viernes, 18 de diciembre de 2009

Pobre progresismo

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El progreso va para atrás, como los cangrejos. Es verdad que todavía tiene tirón como tópico en los discursos de la izquierda… y de la derecha. Pero con los índices de criminalidad creciendo, con la contaminación medioambiental, con la vida moderna, que según Mafalda tiene más de moderna que de vida, con los soponcios macroeconómicos, ¿quién cree de verdad hoy en un futuro idílico?

De hecho, los autodenominados progresistas hacen todo lo posible para dinamitar el sueño. Para ellos, progreso es aborto libre, eutanasia activa, divorcio exprés, relativismo absoluto, el dogma de lo políticamente correcto, adoctrinamiento educativo, y cosas por el estilo, más o menos discutibles, si nos dejan, pero indudablemente tristes. Ya puestos a ser los adalides de la utopía, bien podían defender la vida de todos, los matrimonios felices y perdices, la fantasía al poder, la libertad de las escuelas y la realísima gana. Sería más excitante. Tal y como está, el programa progresista es deprimente.

Uno podría sentarse un rato a la puerta, como el sabio chino del proverbio, a ver pasar el cadáver del progresismo camino del cementerio de las ideologías. Sus partidarios, desde luego, arriman el hombro con compulsión suicida. Y, sin embargo, uno está dispuesto a echar su cuarto a espadas y proteger al progreso. Protegerlo, más que nada, de sus partidarios. Chesterton decía que la sociedad en realidad no mejora invariablemente ni se hunde sin remisión, sino que se mueve montada en un balancín, que a veces avanza y a veces retrocede, según en qué aspectos.

Y no negaremos nosotros nunca que en algunas cosas hemos mejorado. En este punto, recuerdo emocionado a Chéjov, que escribió en una de sus cartas: “Desde que era niño creo en el progreso, y no puedo no creer, pues era horrible la diferencia entre la época en que me azotaban y aquella en que me dejaron de azotar”. Lo curioso es que enseguida, en otra carta, escribe perplejo: “Una vez fuimos muy liberales, pero a mí, no sé por qué, me consideran conservador”. Con lo inteligente que era el ruso, qué extraño que se extrañara. Si para él progreso era dejar de pegar a los niños (en vez de cargárselos antes de nacer), ¿cómo quería que no lo considerasen conservador, y hasta teocon?

Al final, para entender el progreso, no nos queda más remedio que plantearnos en relación a qué valores la sociedad avanza o retrocede. Quien lo tuvo claro fue Baudelaire, que estableció su teoría de la verdadera civilización: “No está en el gas, ni en el vapor, ni en las mesas giratorias. Está en la disminución de las huellas del pecado original”. Ese progreso es el único por el que, visto lo visto en el siglo XX, merece la pena luchar en el XXI, y habrá que hacerlo. Uf, los conservadores, no paramos ni un minuto: tenemos que defenderlo todo. Hasta el progreso.

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