viernes, 12 de febrero de 2010

Juego de manos

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No he degustado los platos de El Bulli, pero me ha encantado que Ferran Adrià haya puesto sobre el tapete (o mantel) el dulce asunto del año sabático. De entrante, dejémoslo claro : soy muy partidario. Y por las mismas razones que el cocinero: pararse es esencial para llegar a algún sitio, y el silencio y la reflexión son ingredientes básicos de la creatividad.

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Aunque sólo los más afortunados (en todos los sentidos) pueden permitirse un año sabático, yo no me resigno al círculo vicioso de la actividad frenética. El tiempo nos tiene agarrados por la muñeca, pero podemos soltarnos por el instante. Estos son mis trucos o juegos de manos o de manecillas contra el reloj.

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Para empezar, contra el estrés en uno mi método es tres en uno. Cada cosa que uno hace debe ser triple. Este artículo, sin ir más lejos, es el cumplimiento de un compromiso profesional, y una reflexión sobre algo que me afecta personalmente, y quisiera, además de hacerlo bien, hacer bien haciéndolo.

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Tengo mucha fe en la escritura. Escribir un párrafo decente lleva, uf, un tiempo considerable, pero más tarde esos dos minutos que dedica cada uno de ustedes a leerlo se van sumando hasta que la balanza se equilibra, y me siento compensado. A partir de ahí, cada lector me regala el tiempo en que me lee. Por esa transfusión de vida extra se dice, no de manera exacta, pero sí bastante aproximada y salvando las distancias, que Virgilio es inmortal.

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Y viceversa: leemos en dos minutos lo que a un autor le llevó horas o días o años pensar. Es tiempo comprimido. Y de paso, cuando el libro es antiguo, su salto de siglos se trae arena (del reloj de arena) en los bolsillos.

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Fuera de la biblioteca es fundamental aprovechar a fondo cada domingo, el día clave. Juntando uno tras otro, cada siete años disfrutamos de un año dominical, que, bien mirado, es más aún que uno sabático. Y por último, lo más importante: el gran secreto sabático es la oración, un pozo sin fondo que da a la eternidad. El mejor juego de manos es unirlas en oración. El tiempo en que nos paramos a rezar es un más allá del tiempo. El año sabático no es imprescindible.

miércoles, 10 de febrero de 2010

Lo más visto

Prácticamente todos los periódicos traen en sus ediciones digitales una ventanita con el escalafón de “Lo más leído” o “Lo más visto”. Y efectivamente es para verlo… y no creérselo. Qué contraste con las noticias principales que campan con letras enormes como gritos. Los medios resaltan muy responsablemente sus informaciones más graves, pero los lectores casi siempre se abalanzan a buscar las más frívolas y anecdóticas con una impresionante preferencia por las cosas del corazón, los sucesos truculentos y las minucias deportivas. La bolsa se hunde, el paro se dispara, Irán enriquece uranio, y las noticias más vistas son el perfil de Emmanuelle Chiriqui, al que le echo —clic— un ojo, algo que no huele nada bien en la nariz de Belén Esteban, que miro por encima del hombro, arrugando la nariz (la mía), y no sé qué pase o pose de Beckham, del que paso.

Esto lo explica la sociología con la pirámide de necesidades o intereses. Los asuntos más básicos atraen a todos —véase Emmanuelle Chiriqui, para andar sobre seguro—. Pero a medida que vamos abandonando estos niveles elementales, parte del público no despega y los demás lo hacen especializándose sin remedio. Mientras que todos tenemos cierto interés por lo simple, las noticias más complejas sólo llegan a un público reducido y segmentado.

La explicación es impecable y nos calma, pero sus consecuencias son implacables y nos inquietan. Teniendo en cuenta que el mercado busca (últimamente con más ansia, si cabe) el mayor número posible de clientes y que la popularidad, además, se retroalimenta, hay en la fuerza de gravedad de lo frívolo un elemento de atracción irresistible para los publicistas, los estrategas de la comunicación y, ay, los políticos, que viven en campaña continúa. Cuando se persigue el éxito masivo, la presión hacia abajo resulta aplastante.

