Eficacia por probar.
domingo, 31 de julio de 2011
sábado, 30 de julio de 2011
El cuadro es lo que importa
Como una mala estudiante de secundaria, la ministra de Cultura se puso a hablar de las dos anécdotas biográficas de Caravaggio que circulan por ahí, en vez de referirse a la espléndida obra prestada por los Museos Vaticanos. En el Museo del Prado, hablando de la homofobia y de la persecución de Caravaggio en el acto de recepción del préstamo del Vaticano, no anduvo muy protocolaria. Pero ha servido de revulsivo para que se hable un poco más del cuadro, que es lo que importa.
El Museo del Prado exhibe desde el día 22 de julio hasta el 18 de septiembre, el Descendimiento o Santo Entierro que pintó en torno a 1603 Michelangelo Merisi –es decir, Caravaggio- para una de las capillas de la Chiesa Nuova (Santa María in Vallicella) de Roma. La dirección del Prado ha querido relacionar felizmente, dentro de su programa de exposiciones de la Obra Invitada, un cuadro religioso con la Jornada Mundial de la Juventud, y para ello solicitó, a través de la Iglesia española, este préstamo de la impresionante pintura que se conserva en los Museos Vaticanos.
Caravaggio superó el cansancio del Renacimiento clásico por medio de la intensidad de un realismo que se fue haciendo cada vez más descarnado y grandioso, acaso como reflejo de su propia vida llena de claroscuros. Cuando alcanzaba el éxito como pintor, como en Roma, tenía que huir por violento y asesino; y cuando su arte le encumbraba socialmente, como cuando le nombraron Caballero de la Orden de Malta, su pasado criminal le desterraba a una errancia infinita. Pero la solidez de su leyenda de pintor maldito no puede desmentir que fue un pintor apreciado por los grandes de su tiempo –los cardenales Sannesio, Borghese o del Monte, el príncipe Marzio Colonna o el embajador de Francia en Roma- y por los artistas más importantes del barroco europeo –Rubens, Gentileschi, Maíno, Ribera, e indirectamente Velázquez.
El Santo Entierro se pintó en Roma entre 1602 y 1604, encargada por Gerolamo Vittrici, y resulta uno de los ejemplos más destacados del llamado estilo “intermedio clásico” de Caravaggio, donde se mezclan en perfecto equilibrio su particular realismo, su dramatismo solemne, la monumentalidad miguelangelesca de las figuras y el claroscuro delicado. Una oportunidad inmejorable para enriquecer nuestra percepción del genio italiano, del que tenemos un excelente cuadro menor en el Prado, y de poder compararlo junto con el Descendimiento de Van der Weyden o el Entierro de Cristo de Tiziano.
Los historiadores siempre han llamado la atención sobre la posible simbología de la pintura, que relaciona la piedra del sepulcro –que sobresale en pico hacia el espectador de forma evidente– y la piedra angular que representa Cristo. Este mensaje cristológico llevado de la mano del dolor y la muerte resulta muy oportuno en el contexto de una reunión internacional de jóvenes entusiastas, valga la redundancia, dispuestos a reflexionar sobre los pilares de sus propias creencias.
Y es grato imaginar lo que disfrutaría Caravaggio contemplando a cuadrillas de jóvenes contraviniendo los férreos dogmas del laicismo actual acercarse llenos de admiración y devoción al Museo del Prado para contemplar su pintura, y disfrutarla y reflexionar sobre ella como si se tratara de una ventana abierta a la más cruda realidad de un misterio.
***
VIDA Y OBRA
Desde el estructuralismo parece de muy mal tono referirse a la vida de los artistas a la hora de enjuiciar sus obras. Cuando la biografía se toma como excusa para no entrar al fondo del arte, como ha hecho la ministra, está de más, efectivamente. En cambio cuando la biografía se estudia como causa (una más) para entender mejor el fondo del arte, nunca está de más, ni mucho menos. La vida torturada de Caravaggio, del que se sabe con certeza que fue un asesino y del que se supone su homosexualidad, puede ser utilizada —forzando bastante las cosas— como muletilla del discurso de valores dominante. Mucho más interés tiene preguntarse hasta qué punto esa vida de fuertes contrastes (pintor religioso, al servicio de los grandes de la Iglesia, honrado y admirado, y a la vez polémico, ambiguo y maldito), esa vida de fortísimos contrastes, mejor dicho, influyó en sus violentos claroscuros, en sus figuras retorcidas, en su áspero realismo o en su concepción general de la pintura, palpitante porque sufriente.
viernes, 29 de julio de 2011
No volveré a ser joven
El primer regalo que me ha hecho la visita del Papa a España es la siguiente pregunta recurrente: “¿Vas a la Jornada Mundial de la Juventud?” Entran ganas de dar un abrazo a los que me preguntan. Pienso en mi fecha de nacimiento o, cuando llego a casa, me miro al espejo, y no me lo explico, la verdad.
