domingo, 14 de julio de 2013

A muerte y rosa


Para la novela El despertar de la señorita Prim, de Natalia Sanmartín [qué incómoda la rima entre novela y autora, al estilo de la novela del barro que escribió Julia Navarro], se me ocurren cuatro posibilidades:

  1. Ver la que creo yo que es la clave de lectura, aquí, en una columna de opinión, naturalmente. 
  2. Mordisquear [sic] estos pastelitos que ofrece el Barbero del rey de Suecia. 
  3. Buscar el libro y zampárselo, que es lo que yo hice.
  4. Regalarlo a su novia o a su mujer o a su madre, que es lo que yo recomiendo encarecidamente, y también he hecho. No, no a su suegra o a su cuñada, eso nunca, que el libro tiene un fondo de combate que podrían personalizar.

viernes, 12 de julio de 2013

Remordimientos


Entre las pesadillas que atormentan mis noches de insomnio, un recuerdo de mi primer año de carrera. Un compañero dice que ha decidido leerse todo Shakespeare. Yo, gilipollas perdido, salto hecho una hidra y le pregunto, como un fiscal de película, si ha leído a Lope de Vega, si ha leído a Calderón de la Barca, si ha leído a Tirso de Molina. El resto de los contertulios prestan atención, oliendo la sangre. Él, tan buena persona que se abochorna, confiesa que no. Concluyo retórica, barrocamente que así va España, que no valoramos lo nuestro y que de qué iba un universitario inglés a plantearse leer a todo Lope. Y ahí queda el lance. 

Años después, al recordar —ay mi taimada memoria, que siempre da donde más duele— aquello, me horrorizó mi cerrilidad. Y cada nueva obra de Shakespeare que leía más golpes de pecho que me daba yo y por la espalda me los daban mis remordimientos. Hace dos veranos tuve la oportunidad de reparar el daño, porque aquel viejo amigo pasó por El Puerto con su mujer y sus dos hijos y tuvo el detalle de llamarme para comer juntos. A la primera ocasión, le recordé mi intervención, que no había olvidado, y dije cuánto sentía aquella estupidez. Él replicó que yo tenía razón y que aquella lección le pareció muy bien dada. Yo insistí en que aquello fue un horror. Y él que no, que no, que viva España. Me di cuenta como nunca de que nuestras acciones pueden hacer un daño irreparable, y sentí una desazón que a punto estuvo de arruinar el grato encuentro. 

Lo volví a recordar todo muy bien desde Almagro, viendo La verdad sospechosa. Sin darme cuenta, los remordimientos habían producido un efecto rebote, y tenía muy descuidado nuestro teatro. Lo pasé muy bien, vapuleado por mis sentimientos y mis culpabilidades. 


miércoles, 10 de julio de 2013

De pura [¿?] política


He resistido la tentación del juego de palabras de decir que Rajoy calla como un muerto porque lo está. Aún no


miércoles, 3 de julio de 2013

Recuerdo de mi abuela


En el artículo de hoy la recuerdo, y ahora caigo en que cuando nos pelamos de frío no se me viene a la cabeza ella nunca, de lo que se alegrará. Sólo cuando los calores arrecian y comienzan las protestas generales. Moraleja: son nuestras alabanzas y defensas lo que mejor nos define. O dicho con un aforismo de Chesterton que encontré el otro día: "Creo que la principal ocupación de un hombre, por muy humilde que sea, es la de abogado defensor".


domingo, 30 de junio de 2013

sábado, 29 de junio de 2013

Dos reseñas en Alfa y Omega


En la edición en papel, firmo las dos, pero en la digital solamente la de Pensar por lo breve. La de Abbott la firma el director de Alfa y Omega. Sería estupendo que fuese porque le haya entusiasmado tanto que no haya resistido la tentación de la mixtificación. No creo, ay, más que nada porque el director de Alfa y Omega seguro que resiste muy bien todas las tentaciones. 

viernes, 28 de junio de 2013

Ayer, güelfos; hoy, gremios


De lo más interesante que está ocurriendo ahora mismo en la literatura como mundo, según mi humilde entender, es la fragmentación. Las inmensas posibilidades de las nuevas tecnologías se alían con los viejos métodos y se respira un aire de libertad maravilloso. Un autor que encuentre cerradas las puertas de las editoriales, ya sea porque no es conocido o porque determinado género o tipo de libro no tenga mercado, siempre puede publicar en internet, vender su libro en Amazon u otro formato para e-book, autoeditarse el libro a precios cada vez más económicos y venderlo en presentaciones o a través de un blog, imprimir un puñado de ejemplares y mandarlo a los lectores que le interesan, fotocopiarlo, y alguna más que ahora mismo no se me ocurre. 

Todo esto exige la existencia de unos pocos lectores interesados, a los que el prestigio de un sello editorial no les obnubile y que estén dispuestos a franquear ellos el paso a la buena literatura. Si el otro día me di el lujo de resucitar a los güelfos blancos, con un enorme éxito, todo hay que decirlo, hoy propondría, pues la lectura a pelo es una actividad de riesgo, la creación de un gremio de lectores, en el que podíamos crear hasta grados de aprendices, oficiales y maestros; y en la que uno pusiera sobre el tapete su prestigio al llamar la atención sobre un libro u otro.

Yo, en mi condición de fundador del Gremio de Lectores, y aprovechando mi autoconcedida condición de oficial, me atrevo a proponer como lectura los aforismos de Marzioni. (Ya me diréis si me pasáis a aprendiz o qué.)