Lo he comprobado en mis propias carnes. Titulé un artículo “Top-less” y tuve muchísimos lectores. Señores muy venerables cruzaban la calle de un salto para decirme que me habían leído con mucho gusto. Un clamor como aquel yo no lo he vuelto a despertar. Sin embargo, como no pienso concentrarme en los top-lesses, la solución para uno es fácil: paciencia y barajar, que éste es mi oficio, como se dice en El Quijote y se repetía un resignado Luis Rosales (del que este año celebramos, dicho sea de paso, el centenario, por si le interesa a alguno). La solución general pasa por no valorar sólo el número, sino conjugarlo con criterios de mérito e importancia. Parece una cuestión minúscula, pero armonizar lo vertical y lo horizontal es uno de los grandes temas de nuestro tiempo.

viernes, 18 de diciembre de 2009

Pobre progresismo

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El progreso va para atrás, como los cangrejos. Es verdad que todavía tiene tirón como tópico en los discursos de la izquierda… y de la derecha. Pero con los índices de criminalidad creciendo, con la contaminación medioambiental, con la vida moderna, que según Mafalda tiene más de moderna que de vida, con los soponcios macroeconómicos, ¿quién cree de verdad hoy en un futuro idílico?

De hecho, los autodenominados progresistas hacen todo lo posible para dinamitar el sueño. Para ellos, progreso es aborto libre, eutanasia activa, divorcio exprés, relativismo absoluto, el dogma de lo políticamente correcto, adoctrinamiento educativo, y cosas por el estilo, más o menos discutibles, si nos dejan, pero indudablemente tristes. Ya puestos a ser los adalides de la utopía, bien podían defender la vida de todos, los matrimonios felices y perdices, la fantasía al poder, la libertad de las escuelas y la realísima gana. Sería más excitante. Tal y como está, el programa progresista es deprimente.

Uno podría sentarse un rato a la puerta, como el sabio chino del proverbio, a ver pasar el cadáver del progresismo camino del cementerio de las ideologías. Sus partidarios, desde luego, arriman el hombro con compulsión suicida. Y, sin embargo, uno está dispuesto a echar su cuarto a espadas y proteger al progreso. Protegerlo, más que nada, de sus partidarios. Chesterton decía que la sociedad en realidad no mejora invariablemente ni se hunde sin remisión, sino que se mueve montada en un balancín, que a veces avanza y a veces retrocede, según en qué aspectos.

Y no negaremos nosotros nunca que en algunas cosas hemos mejorado. En este punto, recuerdo emocionado a Chéjov, que escribió en una de sus cartas: “Desde que era niño creo en el progreso, y no puedo no creer, pues era horrible la diferencia entre la época en que me azotaban y aquella en que me dejaron de azotar”. Lo curioso es que enseguida, en otra carta, escribe perplejo: “Una vez fuimos muy liberales, pero a mí, no sé por qué, me consideran conservador”. Con lo inteligente que era el ruso, qué extraño que se extrañara. Si para él progreso era dejar de pegar a los niños (en vez de cargárselos antes de nacer), ¿cómo quería que no lo considerasen conservador, y hasta teocon?

Al final, para entender el progreso, no nos queda más remedio que plantearnos en relación a qué valores la sociedad avanza o retrocede. Quien lo tuvo claro fue Baudelaire, que estableció su teoría de la verdadera civilización: “No está en el gas, ni en el vapor, ni en las mesas giratorias. Está en la disminución de las huellas del pecado original”. Ese progreso es el único por el que, visto lo visto en el siglo XX, merece la pena luchar en el XXI, y habrá que hacerlo. Uf, los conservadores, no paramos ni un minuto: tenemos que defenderlo todo. Hasta el progreso.

martes, 10 de noviembre de 2009

Elogio del esnobismo

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Supuestamente snob viene de s. nob., abreviatura de sine nobilitate que se ponía debajo del nombre de quienes no tenían ni un mísero título nobiliario. Carencia que compensaban con la exagerada exquisitez y la obsesión por los apellidos ilustres que el término esnobismo supone. Eso según la etimología, porque, frente al signo de los tiempos, el esnobismo se ha convertido en un heroísmo y en una nobleza necesaria. Y más si le sumamos el esnobismo artístico, que es lo mismo traspasado al campo de las Bellas Artes y del pensamiento.

Entre los indicios más evidentes de la inversión de valores actual están la generalizada aspiración a lo peor y un gusto por lo chabacano que es, entre otras cosas, una redundancia. Según la insuperable definición de Julián Marías, lo chabacano es la ordinariez satisfecha de sí misma, o sea, que el gusto por lo chabacano implica una doble (e inexplicable) complacencia.

Desde los adolescentes que sacan buenas notas y disimulan y se visten de malotes para pasar desapercibidos hasta los aristócratas que se resisten a usar sus títulos, aquí la gente se avergüenza de cualquier excelencia. En este sentido, aunque él por razones obvias no puede ser un esnob, resulta doblemente ejemplar Santiago de Mora-Figueroa, que firma sus excelentes libros y artículos como Marqués de Tamarón.

