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Proust soñaba con periódicos que publicasen diariamente un pensamiento de Pascal. Hace años, con el mismo espíritu, Rafa Cobo y yo quisimos fichar a Miguel d’Ors. Pero el poeta se negó tajantemente, alegando que el columnismo no era lo suyo. Ahora, leyendo su libro Más virutas de taller (Los papeles del sitio, Sevilla, 2010), veo que nos engañó como a chinos. O no, porque nosotros seguimos pensando que hubiese sido un fichaje magnífico. Lo demuestra con creces en este libro de glosas a menudo literarias, pero otras muchas veces escritas al hilo de la actualidad. Y para resarcirme de aquella negativa recogeré aquí varias de sus ideas. No conseguimos que escribiese columnas, pero al menos ésta mía será una de d’Ors.
Por poner un ejemplo literario y a la vez con mucha mordiente periodística, véase la crítica a vuelapluma que le clava a un poemario del requetepremiado Caballero Bonald: “¿No tiene un aire progre conmovedor esto de titular un libro Manual de infractores? Las nociones de infracción y manual son bastante incompatibles, digo yo. Enlazarlas a mí me suena a ‘Venid, queridos niños, sentaos, guardad silencio y escuchadme atentamente, que voy a enseñaros a desobedecer’” (p. 235).
También se atreve con la política: “Democracia, democracia, cuántas oligarquías se forman en tu nombre” (p. 141). Pero d’Ors no sólo critica, también admira: “Entrevistan en la televisión a Juan (o Joan) Manuel Serrat: ‘—¿En qué lengua prefieres cantar, en catalán o en castellano?’ ‘—En la que me prohíban más’, responde Serrat. Un aplauso para él” (p. 242). Su postura, además de en el espléndido prólogo, se resume en esta reflexión: “Qué lugar tan extraño: todos son inconformistas, heterodoxos y transgresores menos yo” (p. 265).
Y su visión de la modernidad se condensa en un aforismo especular (y espectacular): “Mundo actual: como en los espejos del Callejón del Gato, sólo aparecen con buena figura los que son deformes” (p. 225). Pero se me acaba el espacio, ay. Esta sí hubiese sido una razón para aquella negativa de Miguel d’Ors: una columna se le queda corta. Para leerle bien, el libro.
viernes, 9 de abril de 2010
miércoles, 7 de abril de 2010
sábado, 3 de abril de 2010
Preadolescencia vikinga
Resulta un acierto haber escogido a un vikingo para hacer una película sobre la preadolescencia. Todo preadolescente tiene —véase su pinta o sus andares o el orden de su cuarto o su vocabulario— bastante de vikingo. Y se destaca así que las zozobras de la preadolescencia son un hecho universal. Los ingredientes, por tanto, no pueden ser demasiado originales, aunque vengan envueltos en un entorno nórdico con aire de aldea de Astérix. Tenemos el clásico conflicto generacional entre padre e hijo, las complicaciones con los compañeros de promoción, los primeros —y deliciosos— escarceos amorosos, la problemática educativa y hasta los titubeos vocacionales propios de esa edad decisiva. Todo eso, que es mucho, está tratado en la película dirigida por Dean DeBlois y Chris Sanders con un equilibrio asombroso, sin caer ni en el amaneramiento moralizante ni en el gamberrismo macarra con el que algunos adultos nostálgicos añoran la adolescencia que no tuvieron. Entre una trepidante acción, Cómo entrenar a tu dragón desemboca en un final perfecto donde todo encaja (“clic”, se oye incluso) a la perfección.
Porque es lo que me espera, he seguido con muchísimo interés la relación entre el padre, llamado Estoico, y el hijo, que no termina de romper, llamado Hipo. Fíjense en los nombres, que lo dicen todo, o eso parece. Al final, el padre acaba, como mínimo, Hedónico.
Por deformación vocacional me gusta especialmente la actitud ante la lectura, que es otra muestra de equilibrio. Ni el rechazo analfabeto de los que evitan estudiarse el manual sobre los dragones (“¿Por qué leer un montón de palabras si podemos matar al bicho del que hablan las palabras?”, protestan con cierta gracia asesina) ni el que sólo tira de él. Hay que vivir los libros y literaturizar la vida. No extraña esta visión estereoscópica pues el guión está basado en una novela infantil muy estimable de Cressida Cowell.
