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No deja de ser un aliciente, para un columnista, que su Hermandad sea la Flagelación.
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domingo, 5 de abril de 2009
Animal Farm
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Una novela que le hizo mucha gracia a mi madre, que se la recomendó a mi mujer, que naturalmente se la leyó de un tirón, sin rechistar y sonriendo, fue Una lectora nada común, de Alan Bennett. En ella se cuenta la compulsiva pasión por la lectura que contrae la reina Isabel II de Inglaterra. Me encantaría que estuviese basada en hechos reales (en todos los sentidos del término), porque de creer a The Queen, la película sobre el mismo personaje coronado, en Buckingham Palace se pasan los días pegados al televisor. Si la realeza gasta esas costumbres también en La Zarzuela, entiende uno que el príncipe Felipe se casara con la presentadora de los telediarios.
Aquí el único que lee compulsivamente debe de ser el otro príncipe Felipe, el de Edimburgo, el que se casó con la reina de Inglaterra. El pasado miércoles, en una recepción que ofrecieron a Obama, informados por éste de que ya se había reunido ese día con Dimitri Medvédev, con Gordon Brown y con David Camaron, Felipe de Edimburgo preguntó al presidente de los Estados Unidos, asombrado: “¿Es que puedes distinguir a unos de otros?”
La prensa inglesa ha calificado el comentario de “vergonzoso” y de “metedura de pata”, pero eso es porque deberían leer más, como el príncipe, y ver menos la televisión. En realidad, el cónyuge real hizo un elegante elogio culturalista a Barack Obama. En las escenas finales de Animal Farm, esto es, de Rebelión en la granja, la célebre fábula de George Orwell, los pobres animales honrados son incapaces de distinguir a sus actuales políticos, los cerdos, de sus antiguos amos, los hombres. Reunidos para debatir (y deglutir y brindar) alrededor de una mesa, los cerdos y los granjeros resultaban idénticos. El príncipe estaba sugiriéndole a Obama que él no era ni una cosa ni la otra. Si se entiende, es un elogio extraordinario, quizá excesivo.
También con su pizca de sorna, por supuesto; pero se trata de humor inglés, con sus ribetes de negro, lleno de sutiles sobreentendidos. Y la verdad es que el humor no es la manera menos caritativa de tratar a unos mandatarios que pretenden crear un nuevo orden mundial en unas horitas de nada, y encauzar de paso la globalización, arreglar el capitalismo, reformar a los banqueros y todo lo que se encarte. En unas horitas en las que, además, desayunan, almuerzan, se hacen múltiples fotos, sonríen, dan discursos y ruedas de prensa, cenan y se despiden afectuosamente. Adam Smith, el sabio escocés que hace más de dos siglos describió en La riqueza de las naciones las leyes invisibles (e inexorables) que rigen el mercado, estará retorciéndose de risa en su cementerio de Edimburgo. A la ilustre calavera liberal la broma de su príncipe le habrá parecido mondante. “No sé si se distinguen unos mandatarios de otros —hubiese remachado de encontrarse en mejor forma física—, pero lo que es de economía, no distinguen tres en un burro”.
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Una novela que le hizo mucha gracia a mi madre, que se la recomendó a mi mujer, que naturalmente se la leyó de un tirón, sin rechistar y sonriendo, fue Una lectora nada común, de Alan Bennett. En ella se cuenta la compulsiva pasión por la lectura que contrae la reina Isabel II de Inglaterra. Me encantaría que estuviese basada en hechos reales (en todos los sentidos del término), porque de creer a The Queen, la película sobre el mismo personaje coronado, en Buckingham Palace se pasan los días pegados al televisor. Si la realeza gasta esas costumbres también en La Zarzuela, entiende uno que el príncipe Felipe se casara con la presentadora de los telediarios.
Aquí el único que lee compulsivamente debe de ser el otro príncipe Felipe, el de Edimburgo, el que se casó con la reina de Inglaterra. El pasado miércoles, en una recepción que ofrecieron a Obama, informados por éste de que ya se había reunido ese día con Dimitri Medvédev, con Gordon Brown y con David Camaron, Felipe de Edimburgo preguntó al presidente de los Estados Unidos, asombrado: “¿Es que puedes distinguir a unos de otros?”
La prensa inglesa ha calificado el comentario de “vergonzoso” y de “metedura de pata”, pero eso es porque deberían leer más, como el príncipe, y ver menos la televisión. En realidad, el cónyuge real hizo un elegante elogio culturalista a Barack Obama. En las escenas finales de Animal Farm, esto es, de Rebelión en la granja, la célebre fábula de George Orwell, los pobres animales honrados son incapaces de distinguir a sus actuales políticos, los cerdos, de sus antiguos amos, los hombres. Reunidos para debatir (y deglutir y brindar) alrededor de una mesa, los cerdos y los granjeros resultaban idénticos. El príncipe estaba sugiriéndole a Obama que él no era ni una cosa ni la otra. Si se entiende, es un elogio extraordinario, quizá excesivo.
También con su pizca de sorna, por supuesto; pero se trata de humor inglés, con sus ribetes de negro, lleno de sutiles sobreentendidos. Y la verdad es que el humor no es la manera menos caritativa de tratar a unos mandatarios que pretenden crear un nuevo orden mundial en unas horitas de nada, y encauzar de paso la globalización, arreglar el capitalismo, reformar a los banqueros y todo lo que se encarte. En unas horitas en las que, además, desayunan, almuerzan, se hacen múltiples fotos, sonríen, dan discursos y ruedas de prensa, cenan y se despiden afectuosamente. Adam Smith, el sabio escocés que hace más de dos siglos describió en La riqueza de las naciones las leyes invisibles (e inexorables) que rigen el mercado, estará retorciéndose de risa en su cementerio de Edimburgo. A la ilustre calavera liberal la broma de su príncipe le habrá parecido mondante. “No sé si se distinguen unos mandatarios de otros —hubiese remachado de encontrarse en mejor forma física—, pero lo que es de economía, no distinguen tres en un burro”.
