Soy un bocazas y un metepatas constante y, sin embargo, mis más pesados cargos de conciencia son por las pocas veces (poquísimas) en que cierro el pico. La última, en mi instituto público de Enseñanza Secundaria. Voy por el pasillo y escucho la conversación de una chica y un chico. No son alumnos míos ni los conozco de nada. Él le pregunta a ella con voz melosa qué va a hacer esa tarde. Ella contesta que irá a la catequesis de post comunión. Yo, claro, me intereso con precipitación gozosa. Él parece contrariado. Ella, firme. Al final, él suelta con muy mala uva: “¡Beata!”. (Yo me callo, maldición.) Y como se separan, porque no son del mismo curso, él sigue pasillo abajo revolviéndose y gritándole: “Beata, beata …”, cada vez más alto.
lunes, 6 de junio de 2011
domingo, 5 de junio de 2011
Que corra la voz
Me limito a expandir la noticia. Aquí, sin embargo, diré cuánto me extraña el comentario de Rowan Williams de que "no era un santo". Mi sospecha es la siguiente: ya que no lo dirá por esas acusaciones de homosexualidad a cuenta de algunos sonetos de WS, pues Rowan ha casado felizmente a cuantos homosexuales se le han puesto a tiro y hasta los ha ordenado obispos, debe de ser por haber permanecido católico en secreto, por no haber dado la cara, como quien dice. Pero entonces el Arzobispo de Canterbury recordaría lo que ellos hacían con los católicos que trincaban, y por eso, tal vez avergonzado, lo que le honra, huyendo de su propio subconsciente, nos sale con que no era santo por haberse retirado prudentemente (quizá para quitarse de en medio) a administrar sus rentas. Es una de las frases más estúpidas que decirse puedan. Es sólo una hipótesis (no lo de la estupidez de la frase, sino el proceso mental de Rowan Williams), que conste.
sábado, 4 de junio de 2011
Una presencia real
The Catholic Revival in English Literature, 1845-1961, es un apasionante ensayo de Ian Ker, que ignoro si esta traducido al español o si alguna editorial traducirá pronto, que debería. Explica el deslumbramiento de John Henry Newman ante la realidad de la presencia real de Cristo en la Eucaristía, valga como subrayado la redundancia. Entre otras cosas, al ser real, le liberaba del asfixiante subjetivismo sentimental del protestantismo y de esa necesidad de los pastores protestantes de marcar el terreno de lo sagrado con su solemnidad o con su cultura marcadamente superior.
También, pienso yo, la Eucaristía nos libera de tener que desear la muerte para encontrarnos con Dios. Qué misericordia la de Jesús, que nos da un motivo teológico para seguir amando, como nos pide el cuerpo, esta vida, en la que podemos entrar íntimamente en contacto con Él, y viceversa. Morir, moriremos, pero no hay prisa ni aun por urgencias de amor místico. Con comulgar basta.
viernes, 3 de junio de 2011
Más o menos
Es casi imposible poner un pero a esta glosa de Antonio Machado:
Recordad el proverbio de Castilla: ‘Nadie es más que nadie’. Esto quiere decir cuánto es difícil aventajarse a todos, porque, por mucho que un hombre valga, nunca tendrá valor más alto que el de ser hombre.
Pero yo quizá preferiría que el refrán rezase: “Nadie es menos que nadie”, para dejar claro que todos tenemos la mayor dignidad, sí, aunque por el mérito personal podemos ser más que alguien… sin que por eso ninguno sea menos que nosotros. ¡Nos hace tanta falta postular hoy el mérito! El mismo Machado ya se dio cuenta, y añadía, socarrón:
¿Comprendéis ahora por qué los grandes hombres solemos ser modestos?Qué grande.
miércoles, 1 de junio de 2011
Una espléndida noticia
ROMA, 1 (EUROPA PRESS) El arzobispo anglicano de Canterbury, Rowan Williams, ha afirmado que "probablemente" el escritor William Shakespeare era "católico", en un encuentro celebrado con el actor Simon Russel Beale durante el Festival Hay de arte.
El arzobispo de Canterbury ha subrayado que "hay cosas en sus obras que no se pueden entender sin comprender los conceptos de perdón y de gracia" que existen en el catolicismo y no en el protestantismo.
Además, el arzobispo Williams ha subrayado que Shakespeare "ha luchado con las preguntas de la humanidad" y "ha concluido diciendo que hay mucho más en todo esto de lo que se puede pensar". Según ha destacado el arzobispo de Canterbury, una parte de este "misterio" se puede "encontrar en sus obras", algo que "parece imposible sin que tuviera una idea de lo sagrado".
