Qué suerte tienen algunos. Alfred Kessler, médico aficionado a Chesterton, se paseaba por un mercado de libros viejos de San Francisco. Dio con un volumen de aforismos publicado en 1911 por el justamente olvidado Holbrook Jackson, de un interés perfectamente descriptible. Ese ejemplar tenía escritas a mano con un lápiz verde respuestas a cada aforismo. Al que decía: “El que piensa se pierde”, el lápiz replicaba: “El que no piensa no merece que lo encontremos”. O al que aconsejaba: “¡No pienses. Hazlo!”, se le aconsejaba vivamente: “¡Hazlo: piensa!”. Kessler reconoció la letra de Chesterton. Y sacó a la luz esas respuestas perdidas de GKC, que aunque las escribió para contestar privadamente a Jackson, merecían —por pensadas y por brillantes— que las encontrásemos. Qué suerte tenemos todos.
jueves, 7 de julio de 2011
miércoles, 6 de julio de 2011
martes, 5 de julio de 2011
Eheu fugaces!
En las calles de mi pueblo montan mesitas para vender los productos del tiempo. Ahora, caracoles y brevas; hace nada, espárragos; en verano, higos chumbos; en septiembre higos; en otoño, castañas y alcachofas. Hay toda una rueda gastronómica, humilde, que gira acompasada con la rueda del año y sus estaciones. Y esos productos están tan buenos, se compran y cocinan con tanta alegría, que uno casi lamenta que el progreso, la importación y los invernaderos hayan convertidos en perennes tantos otros frutos y frutas. “¿Por qué gustan tanto los de temporada?”, me pregunto. ¿Será que al tomarlos cogemos en las manos los tiempos fugaces y nos hacemos la ilusión de que corren para y con nosotros?
lunes, 4 de julio de 2011
De la brevedad engañosa de la vida
En seguir sombras y abrazar engaños
se fueron los afanes de mi vida.
Casi finalizada la partida
dueño soy de tan sólo desengaños.
Confiados, subimos los peldaños
de dos en dos. Y, luego, a la salida,
la pesadumbre de la despedida,
el daño irreparable de los años.
El tiempo, el tiempo, el tiempo, esa es la clave...
Al barco ya le gimen las cuadernas
y a menor esperanza, más sofoco.
Nos vamos a la nada en nuestra nave,
no hay nadie que la libre de galernas.
Y esto no es un soneto del Barroco.
Una ventaja del formato de esta sección poética [en el semanario Alba] es que el nombre del poeta y su fecha de nacimiento aparecen al final, tras la lectura del poema, que se deja leer así libre de prejuicios, de etiquetas histórico-literarias, de características de manual y, sobre todo, de prestigios preestablecidos. Y en este caso además con una enorme ventaja añadida, pues no se estropea la sorpresa del último verso, su técnica del desengaño, especialmente apropiada cuando el desengaño vital es también el asunto del soneto. El atento lector puede haber creído que, efectivamente, se encontraba ante un soneto barroco, pero no: es un tema de siempre y, por tanto, de hoy mismo, como permitía atisbar el coloquialismo del verso 11. Pero incluso con ese sutil preaviso, la punzante conclusión, tan acorde también con el título de esta sección, “Clásico, es decir, actual”, nos dice, con una sonrisa resignada, que la brevedad de la vida y la futilidad de nuestros afanes no fue un tema del Siglo de Oro y adiós, sino de todas las épocas, del hombre y su naturaleza. ¡Ah!, el autor es Fernando Ortiz (Sevilla, 1948), un poeta sabio, que ha sabido (quod erat demostrandum) traerse como nadie la tradición a nuestro lado.
domingo, 3 de julio de 2011
sábado, 2 de julio de 2011
Adam Zagajewski en todas las encrucijadas
La literatura polaca del siglo XX y de éste (su poesía en particular) está llena de nombres tan impronunciables como imprescindibles: Tadeuz Rózewicz, Czesław Miłosz, Aleksander Wat, Zbigniew Herbert, Wisława Szymborska, Jan Twardowski… Adam Zagajewski (Lwów, 1945), candidato al premio Nobel, de intensa biografía y extensa obra, es una de sus figuras más representativas.
El escritor Jesús Miramón lanzaba una pregunta a la Red que es –aunque no tan hermosamente expresada– la que nos hacemos muchos: “¿Por qué se escribe tan buena poesía en Polonia?”; y seguía: “He llegado al punto de que cada vez que se sienta al otro lado de mi mesa de trabajo una persona de esa nacionalidad ya tiene mi simpatía y mi admiración por ello. Sé que es ridículo pero ¿acaso no lo son todos los prejuicios?”
La respuesta, además del hecho indubitable de que el Espíritu sopla donde quiere, ha de partir siempre de que para el pueblo polaco, tan machacado históricamente, la literatura ha sido el último refugio de su identidad nacional. Lo dejó dicho Adam Zagajewski en una conferencia de 1989 con un título épico: “Con la poesía polaca contra el mundo”. Allí relataba cómo (cuando escapó del comunismo) la poesía le salvó de la desesperación estéril de la emigración. Y añade otro elemento que le caracteriza en su papel de eslabón: “Siempre me quedaba el sentido del deber hacia mis predecesores y sucesores”. Dentro de todo el elenco deslumbrante de poetas polacos, conviene pararse en Zagajewski porque en él encontramos exacerbada una característica clave de esta poesía: la de encontrarse, como su propio país –entre Alemania y Rusia, entre Occidente y Oriente– en medio de todas las encrucijadas, como señaló en repetidas ocasiones Juan Pablo II, poeta polaco también él.