Por afición tampoco me ha sido indiferente el amor a las mascotas. El dragón, llamado en español “Desdentao” (que no es un nombre con mucha menos mordiente que Toothless) es una mezcla logradísima de perro, gato, caballo y reptil, pero con personalidad propia. En DreamWorks han creado un ser, que se dice pronto. Y han reflexionado sobre un aspecto educativo fundamental, del que seguro que Maite Mijancos, que sabe más, tendría mucho que añadir. Me refiero a lo que contribuye la responsabilidad de cuidar a un animal a la maduración de un niño.
Como hablamos de una película y no sólo de pedagogía, permítanme dos entusiasmos visuales por comparación. A David Cameron, de Avatar, esta historia lo deja por los suelos. En ambas películas, los protagonistas vuelan sobre dragones de un modo bastante parecido, sacando el máximo partido de la técnica del 3D. Pero los vuelos de Hipo quitan el ídem, y son de mucha más altura que los de Avatar.
Y sin bajarnos del dragón, la lucha final es un brillante homenaje a La guerra de las galaxias, nada menos. Luke Skywalker tuvo que buscar el único punto débil de la terrorífica Estrella de la Muerte: Hipo y “Desdentao” han de encarar un peligro análogo. Es curioso que en toda historia épica el enemigo más poderoso tenga un punto débil, un talón de Aquiles, precisamente.
Para demostrar su altura, cuando al final ambos se precipitan al suelo, la película no cae ni en el final feliz sin más ni en lo lacrimógeno fácil. Simplemente matiza magistralmente la felicidad, como verán ustedes, porque, como nos avisó Donoso Cortés en su Ensayo sobre el catolicismo, el socialismo y el liberalismo, “no hay grandeza sin sacrificio”.
lunes, 29 de marzo de 2010
Acción, épica, ecos
A la salida del cine un espectador soltaba su comentario en voz alta: “¡Es lo de siempre, los poderosos salen indemnes mientras que el pobre pueblo oprimido paga el pato!” Era la clásica crítica marxista…, que no tiene nada que ver con lo que pasa en Acantilado rojo. A mí, con todo, me sirvió para entender lo más insólito: que las autoridades comunistas chinas hayan apoyado tanto esta película del director John Woo, idolatrado por Tarantino y autor de The Killer (1989), Cara a cara (1997) o Misión Imposible II (2000). Por lo oído a mi compañero de sesión, con una firme predisposición dialéctica, se ve lo que se quiere.
Forzando menos la vista, cabría defender que se trata de una película pro-vida. Los buenos protegen a los ancianos, a los niños y, sobre todo, a los nascituri. Que los padres de Woo se refugiasen en Hong-Kong huyendo de la persecución religiosa, se podría aducir como apoyo a esta interpretación, y más aún las palomas blancas, por las que él ha confesado sentir una especial predilección como símbolo cristiano, y que aparecen en esta película como en tantas suyas. Sin embargo, lo más sensato es empezar por lo que la película es.
Acantilado rojo es una película de acción, basada en un libro épico, El romance de los tres reinos, del siglo XIV, escrito por Luo Guanzhong. En el año 208 d.C., Cao Cao, primer ministro del Emperador, domina las tierras del Norte. Ávido de poder y con la secreta ambición de apoderarse de la mujer más bella de china, Xiao Qiao, interpretada por la mujer más bella de China, la modelo Chiling Lin, declara la guerra a los reinos del Sur, Wu y Xu. Ella está casada con el virrey Zhou You, general de Wu y su mejor estratega. El estratega del reino Xu es un hombre espiritual que recuerda muchísimo al Gandalf de El Señor de los Anillos, pero en joven y guapo.
El duelo militar se establece en tres niveles. En el físico, con batallas espectaculares, que se ruedan alternando los movimientos vertiginosos y la cámara lenta. En el intelectual, con la deliberación de estrategias, a la que se consigue dar tanta tensión como a las luchas. Y en el nivel moral: mientras que Cao Cao es un malvado sin fisuras, sus rivales son buenos padres de familia, patriotas, aman la paz y la amistad.
La misión de unificar esos niveles recae sobre los hombros de los generales, héroes al homérico modo: los primeros en la batalla, los más astutos en los preparativos y los más dignos en su trato con los demás y con sus familias. En ellos se concentran con especial intensidad los valores tradicionales y caballerescos. El recuerdo de Héctor, de Aquiles, de Ulises e, incluso, de Áyax resulta inevitable. Los soldados —diga lo que diga mi compañero de sesión— se limitan a actuar como comparsas en las brillantes coreografías militares.
