Aunque ahora se nos enfaden Hugo Chávez y Evo Morales, los indígenas americanos hicieron un negocio redondo con el descubrimiento y la colonización. Cambiar sus religiones, a menudo sangrientas, por la fe católica fue un chollo que quizá el único que no vea claro sea el burgués posmoderno, muy amante de la diversidad antropológica, pero más convencido aún de que él en particular no va a acabar tendido en un altar con su corazón humeante en el puño de un sacerdote azteca que en la otra mano sostiene un cuchillo de obsidiana aún goteante. La oferta, para colmo, incluía un dos por uno, y los indígenas se llevaron de regalo el idioma español, que no está mal, pues les daría, con el rodar del tiempo, para leer a Santa Teresa y a J.R.J., entre otros, y para escribir la obra de Alfonso Reyes o de Jorge Luis Borges. Incluso en su imagen más ingenua, la de los indios cambiando pepitas de oro por espejitos, tampoco hicieron el indio.
Un espejo encierra el mundo. ¿Qué es el amarillo brillo del oro sino un sonoro ripio comparado con los infinitos colores que caben en el cristal limpio de un espejo? El universo, a través suyo, tiene un no sé qué de transfigurado. San Pablo afirmó que vemos como en un espejo y que sólo en el Cielo lo haremos de frente. Tal vez un espejo corrija el otro espejo de nuestra invertida visión terrenal, y por eso todo en él adquiere un halo glorioso.
Lo debió de percibir Stendhal cuando propuso que la novela tiene que ser un espejo situado al borde del camino. No hablaba, estoy seguro, de copiar y firmar, como un notario. Reflejar la vida con un plus de exactitud y de magia, ése es el secreto de los espejos y del arte. Un secreto que los niños saben: se maravillan con ellos como con el mercurio o los imanes. También lo saben las monjas de clausura, según lo que nos contó Martínez Sierra en Canción de cuna de aquella monjita joven que se divertía reflejando el sol con un espejo sobre los gruesos muros del convento.
Han tenido muy mala fama en la moral y en las costumbres, aunque no se entiende por qué. Con los años, enseguida, se convierten en un adusto emblema barroco: tempus fugit. Los de casa, más domesticados, son piadosos; pero los que te sorprenden por la calle te dan un mordisco y un vuelco al corazón.
¿Qué falta le hacía a Dorian Gray un retrato mágico que le mostrase el estado de su alma? La superficie de un espejo cualquiera es la mejor herramienta para un hondo examen de conciencia. Hay que ponerse allí y aguantarse la mirada a uno mismo. Muchos —no sólo los políticos y los poderosos— temerán todavía más que verse criticados en público el momento ése inevitable y final de quedarse solos ante su imagen. Hay que ser muy valiente y muy bueno para preferir un espejo a un trozo de oro.