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domingo, 29 de marzo de 2009
miércoles, 25 de marzo de 2009
domingo, 22 de marzo de 2009
Pues vaya con el animal silencioso...
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Nadie lo diría. Y no sólo por esto:
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Nadie lo diría. Y no sólo por esto:
Ante todo, el lince es un animal silencioso, aunque ronronea, gruñe, maúlla y bufa como todos los gatos. No es un león ni una pantera, pero le hemos oído rugir. También sabe aullar. [...] Los linces chasquean (sonido intenso ante una amenaza), gargarean (en el celo, durante el apareamiento o cuando la hembra se encuentra con sus cachorros) y resoplan. [...] También castañetean los dientes al hacer chocar sus mandíbulas (cuando están cerca de una presa a la que no pueden alcanzar, por ejemplo), y producen un sonido ronco, de baja frecuencia y que podría interpretarse como una manera de amenazar a otros ejemplares.Sino por la que se ha liado.
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domingo, 15 de marzo de 2009
viernes, 13 de marzo de 2009
Y dale con Chesterton
Por la fecha redonda de mi 40 cumpleaños el escritor José Ramón Ayllón me envió una recopilación de citas redondas de Gilbert K. Chesterton, un escritor redondo en todos los sentidos. Mi primer reflejo fue resoplar: “¡Venirme a mí con GKC a estas alturas, si no dejo de leerlo, releerlo, citarlo, traducirlo, prologarlo y —en la magra medida de mis posibilidades— imitarlo!” Pero no sólo había vanidad en mi vahído de protesta, sino una especie de cansancio que se percibe en el ambiente, como los primeros síntomas de una indigestión.
Realmente en España en los últimos años nos hemos dado un festín pantagruélico con las obras del gran Gilbert. Faltan dedos en una mano, y en la otra, y en los pies para contar las ediciones, reediciones, biografías, antologías, colecciones suyas que llegaron a las librerías. Y hasta ha habido una revista espléndida llamada Chesterton.
Los motivos para tamaño festín son variados. Por supuesto, su sustancioso talento. Luego, su humor: la gracia suele ser un problema para que los contemporáneos te tomen en serio (lógicamente), pero en cambio es un espléndido conservante. Mantiene la literatura tan fresca como el primer día. En tercer lugar, el ejemplo de Chesterton, defensor de la fe católica en un entorno hostil, ha sido, por desgracia, necesario para los españoles de estos últimos años. También hay un motivo económico-editorial que no conviene desdeñar: los derechos de autor de Chesterton flotan en el limbo, de manera que resulta muy sencillo y rentable editarle. A él, alérgico al capitalismo, esta última cuestión debe de divertirle bastante.
En cambio, resulta una paradoja tonta y, por tanto, no chestertoniana que quien se pasó la vida defendiendo verdades eternas y riéndose de las modas, sea ahora una fashion victim. Se ha puesto tan en boga que podría estar muriendo de éxito.
Pero no pasará de un leve resfriado. Cuando empecé a hojear las citas recopiladas por mi amigo, empezó, de nuevo, la fiesta. El mismo Ayllón acaba de publicar un libro, 10 ateos se cambian de autobús, donde cuenta, entre otras, la conversión de Chesterton, que ha vuelto a estremecerme por su amor a la verdad. El humor es un conservante, sí, y encima la verdad no caduca nunca. Por eso seguiremos leyéndole y citándole entusiasmados; incluso aunque esté de moda.
Realmente en España en los últimos años nos hemos dado un festín pantagruélico con las obras del gran Gilbert. Faltan dedos en una mano, y en la otra, y en los pies para contar las ediciones, reediciones, biografías, antologías, colecciones suyas que llegaron a las librerías. Y hasta ha habido una revista espléndida llamada Chesterton.
Los motivos para tamaño festín son variados. Por supuesto, su sustancioso talento. Luego, su humor: la gracia suele ser un problema para que los contemporáneos te tomen en serio (lógicamente), pero en cambio es un espléndido conservante. Mantiene la literatura tan fresca como el primer día. En tercer lugar, el ejemplo de Chesterton, defensor de la fe católica en un entorno hostil, ha sido, por desgracia, necesario para los españoles de estos últimos años. También hay un motivo económico-editorial que no conviene desdeñar: los derechos de autor de Chesterton flotan en el limbo, de manera que resulta muy sencillo y rentable editarle. A él, alérgico al capitalismo, esta última cuestión debe de divertirle bastante.
En cambio, resulta una paradoja tonta y, por tanto, no chestertoniana que quien se pasó la vida defendiendo verdades eternas y riéndose de las modas, sea ahora una fashion victim. Se ha puesto tan en boga que podría estar muriendo de éxito.
Pero no pasará de un leve resfriado. Cuando empecé a hojear las citas recopiladas por mi amigo, empezó, de nuevo, la fiesta. El mismo Ayllón acaba de publicar un libro, 10 ateos se cambian de autobús, donde cuenta, entre otras, la conversión de Chesterton, que ha vuelto a estremecerme por su amor a la verdad. El humor es un conservante, sí, y encima la verdad no caduca nunca. Por eso seguiremos leyéndole y citándole entusiasmados; incluso aunque esté de moda.
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