En Adam Zagajewski es incluso una constante vital. Se retrata (en “Autorretrato no exento de dudas”) entre el entusiasmo del mediodía y el decaimiento de la tarde, “siempre demasiado o demasiado poco”. En otro autorretrato, se pinta repartido hasta entre sus herramientas: “Entre el ordenador, el lápiz y la máquina de escribir se me escapa medio día”. Su biografía también resulta dividida. Formó parte del movimiento “Nueva ola”, muy relacionado con el sindicato Solidaridad y opuesto al régimen comunista. Pero descubrió que la poesía tenía que alejarse de los acontecimientos más inmediatos para ganar perspectiva, y se convirtió, ya en el exilio, “en un disidente de los disidentes”. Luego llegó la caída del muro. Susan Sontag ha explicado muy bien la dificultad que ha supuesto para los intelectuales polacos de la generación de Zagajewski pasar de los tiempos heroicos del anticomunismo a esta época de expectaciones morales disminuidas y estándares artísticos superficiales.
Esas encrucijadas nacionales y personales se reflejan en su pensamiento y en su creación. Para él la poesía se mueve entre los polos opuestos de la ironía y el fervor, de la pasión y la forma, de la elegía y la epifanía; la literatura, por su parte, se escinde en dos grandes reinos: la prosa y la poesía; su vida interior oscila –según confesión propia– entre el sueño y la indolencia y el despertar poético; como todo intelectual, piensa entre el nihilismo y la admiración; su corazón late del cosmopolitismo al amor a Polonia; lee con igual fervor a Cioran y a Wojtyla; sus conversaciones se reparten entre los vivos y los muertos; la realidad y el arte se miran recelosas; sus poemas van y vuelven, como un metrónomo, de la historia y la anécdota biográfica a los valores eternos; Dos ciudades se titula uno de sus ensayos, y otro, Otra belleza, y otro Solidaridad y soledad.
Para explicarnos en la medida de lo posible la calidad de esta poesía (en particular, la de Zagajewski, pero en general de toda la polaca, que él representa aquí a efectos didácticos) no debemos olvidar esas tensiones continuas y diversas, cruciales, que la convierten en un campo de fuerzas. Esto es fundamental, aunque no sea, por supuesto, su único valor. Por citar otro, recordemos cómo Charles Simic, en un artículo sobre nuestro poeta, apuntaba: “La poesía polaca tiene una rara virtud: su legibilidad en una época en la que los experimentos modernistas han hecho de mucha de la poesía escrita en otras latitudes algo sencillamente hermético”. En esa legibilidad tiene un papel protagonista el desplazamiento del protagonismo de la metáfora a la imagen que se va cargando de leve y persistente simbolismo.
Pero tanta tensión y la claridad expositiva no conquistarían nunca al lector si no fuesen acompañadas por una decidida toma de partido a favor de un tono moral. Zagajewski, rodeado de dudas siempre, sabe que “el territorio de la verdad/ es claramente pequeño, estrecho/ como una senda en un precipicio”, pero que ése es su camino. Su gran peligro es recrearse en la duda, esto es, olvidar las tensiones y recostarse en una posición centrista muy satisfecha de sí misma, tanto en lo poético como en lo ensayístico. No puede cambiar impunemente una esperanza árida por una cómoda instalación en el justo medio. En el último ensayo de su último libro confiesa que la fría forma y la pasión indomeñable, los dos extremos contrapuestos del arte, se encontrarán, en su máxima potencia y reconciliados, en Dios. Ése es su sitio.
***
ZAGAJEWSKI Y ESPAÑA [apoyo en un recuadro]
Si estuviésemos hablando de poesía española, habría que reflexionar sobre la atención con que nuestra poesía más joven lee al poeta polaco, muy editado aquí últimamente. O de su desprecio por los seguidores de Ashbery. Pero como hablamos de él, lo interesante será destacar que este intelectual al que nada de lo humano le es ajeno, y menos si es europeo, ha vuelto en varias ocasiones sus ojos a España. Tras alguna mención un tanto tópica (“Aves negras caminan por los campos/ siempre esperando algo, pacientes como viudas españolas”), asombra el largo y esencial ensayo titulado “Flamenco”, que recoge en Solidaridad y soledad. Y tiene, sobre todo, un poema imprescindible, “Zurbarán”, que vale por toda una metafísica y una ascética:
Zurbarán pintó
santos españoles
y naturalezas muertas,
los alternaba,
y por eso los objetos
que yacen en las pesadas mesas
de sus naturalezas muertas
son, también, santos.
viernes, 1 de julio de 2011
Renunciar a la errata
No me habían avisado de la revista, así que pensé que el envío de Un secreto temblor era una cortesía de la editorial o del autor. Pero era, ya digo, que en Poesía Digital habían pensado que yo lo criticase. Tuve que escribir esta reseña a contrarreloj… como se nota en alguna descarada repetición. Con más tiempo no hubiese rechazado tan rápido la repentina ocurrencia de introducir una errata mayúscula:
el secreto temblor que nos recorre
en la cima del éxtasis.
Por no hablar —¡cielo santo!—
de esas misas salvajes,
cuerpo a Cuerpo,
donde Tú te me entregas
con la pulsión a punto de romperse
[…]Para la próxima vez, ya no me resisto.
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