Esa moda del disimulo podría parecer una simpática muestra de humildad, pero, cuidado: no es igual inclinar la cabeza que descabezarse. Una sociedad que voluntariamente se decapita en lo social y sobre todo en lo artístico y en lo intelectual acaba corriendo como un pollo sin cabeza, como es natural. Por eso hay que proteger a los esnobs que quedan, especie en peligro de extinción. Ellos aún aspiran a lo mejor. Son los que defienden contra viento y marea la jerarquía de valores o al menos, para no exagerar, el concepto básico de que existe una jerarquía.

J. S. Lec hablaba de alguien tan esnob que soñaba con unas tarjetas de visita en la que en vez de “Vizconde de Fulano” o “Doctor Fulano” pusiera “San Fulano de Cual”. Descontando la broma, me parece estupendo. Si postularse a santo tiene un punto de esnobismo, bienvenido sea, con tal de que acabemos siendo un poco mejores o, incluso, buenos.

Y se podría soñar con una tarjeta de visita multiusos, con varios esnobismos superpuestos: el social, el cultural, el ascético. ¿Por qué no? Ortega y Gasset propuso que hiciéramos de la vida una aspiración a no renunciar a nada. Claro que él era un esnob recalcitrante, venga con sus elites para arriba y para abajo. Sus compañeros de generación Eugenio d’Ors y Juan Ramón Jiménez tampoco fueron mancos: el primero hablaba de una caballería intelectual y el segundo, con más sobriedad, de una aristocracia de intemperie. Los tres realizaron obras cimeras y eso que hemos salido ganando todos. Ahora más esnobismo en España nos hace falta como el comer.

domingo, 11 de octubre de 2009

Juana Jugan

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Cuando vi venir hacia mí a la monjita, con paso firme y la mejor de sus sonrisas, me eché la mano a la cartera. No para protegerla, eh, sino para darle algo. Era una hermanita de los pobres, y las conozco: ruegan a los ricos (que somos de la clase media para arriba, todos) para dárselo a los pobres, robin-hoods místicas. Cuando llegó a mi altura, que es un decir, porque era muy bajita, me dijo: “Quería pedirte…” “Ya, ya, hermana…” “Quería pedirte por favor que escribieras un artículo sobre nuestra fundadora. La canonizan el domingo 11 de octubre”. Y sacó de un bolsillo un trozo de papel cuadriculado, más arrugado que doblado, donde con una letra bastota, que no era de colegio de monjas precisamente, traía apuntada una dirección web. Lo puso en mi mano: “Por si necesitas información…”

Me hizo una ilusión inmensa. Las Hermanitas de los Pobres no piden nunca a humo de pajas y no paran de pedir, porque necesitan mucho, y si, en vez de dinero, me pedían un texto, oh, será que vale de limosna, que ya es valer. No es la primera vez que alguien me pide un artículo, es cierto, pero nunca por caridad. Suele ser gente muy cabreada con el Servicio de Correos o con los horarios de los trenes o con Zapatero o con los que llegan tarde a los toros y que, en vez de escribir ellos una carta furiosa al director, pretenden que se la redacte yo.

La fundadora de las Hermanitas de los Pobres, a partir de hoy santa fundadora, fue Juana Jugan. Nunca se me había pasado por la cabeza escribir de ella. Del asilo de sus monjas en El Puerto alguna vez sí. Ante la oleada de laicismo, que la han tomado con las cruces y con las clases de religión, pensaba, con mentalidad de hermano mayor del hijo pródigo: “¡Y luego alguno de estos laicistas incansables, cuando su salud se resienta de tanto exceso, me quitará mi plaza en el asilo de ancianos de las hermanitas, encima!” Porque, como todo el mundo sabe, los viejecitos están de maravilla en las manos de las monjas, que se desviven por ellos.

Luego, lo dejaba, porque un columnista se debe a la actualidad, y eso era un futurible y un desahogo. A lo más que llega uno es a escribir a veces de temas intemporales bajo el amparo de estos versos de Álvaro García: “Deja la actualidad, que se hace sola/ y ve al presente, que te necesita”. Nunca me había planteado un paso más: deja la actualidad, que se hace sola, y ten presente a las que ayudan a los que lo necesitan.