Del mismo modo que el japonés Akira Kurosawa rodó en Ran (1985) una versión inmejorable, personalísima y orientalizada de El rey Lear de Shakespeare, podría decirse que estamos ante una Ilíada china. En las escenas navales se escucha un eco de las cóncavas naves de los aqueos. Y en las piras funerarias. La sombra de Helena, aunque más virtuosa, está presente en la figura de Xiao Qiao.
Y ella trasluce otra figura fundamental de nuestra civilización, como no se le escapará a ningún lector de Alba. Me refiero a la bíblica Judit, la que acude sola y deslumbrante y letal al campamento de Holofernes. Puestos a buscar ecos en Acantilado rojo, estos son los que hay, más que ninguna interpretación marxista, aunque ni mi compañero de sesión ni el gobierno chino hayan caído en la cuenta.
domingo, 21 de marzo de 2010
Ley de la muerte digna
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Lo que no me mata, me hace más fuerte; y más allá, lo que me mata me hace mártir. Si lo hacen rápido, será, como dice el personaje de Flannery O’Connor, mi oportunidad de llegar a santo.
Lo que no me mata, me hace más fuerte; y más allá, lo que me mata me hace mártir. Si lo hacen rápido, será, como dice el personaje de Flannery O’Connor, mi oportunidad de llegar a santo.
sábado, 13 de marzo de 2010
Loopings y otras acrobacias
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Ustedes, por tanto, o ya la han visto o, como a mí, no les importa que se la cuenten. Por eso, podemos empezar desvelando lo que al final acabamos de ver: Up in the air es la historia de un triángulo amoroso, aunque resulte bastante amorfo y con poco amor entre los vértices.
Un alto ejecutivo, Ryan Bingham (George Clooney), va por la vida de avión en avión, parando en hoteles y visitando alguna empresa para despedir a sus trabajadores. Esa vida le apasiona. Las compañías aéreas habrán subvencionado esta película como publicidad indirecta: la imagen de los vuelos y los aeropuertos es irresistiblemente placentera. Publicidad aparte, la cosa tiene una función metafórica. Volando, Bingham se encuentra en el séptimo cielo. Ha hecho de la vida sin raíces el ideal de su existencia.
En esas circunstancias, el amor, tan pegado a la tierra, no hay quien lo encuentre. En cambio, ligar, se liga, y más, supongo, si uno es George Clooney. En una de esas, se topa con Alex (Vera Formiga), también guapísima y también viajadísima, en todos los sentidos. Entablan una relación intermitente y explosiva (tratada con relativo pudor en la pantalla) a golpe de coincidencias en hoteles y aeropuertos.
La tierra, mientras tanto, se mueve bajo los pies de Ryan Bingham. En su empresa, han contratado a la joven Natalie Keener (Anna Kendrick), que se propone acabar con los viajes mediante un sistema de teletrabajo. Mientras lo implanta, viajará con Bingham para aprender el oficio. Se incluyen, con sentido de la oportunidad, algunas escenas que nos hacen reflexionar sobre el drama de la perdida del empleo. A la vez, las relaciones entre ellos son tirantes: la joven, a fuerza de romanticismo, va tirando de la visión cínica de Ryan.
Éste empieza a sentir el vacío de su vida, pendiente de un hilo —colgada en el aire— y se vuelve a su amante en busca de amor. Le pide que le acompañe a la boda de una hermana, y poco a poco asistimos a la preparación para el aterrizaje sentimental de Ryan.
Pero abróchense los cinturones: el aterrizaje va a resultar forzoso o, peor aún, accidentado. ¿Qué se podía esperar de tantas caídas en picado y tales turbulencias? En Alex encuentra Ryan la horma de su zapato: no quiere compromisos. La amante acaba siendo un espejo. Nosotros descubrimos, entonces, el verdadero triángulo: Ryan Bingham buscó en Alex las virtudes que descubría en Natalie. Pero así no hay nada que encontrar. Cada uno tira por su lado. ¿Final triste? No lo creo. Él empieza a saber lo que quiere, y con la facha de Clooney no tardará en conseguirlo, presiente el espectador.
¿Una comedia frívola? Sólo por fuera. Igual que en Juno Reitman se dio una vuelta por la frivolidad preadolescente para acabar defendiendo el derecho a la vida, en Up in the Air realiza varios loopings por la frivolidad de los adultos y hace difíciles acrobacias entre la comedia y la tragedia, entre la cinta de denuncia social y la peli de amor y lujo, para acabar defendiendo, en un inesperado aterrizaje, la vida matrimonial y los vínculos afectivos. Las vueltas que se pega Jason Reitman son porque viene de vuelta. De vuelta a casa, para ser exactos.
