viernes, 15 de julio de 2011

Libro de caballería

Contra la maldición de los best-sellers, uno de los libros más vendidos de Rumanía no es una birria. Es una joya, una obra maestra, una lectura transfiguradora y una fuente de dicha que mana y corre. Se titula, muy justamente, Diario de la felicidad, y lo escribió el padre Nicolae.

Nicolae Steinhardt (Bucarest, 1912-1989) no nació, obviamente, monje ortodoxo como murió, pero ni siquiera cristiano. Era judío, de clase acomodada, pariente lejano de Sigmund Freud, al que conoció en 1927, con quince añitos (y al que irritó preguntándole por Jung y Adler) y miembro de la intelectualidad rumana. Sufrió la persecución antisemita durante la segunda guerra mundial, pero no fue hasta la llegada del comunismo cuando fue torturando e internado en las cárceles más crueles. Esta experiencia es la que narra en Diario de la felicidad, libro  publicado en España por Ediciones Sígueme.

Él la resume inmejorablemente: "En la pequeña celda de Zarca, solo, me arrodillo y hago balance. Entré en la cárcel ciego y salgo con los ojos abiertos; entré mimado y caprichoso, y salgo curado de ínfulas, aires de grandeza y caprichos; entré insatisfecho y salgo conociendo la felicidad; entré nervioso, irascible, sensible a las minucias y salgo indiferente; el sol y la vida me decían poco, ahora sé saborear un trozo de pan, por pequeño que sea; salgo admirando por encima de todo el valor, la dignidad, el honor, el heroísmo; salgo reconciliado: con aquellos a los que he hecho mal, con los amigos y los enemigos, incluso conmigo mismo".

Diario de la felicidad es más que un libro testimonio de la represión marxista. Es una obra maestra literaria, para empezar a hablar. Su estructura, muy suelta, un acarreo desordenado de recuerdos, con saltos en el tiempo, mezclando anécdotas, reflexiones, notas de lecturas y citas no es casual. Refleja la sinceridad del narrador y, además, su confianza en la Providencia, que siempre acaba bien el puzzle de una vida. Para el lector, imprime un ritmo trepidante.

Religiosamente salta del ascetismo al misticismo y vuelta, pasando por la teología y por unas maravillosas y originales exégesis evangélicas. En la cárcel, Steinhardt se convierte al cristianismo y entra en la Iglesia Ortodoxa con dos sacerdotes católicos como testigos de bautismo, asumiendo en aquel acto una vocación ecuménica a la que fue fiel toda su vida, incluso cuando profesó de monje muchos años después de la salida de prisión. En el libro se le ve siempre atento y afín a los escritores y a los planteamientos católicos. 

Hay un pensamiento central en su obra, casi como un estribillo o, mejor, como un lema o motto, especialmente llamativo: su defensa constante de la nobleza, del coraje, de la caballerosidad y de las buenas maneras. La enlaza magistralmente con el cristianismo (explica, con perspicaces ejemplos, que Jesús era un perfecto gentleman) y también con la figura recurrente y admirada del Quijote y con el deber de la inteligencia y la cultura. Para Steinhardt la estupidez es pecado; la libertad, aristocracia; la valentía, el secreto de la felicidad; y la buena educación, la caridad. En sus compañeros de celda encuentra “una atmósfera de grandeza, de medievalismo hierático; ondean invisibles capas de púrpura, refulgen espadas de Damasco. Cada gesto revela un quijotismo contenido”. Estamos ante un libro de caballerías, que incita, como los que leyó Alonso Quijano, a la emulación.

Hay que acabar y aún no he destacado su sentido del humor, su vasta cultura (cita bien a muchos autores españoles: a Ortega y Gasset —que a fin de cuentas es nuestro pensador más europeo—, a Unamuno —que después de todo es un existencialista ibérico—, pero también a Eugenio d’Ors y otros), su indesmayable patriotismo, el amor a sus padres, su perdón a los enemigos, las novelescas vicisitudes del manuscrito… Pero no sé de qué me extraño: las seiscientas y pico páginas del libro se me quedaron muy cortas y ¿pretendía encerrarlas en seiscientas y pico palabras?

[recuadro]  
LA GRAN RUMANÍA
El gran acontecimiento cultural de principios del siglo XXI está siendo la recepción de las obras literarias de la Europa del Este, hechas detrás del Telón de Acero y contra él. Y de alguna manera gracias a él, pues allí los intelectuales no perdieron el norte del valor de las palabras (por las que te jugabas la vida), del don precario de la libertad, de la inmensa diferencia entre la verdad y la mentira, de la dignidad del hombre. Lo explica tajantemente el poeta polaco y también represaliado por el comunismo Aleksander Wat, que divide a los intelectuales en los que conocen esas lecciones básicas y los que no. Rumanía contribuyó muchísimo a la resistencia cultural que puede que nos salve ahora a nosotros. Nicolae Steinhardt es uno de sus nombres, pero hay otros, unos que escaparon a Europa occidental y otros que no: Cioran, Ionescu, Eliade, Horia... Son cumbres. Quien oiga el nombre de Rumanía y lo asocie sólo a uno de los países más pobres de la Unión Europea demuestra sus carencias culturales y se queda en los efectos. No hay que olvidar  las causas ni aquellos que las enfrentaron. Forman una aristocracia de la inteligencia de la que no podemos permitirnos el dudoso lujo (de pésimo gusto) de prescindir hoy día.