Sin embargo, con la tinta negra del periodismo por las venas, ni hablando de una santa puedo dejar de mirar con el rabillo del ojo a la actualidad, y me hace gracia la prisa que se han dado en conceder el Nobel de la Paz a Obama antes de que haga nada (o antes de que no haga nada). Qué contraste. Santa Juana, tan humilde en su constante servicio a los ancianos y los pobres, ha podido esperar tranquilamente más de cien años este reconocimiento de la Iglesia Universal.

sábado, 10 de octubre de 2009

El curioso caso de James Laughlin

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Entre los recuerdos más emocionantes de mi paso por la Universidad de Navarra, está un breve encuentro con Rafa Domingo, que había sido mi profesor de Derecho Romano en 1º de carrera. Corría junio y yo estaba en 5º. Una mañana nos cruzamos por la Avenida de Pío XII. Me preguntó muy amable qué salida profesional tenía prevista y yo le respondí muy ufano que opositaría a judicatura. Sorprendentemente, se sorprendió mucho, y me desanimó lo que pudo, con rara insistencia. Tenía clarísimo —aseguró— que lo mío era la enseñanza. Aluciné, literalmente, porque desde el examen oral de 1º no había intercambiado conmigo más de dos o tres frases corteses. Nada más doblar la esquina, resolví, un poco amoscado, olvidar su consejo.

Cuatro años después mi vocación a la literatura se había metido como un elefante en la cacharrería de mi temario, haciendo un destrozo, y yo había decidido opositar mejor a Secundaria, y había aprobado, y estaba dando mis clases, tan contento. Tras tantas vicisitudes, un día recordé de pronto aquella conversación con mi antiguo profesor, y me pregunté, perplejo: ¿cómo lo supo?

Lo he vuelto a comprobar con el curioso caso de James Laughlin (Pittsburg, Pennsylvania, 1914-Norfolk, Connecticut, 1997). En Harvard sintió la llamada de la poesía. Ni corto ni perezoso, se embarcó hacia Europa en busca de Ezra Pound. Se instaló con él en Italia, de discípulo. Hasta ahí, estamos ante el extraordinario ímpetu de una vocación artística, o sea, ante una historia más o menos ordinaria. Lo insólito viene a continuación.

Ezra Pound, tras seis meses de estrecha convivencia, le diagnosticó: “Nunca serás un gran poeta, muchacho. ¿Por qué no tratas de hacer algo más útil?” Y le propuso que se convirtiera en editor. James Laughlin, en vez de molestarse, le hizo caso. Se volvió a Harvard y creó la editorial New Directions, que gestionó con maestría y que acabaría ejerciendo un papel importante en la cultura norteamericana. Su primera publicación fue una antología donde incluía, en un lugar de honor, a Pound.

Y aún queda lo mejor de la historia. Durante 40 años, que se escriben rápido, pero son cuatro décadas, esto es, mi vida exacta, Laughlin se mantuvo fiel al consejo de su maestro (con alguna pequeña trampa, todo hay que decirlo, pues publicó algo una vez bajo seudónimo). Pero un día no pudo más, y empezó a sacar poemarios suyos. Esa desobediencia era necesaria para evitar la idolatría: uno sólo es el Maestro al que obedecer del todo. La desobediencia redundó también en pura justicia poética. De haber guardado Laughlin un silencio absoluto, Pound hubiese pasado a la historia como un déspota capaz de ajar una tierna vocación lírica en ciernes. Como los poemas no eran de primera categoría, quedó claro que era un crítico excepcional.

Aunque menor, la poesía de Laughlin es deliciosa, sin embargo. Tiene una sencillez muy educada y emocionante. Quizá la áspera lección de Pound, además de para convertirle en un editor sobresaliente, le sirvió para escribir una poesía sin mistificaciones ni adornos, de tan humilde, humanísima. Incluso en esa desobediencia final suya, tuvo en cuenta las palabras de su maestro, y supo aprovecharlas. Leyendo sus Poemas de amor se disfruta bastante. No sólo de grandes poetas vive el lector.

Como discípulo, si yo hubiese atendido más a Rafael Domingo, me habría ahorrado dos años (que para mí se quedan) de exhaustivo temario de judicatura. Ahora, ya como profesor, me pregunto a menudo: eso, ¿cómo se hace?, ¿cómo aconsejar así a mis alumnos? Sería maravilloso que me obedeciesen, no 40 años, no pido tanto, sino durante las clases y un poco más allá. De hecho, me quedaría más tranquilo sabiendo que al final harían lo que les diese la gana. Qué responsabilidad impropia tener la última palabra. Por todo, Laughlin, aparte de editor extraordinario y de poeta encantador, fue el discípulo perfecto. Quién lo pillara. Y quién lo hubiese sido.