Ustedes, por tanto, o ya la han visto o, como a mí, no les importa que se la cuenten. Por eso, podemos empezar desvelando lo que al final acabamos de ver: Up in the air es la historia de un triángulo amoroso, aunque resulte bastante amorfo y con poco amor entre los vértices.
Un alto ejecutivo, Ryan Bingham (George Clooney), va por la vida de avión en avión, parando en hoteles y visitando alguna empresa para despedir a sus trabajadores. Esa vida le apasiona. Las compañías aéreas habrán subvencionado esta película como publicidad indirecta: la imagen de los vuelos y los aeropuertos es irresistiblemente placentera. Publicidad aparte, la cosa tiene una función metafórica. Volando, Bingham se encuentra en el séptimo cielo. Ha hecho de la vida sin raíces el ideal de su existencia.
En esas circunstancias, el amor, tan pegado a la tierra, no hay quien lo encuentre. En cambio, ligar, se liga, y más, supongo, si uno es George Clooney. En una de esas, se topa con Alex (Vera Formiga), también guapísima y también viajadísima, en todos los sentidos. Entablan una relación intermitente y explosiva (tratada con relativo pudor en la pantalla) a golpe de coincidencias en hoteles y aeropuertos.
La tierra, mientras tanto, se mueve bajo los pies de Ryan Bingham. En su empresa, han contratado a la joven Natalie Keener (Anna Kendrick), que se propone acabar con los viajes mediante un sistema de teletrabajo. Mientras lo implanta, viajará con Bingham para aprender el oficio. Se incluyen, con sentido de la oportunidad, algunas escenas que nos hacen reflexionar sobre el drama de la perdida del empleo. A la vez, las relaciones entre ellos son tirantes: la joven, a fuerza de romanticismo, va tirando de la visión cínica de Ryan.
Éste empieza a sentir el vacío de su vida, pendiente de un hilo —colgada en el aire— y se vuelve a su amante en busca de amor. Le pide que le acompañe a la boda de una hermana, y poco a poco asistimos a la preparación para el aterrizaje sentimental de Ryan.
Pero abróchense los cinturones: el aterrizaje va a resultar forzoso o, peor aún, accidentado. ¿Qué se podía esperar de tantas caídas en picado y tales turbulencias? En Alex encuentra Ryan la horma de su zapato: no quiere compromisos. La amante acaba siendo un espejo. Nosotros descubrimos, entonces, el verdadero triángulo: Ryan Bingham buscó en Alex las virtudes que descubría en Natalie. Pero así no hay nada que encontrar. Cada uno tira por su lado. ¿Final triste? No lo creo. Él empieza a saber lo que quiere, y con la facha de Clooney no tardará en conseguirlo, presiente el espectador.
¿Una comedia frívola? Sólo por fuera. Igual que en Juno Reitman se dio una vuelta por la frivolidad preadolescente para acabar defendiendo el derecho a la vida, en Up in the Air realiza varios loopings por la frivolidad de los adultos y hace difíciles acrobacias entre la comedia y la tragedia, entre la cinta de denuncia social y la peli de amor y lujo, para acabar defendiendo, en un inesperado aterrizaje, la vida matrimonial y los vínculos afectivos. Las vueltas que se pega Jason Reitman son porque viene de vuelta. De vuelta a casa, para ser exactos.
martes, 9 de marzo de 2010
Se muere de veras
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Yo quisiera escribir un gran artículo tanto o más como a usted le gustaría leerlo. Que tratase, además, de algún asunto de trascendencia. Lo procuro siempre y en todos los terrenos, en la forma y en el fondo, pero se consigue cuándo, me pregunto angustiado; y hay ocasiones, como ésta, en que no me dejan ni coger el sitio. La vida a veces sale de chiqueros burriciega, resabiada, con muy malas ideas. Y a ver quién le cuaja entonces una faena en los medios.
Siempre tengo —pero hay días en que se agolpan— facturas que pagar, gestiones superpuestas, noticias deprimentes, reuniones, citas, cuadros que colgar, clases que preparar, exámenes que poner, que recoger, que corregir, coches que llevar al taller, técnicos de lavadoras que llamar, humedades en la escalera, goteras en el baño, atascos en la terraza, bombillas fundidas, comida que calentar, disgustos que digerir, compras que hacer, cartas por responder, perros que pasear, pececillos de colores que alimentar, y, además, de pronto, huy, este artículo que pensar, escribir, afinar, reescribir y enviar sobre qué, contra quién, para cuándo… Bueno, para cuándo, sí: para antes de dos horas.