jueves, 14 de julio de 2011

El ombligo

Mi hija de un año, por ser de la generación digital, trae de serie la función de manejar aparatos electrónicos. Es de admirar cómo se entiende con el mando a distancia de la tele, aunque a nosotros nos supere ese zapping en zig-zag… Y qué decir, qué, de la soltura con la que manipula nuestros móviles hasta el completo agotamiento de la batería (si hay suerte) o la llamada aleatoria a alguno de nuestros contactos o el descalabro del terminal (nunca mejor dicho). El otro día asistí en primera fila al descubrimiento de su propio ombligo, que tiene forma de bellísimo botón de IPhone. Automáticamente, se lo apretó con su dedito 2.O. Me dio pena pensar que su cuerpo iba a decepcionarla en cuanto descubriese que no se encendía ni sonaba nada. Pero no: saltó de inmediato su luminosa risa. Y cada vez que le daba al botón se reía, se reía. 

lunes, 11 de julio de 2011

Helena o el mar del verano

Espantada porque su hija leía novela tras novela del noccivo Federico Moccia, me pidió una recomendación. Le apunté, entre otros libros, Helena o el mar del verano de Julián Ayesta, deliciosa novelita espléndida. A la semana me dijo cuánto le había gustado la novela a ella, pero no a su hija: “Claro, como no ha conocido aquellos veraneos eternos con los primos…” Deduje que a la niña tampoco se le podrá recomendar la Iliada porque no ha conocido aquellas expediciones de los aqueos, ni el Quijote, porque no ha dormido nunca en una venta manchega, ni La isla del tesoro porque no tiene un loro ni una pata de palo... A veces hasta los padres más listos se tragan —será el amor, que es ciego— las más idiotas ideas de sus hijos.
*** 
Pero, ¿quién está libre de parcialidad? ¿No me parece a mí insuperable el estilo de gateo, digamos, de Carmen, que no se rebaja a las cuatro patas, no, ni olvida la vocación humana de tollere vultus ad sidera? Oh.


sábado, 9 de julio de 2011

Traducción de un soneto toscano


Querría saber, amantes, cómo es hecha
esta amorosa red que a tantos prende,
cómo su fuerza en todo el mundo extiende           
o cómo el tiempo ya no la desecha.

Si Amor es ciego, ¿cómo se aprovecha
a hacer las saetas con que ofende?
Si no las hace Amor, ¿quién se las vende?
¿Con cuál tesoro compra tanta flecha?

Si tiene, como escriben los poetas,
en una mano el arco, en otra el fuego,
¿las saetas, la red, con qué las tira?

Las armas del Amor, tirano ciego,
un volver de ojos es que alegre os mira,
no el arco ni la red, fuego y saetas.

Gutierre de Cetina (Sevilla, alrededor de 1515-Puebla de los Ángeles, de Nueva España, alrededor de 1555) es un poeta soldado de apasionante vida novelesca, con final de novela negra, casi sueca. Está en todas las antologías merced a su epigrama famoso de los ojos airados a los que se les pide, por favor, que si no queda otro remedio a su enfado, al menos le sigan mirando. Con este soneto pueden ejemplificarse muchas cosas: que la traducción es otra creación, que España se dejó conquistar por la Italia que había conquistado y que el Renacimiento, por cristiano, no podía dejar de reírse un poco por lo bajo de los dioses paganos, por más que los sacase a relucir en sus poemas y en sus cuadros. Sin embargo, lo que vale más de este poema es el verso más realista y auténtico: ese “volver de ojos que alegre nos mira”, que basta, él sólo, para resolver el misterio y explicarse el poderío del amor. 

viernes, 8 de julio de 2011

El aborto, por Quintana

El aborto no es, como dicen, un asesinato. Es un robo. No puede haber un robo mayor. Porque, al malogrado nasciturus, se le roba este mundo, el cielo, las estrellas, el universo, ¡todo! El aborto es un robo infinito. 
Yo soy de los que dicen que el aborto es un asesinato, y lo mantengo, pero a la vez me descubro ante la fuerza y la eficacia de esta idea de Quintana, muy poética, en el mejor sentido. Uno siente que el nasciturus apenas puede morir por pequeño, por inocente, por no haber puesto un pie en la vida. Por eso, creo, resulta tan eficaz la voz de alarma que pega este aforismo. Porque el robo es inmenso, eso no hay quien lo discuta. Así, con lo menos consigue concienciarnos contra lo más.