Entré en la juventud hace muchísimo. Fue con un rito iniciático. En 1982, con trece recién cumplidos, acudí al estadio Bernabéu al “Encuentro con los Jóvenes” que iba a celebrar Juan Pablo II. Recuerdo mis miedos de pre-adolescente, azuzados en el autobús por los mayores del colegio, angelitos, que me embromaban con la posibilidad de que en la entrada me dijesen que aquello no era un “Encuentro con la Tierna Infancia” y que me volviese a casa, hala, con mis papás. Me veía paseando solo por La Castellana, oyendo el eco lejano de las palabras del Papa mientras hacía tiempo para coger el autobús de vuelta. Afortunadamente, me dejaron entrar. Suspiré aliviado. Durante todo el acto tuve conciencia de que allí y entonces empezaba a ser joven.
Entremedias, he sido joven una pila de años, casi demasiados, diría, y tuve la suerte de acudir a las Jornadas de la Juventud en Roma y en París. Salí de la juventud como entré: por la puerta grande: en el 2003, con casi treinta y cinco años, nel mezzo del cammin di nostra vita, tras el “Encuentro con los Jóvenes” en el aeródromo de Cuatro Vientos. También me acerqué a la entrada con cierta aprensión. Esta vez temía que me recordasen que se había convocado a los jóvenes, y que a mí se me había pasado el arroz. Me dejaron pasar. Suspiré aliviado. Durante todo el acto tuve muy clara conciencia de que estaba ante un rito de finalización: no volvería a ser joven.
Me consta que muy pocos coetáneos compartirán esta última idea y muchos menos con la serena alegría (casi celebración) con que la llevo yo. Mis antiguos compañeros de Universidad están organizando un encuentro en Madrid aprovechando su asistencia a la Jornada. Me parece muy bien y leo los e-mails que nos cruzamos con emoción, pero también con extrañeza de que ni uno haya llamado la atención sobre nuestra condición de ya-no-jóvenes.
Con todo, si pudiera iría, claro: me colaría. Subrayo el verbo colarse porque creo que si el Santo Padre convoca a los jóvenes es a los jóvenes. Y no simplemente por un criterio estrictamente cronológico, sino porque los actos, la escenografía y el ambiente están pensados para ellos. Estos encuentros consisten en un paso adelante del Papa y de la Iglesia que busca a la juventud en sus caminos. Nunca le agradeceré lo bastante ese paso a Juan Pablo II que desde el principio hasta el final de la mía la llenó de ideales y la vació de complejos.
Pero Benedicto XVI ya no es el Papa de mi juventud, sino de mi madurez. Ahora me toca asumir otro papel dentro de la Iglesia. Acudir, si acaso, a los encuentros con las familias, y sobre todo seguir fielmente su magisterio en mi vida profesional y personal. Bastantes de esos antiguos amigos de la universidad con los que nos cruzamos e-mails lamentan que no podrán acudir a Madrid esos días porque, como yo, tienen que estar haciéndose cargo de sus hijos pequeños. Natural. Lo único que sobran, desde mi punto de vista, son las lamentaciones. Ése es nuestro papel.
Uno de los nuestros. Otro papel es rezar intensamente por el éxito del viaje del Papa a España. Otro, seguir atentamente sus mensajes por televisión, y releerlos en la prensa. Otro, animar mucho a los que vayan (incluyendo, por supuesto, a los jóvenes de espíritu, dicen, que se cuelen). Y soñar que en unos años sean nuestros hijos los que acudan, ilusionados, felices, entusiastas, conmovidos, a otras jornadas de la juventud con el Papa esparcidas por todo el mundo.
miércoles, 27 de julio de 2011
Una chincheta de un artículo
De mi artículo de hoy salvaría sólo esta chincheta:
La llamada complejidad de las cosas es el último refugio del sinvergüenza.
lunes, 25 de julio de 2011
Idas y venidas
Extraordinarios los Relatos de fantasmas de Edith Wharton que acaba de reeditar Alianza. En un epílogo autobiográfico, la autora confiesa que durante muchos años le aterrorizaron inexplicablemente los zaguanes y los portales. Ese mismo día leí a Luis Rosales en El contenido del corazón describiéndolos como un territorio ambiguo, que todavía no es la casa pero ya no es la calle. Eso explicaba bien –me dije– los miedos de la Wharton: los portales –entre dos mundos– resultan propicios a lo fantasmagórico. Lo que explicaba (de vuelta) por qué La casa encendida de Rosales, poemario donde se le aparecen varios muertos, empieza con un soneto titulado "Zaguán". La literatura se alumbra a sí misma.
domingo, 24 de julio de 2011
sábado, 23 de julio de 2011
El antinacionalista
Hago cola en una tienda de electrónica. El cliente que va delante de mí pregunta mucho, duda después, saca cosas de sus bolsillos, duda de nuevo, y todo con un acento gallego tan cerrado que cuesta –aún más– entenderlo. Cuando se decide, el dependiente le mete lo suyo rápido en una bolsa y le dice: “Bueno, muchas gracias. ¿El siguiente?” El otro pregunta tímidamente: “¿No me cobra?”. Y entonces el dependiente suelta un suspiro de alivio: “ M'había olvidao. Menos mal que es usted gallego…” Qué antinacionalista andaluz ha resultado el dependiente, capaz de ver, admirar y celebrar a los españoles de otras regiones. Y a mí me entra un paradójico orgullo de ser andaluz, que el dependiente me perdone.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