¿Y a mí qué me importa?, podría espetarme usted. Y desde luego todo eso va en el sueldo y debe quedarse entre líneas. Pero en días como éstos, recuerdo lo que le pasó a mi posible pariente Isidoro Máiquez. El actor, aclamadísimo intérprete de Hamlet, retratado por Goya, hombre ilustrado, era un gran aficionado, dicho sea con perdón, a la Fiesta nacional. En una corrida le gritó a Pedro Romero: “¡Arrímate, hombre!”, que no es algo muy original que digamos. El torero se revolvió como un miura, y dirigiéndose al actor le recordó: “Señor Miquis, que aquí se muere de veras”.
No sé si “tiquismiquis” vendrá de aquella puntillosidad taurina de Isidoro Máiquez, pero uno, a pesar de la sangre, toma partido por Pedro Romero, por la cuenta que le trae. En la literatura también se muere de veras. Y aunque a uno le gustaría arrimarse hasta el pañuelo y el suspiro, hay tardes en que la vida pega tales derrotes que no queda más remedio que dar un paso atrás y andarse con tiento.
Lo ideal, por supuesto, sería poderle. Incluir en el lance también las facturas, las citas y los horarios desbocados, y acompasarlos todos en el son sereno de una verónica eterna. Hacer que humillen hasta formar parte de una faena perfecta, la faena de mi vida, como se dice y es lo suyo. Pero hoy discúlpenme el gesto descompuesto: se me enganchó el capote en uno de los cuernos. Si salvamos el revolcón y salimos por nuestro propio pie, podemos darnos con un canto en los dientes.
Yo quisiera escribir un gran artículo tanto o más como a usted le gustaría leerlo. Que tratase, además, de algún asunto de trascendencia. Lo procuro siempre y en todos los terrenos, en la forma y en el fondo, pero se consigue cuándo, me pregunto angustiado; y hay ocasiones, como ésta, en que no me dejan ni coger el sitio. La vida a veces sale de chiqueros burriciega, resabiada, con muy malas ideas. Y a ver quién le cuaja entonces una faena en los medios.
Siempre tengo —pero hay días en que se agolpan— facturas que pagar, gestiones superpuestas, noticias deprimentes, reuniones, citas, cuadros que colgar, clases que preparar, exámenes que poner, que recoger, que corregir, coches que llevar al taller, técnicos de lavadoras que llamar, humedades en la escalera, goteras en el baño, atascos en la terraza, bombillas fundidas, comida que calentar, disgustos que digerir, compras que hacer, cartas por responder, perros que pasear, pececillos de colores que alimentar, y, además, de pronto, huy, este artículo que pensar, escribir, afinar, reescribir y enviar sobre qué, contra quién, para cuándo… Bueno, para cuándo, sí: para antes de dos horas.
¿Y a mí qué me importa?, podría espetarme usted. Y desde luego todo eso va en el sueldo y debe quedarse entre líneas. Pero en días como éstos, recuerdo lo que le pasó a mi posible pariente Isidoro Máiquez. El actor, aclamadísimo intérprete de Hamlet, retratado por Goya, hombre ilustrado, era un gran aficionado, dicho sea con perdón, a la Fiesta nacional. En una corrida le gritó a Pedro Romero: “¡Arrímate, hombre!”, que no es algo muy original que digamos. El torero se revolvió como un miura, y dirigiéndose al actor le recordó: “Señor Miquis, que aquí se muere de veras”.
No sé si “tiquismiquis” vendrá de aquella puntillosidad taurina de Isidoro Máiquez, pero uno, a pesar de la sangre, toma partido por Pedro Romero, por la cuenta que le trae. En la literatura también se muere de veras. Y aunque a uno le gustaría arrimarse hasta el pañuelo y el suspiro, hay tardes en que la vida pega tales derrotes que no queda más remedio que dar un paso atrás y andarse con tiento.
Lo ideal, por supuesto, sería poderle. Incluir en el lance también las facturas, las citas y los horarios desbocados, y acompasarlos todos en el son sereno de una verónica eterna. Hacer que humillen hasta formar parte de una faena perfecta, la faena de mi vida, como se dice y es lo suyo. Pero hoy discúlpenme el gesto descompuesto: se me enganchó el capote en uno de los cuernos. Si salvamos el revolcón y salimos por nuestro propio pie, podemos darnos con un canto en los dientes.
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