Zurbarán”, que vale por toda una metafísica y una ascética:

Zurbarán pintó
santos españoles
y naturalezas muertas,
los alternaba,
y por eso los objetos
que yacen en las pesadas mesas
de sus naturalezas muertas
son, también, santos. 

viernes, 1 de julio de 2011

Renunciar a la errata

No me habían avisado de la revista, así que pensé que el envío de Un secreto temblor era una cortesía de la editorial o del autor. Pero era, ya digo, que en Poesía Digital habían pensado que yo lo criticase. Tuve que escribir esta reseña a contrarreloj… como se nota en alguna descarada repetición. Con más tiempo no hubiese rechazado tan rápido la repentina ocurrencia de introducir una errata mayúscula:
el secreto temblor que nos recorre
en la cima del éxtasis.
Por no hablar —¡cielo santo!—
de esas misas salvajes,
cuerpo a Cuerpo,
donde Tú te me entregas
con la pulsión a punto de romperse 
 […]
Para la próxima vez, ya no me resisto.