Williams ha explicado que "no cree que el hecho de que sea católico o protestante nos diga nada sobre él" pero ha asegurado que considera que "tenía algún pasado católico y grandes relaciones católicas".
No obstante, el arzobispo ha destacado que no sabe "cuánto creía o qué hacía en lo que concierne a su fe", aunque ha afirmado "que si era un cristiano, no era un santo" porque "no era un hombre muy agradable en varios aspectos y esto es algo que sorprende mucho".
06/01/19-34/11
Ya lo dijimos, pero que lo declare el Arzobispo de Canterbury tiene un plus de autoridad, aunque esté mal que lo diga un papista como yo. Además, lo declara de tal modo, con un retintín puritano, ¡él, Rowan Williams!, que casi me ha dado hecho el artículo del domingo…
domingo, 1 de mayo de 2011
Meditación sobre el matrimonio
La obra El taller del orfebre, publicada en 1960 por Karol Wojtyla con el seudónimo de Andrzej Jawien, lleva un subtítulo que la resume a la perfección: “Meditación sobre el matrimonio, expresada a veces en forma de drama”. Serviría para un cursillo prematrimonial. Y para mucho más: la meditación es tan honda que constituye un curso pre-, pro- y hasta post-matrimonial. Un viaje completo a la profundidad antropológica y sacramental del amor.
De la Carta a los artistas (1999) de Juan Pablo II deslumbra su entusiasmo por escritores, músicos, pintores, arquitectos… “En la creación artística el hombre se revela más que nunca imagen de Dios”, afirmaba allí el Papa; y añadía: “geniales constructores de belleza, “la vocación artística es una especie de destello divino”, “la obligación de no malgastar ese talento”, “la sociedad tiene necesidad de artistas”, “la Iglesia tiene necesidad del arte para transmitir el mensaje que Cristo le ha confiado”, “la actividad de los artistas es noble ministerio” y “en cierto sentido, el icono es un sacramento”.
Karol Wojtyla había predicado con el ejemplo: nos ha dejado una considerable obra literaria, principalmente poética y teatral. En ella destaca El taller del orfebre (1960), pieza de teatro que se plantea desde el arte muchos de los temas fundamentales del magisterio de Juan Pablo II: el noviazgo, el matrimonio, la paternidad y, en última instancia, la teología del cuerpo.
Para disfrutar de El taller del orfebre hay que partir de su estilo: el rapsódico, una corriente teatral polaca que otorga prioridad a la palabra sobre la acción, la música o el decorado. Este planteamiento, según la estudiosa Joanna Albin, “da a la representación un carácter ideológico y no argumental”. Llama la atención que el símbolo y el mensaje son lo primero que se nos presenta, y sólo a través de ellos acabamos atisbando a los protagonistas. De ese modo la persona se convierte en el fin de la obra de arte, en su destino final.
El taller del orfebre es una catequesis matrimonial no edulcorada, que afronta sus realidades más dramáticas, como el desamor, la duda, la ruptura o la viudez. La trascendencia del amor se afirma sin medias tintas: “El amor no es una aventura. Posee el sabor de toda la persona. Tiene su peso específico. Y el peso de todo su destino. No puede durar sólo un instante. La eternidad del hombre lo compenetra. Por esto se le encuentra en las dimensiones de Dios. Porque sólo Él es eternidad”. También se proclama la grandeza de la paternidad: “¡crear algo que refleja la Existencia absoluta y el Amor es la más hermosa de las tareas! Pero se vive sin saberlo”.
La obra nos advierte de la intrincada naturaleza social de los hombres, de modo que lo que sucede a una pareja afecta a las otras. Eso no ha de llevarnos a la desesperanza porque, por un lado, Dios (representado por el Orfebre) da peso y medida a cada amor y, por otro lado, la naturaleza humana (representada por Adán) lo busca y lo alienta siempre de nuevo.
Ya en 1960 y desde su creación literaria, el mensaje de Wojtyla era “No tengáis miedo” o dicho con las palabras exactas de El taller del orfebre: “El amor vence al miedo”. Y también vence al tiempo, al truncado y al malgastado. En los anillos de matrimonio se unen el pasado y el futuro y, por tanto, siempre se puede volver a empezar, apoyándose en la eternidad. El amor es una aventura entusiasmante: “un continuo desafío que nos lanza Dios, y lo hace, tal vez, para que nosotros desafiemos también el destino”.
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