lunes, 29 de marzo de 2010

Acción, épica, ecos

A la salida del cine un espectador soltaba su comentario en voz alta: “¡Es lo de siempre, los poderosos salen indemnes mientras que el pobre pueblo oprimido paga el pato!” Era la clásica crítica marxista…, que no tiene nada que ver con lo que pasa en Acantilado rojo. A mí, con todo, me sirvió para entender lo más insólito: que las autoridades comunistas chinas hayan apoyado tanto esta película del director John Woo, idolatrado por Tarantino y autor de The Killer (1989), Cara a cara (1997) o Misión Imposible II (2000). Por lo oído a mi compañero de sesión, con una firme predisposición dialéctica, se ve lo que se quiere.

Forzando menos la vista, cabría defender que se trata de una película pro-vida. Los buenos protegen a los ancianos, a los niños y, sobre todo, a los nascituri. Que los padres de Woo se refugiasen en Hong-Kong huyendo de la persecución religiosa, se podría aducir como apoyo a esta interpretación, y más aún las palomas blancas, por las que él ha confesado sentir una especial predilección como símbolo cristiano, y que aparecen en esta película como en tantas suyas. Sin embargo, lo más sensato es empezar por lo que la película es.

Acantilado rojo es una película de acción, basada en un libro épico, El romance de los tres reinos, del siglo XIV, escrito por Luo Guanzhong. En el año 208 d.C., Cao Cao, primer ministro del Emperador, domina las tierras del Norte. Ávido de poder y con la secreta ambición de apoderarse de la mujer más bella de china, Xiao Qiao, interpretada por la mujer más bella de China, la modelo Chiling Lin, declara la guerra a los reinos del Sur, Wu y Xu. Ella está casada con el virrey Zhou You, general de Wu y su mejor estratega. El estratega del reino Xu es un hombre espiritual que recuerda muchísimo al Gandalf de El Señor de los Anillos, pero en joven y guapo.

El duelo militar se establece en tres niveles. En el físico, con batallas espectaculares, que se ruedan alternando los movimientos vertiginosos y la cámara lenta. En el intelectual, con la deliberación de estrategias, a la que se consigue dar tanta tensión como a las luchas. Y en el nivel moral: mientras que Cao Cao es un malvado sin fisuras, sus rivales son buenos padres de familia, patriotas, aman la paz y la amistad.

La misión de unificar esos niveles recae sobre los hombros de los generales, héroes al homérico modo: los primeros en la batalla, los más astutos en los preparativos y los más dignos en su trato con los demás y con sus familias. En ellos se concentran con especial intensidad los valores tradicionales y caballerescos. El recuerdo de Héctor, de Aquiles, de Ulises e, incluso, de Áyax resulta inevitable. Los soldados —diga lo que diga mi compañero de sesión— se limitan a actuar como comparsas en las brillantes coreografías militares.

Del mismo modo que el japonés Akira Kurosawa rodó en Ran (1985) una versión inmejorable, personalísima y orientalizada de El rey Lear de Shakespeare, podría decirse que estamos ante una Ilíada china. En las escenas navales se escucha un eco de las cóncavas naves de los aqueos. Y en las piras funerarias. La sombra de Helena, aunque más virtuosa, está presente en la figura de Xiao Qiao.

Y ella trasluce otra figura fundamental de nuestra civilización, como no se le escapará a ningún lector de Alba. Me refiero a la bíblica Judit, la que acude sola y deslumbrante y letal al campamento de Holofernes. Puestos a buscar ecos en Acantilado rojo, estos son los que hay, más que ninguna interpretación marxista, aunque ni mi compañero de sesión ni el gobierno chino hayan caído en la cuenta.

domingo, 21 de marzo de 2010

Ley de la muerte digna

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Lo que no me mata, me hace más fuerte; y más allá, lo que me mata me hace mártir. Si lo hacen rápido, será, como dice el personaje de Flannery O’Connor, mi oportunidad de llegar a santo.

sábado, 13 de marzo de 2010

Loopings y otras acrobacias

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Ustedes, por tanto, o ya la han visto o, como a mí, no les importa que se la cuenten. Por eso, podemos empezar desvelando lo que al final acabamos de ver: Up in the air es la historia de un triángulo amoroso, aunque resulte bastante amorfo y con poco amor entre los vértices.
Un alto ejecutivo, Ryan Bingham (George Clooney), va por la vida de avión en avión, parando en hoteles y visitando alguna empresa para despedir a sus trabajadores. Esa vida le apasiona. Las compañías aéreas habrán subvencionado esta película como publicidad indirecta: la imagen de los vuelos y los aeropuertos es irresistiblemente placentera. Publicidad aparte, la cosa tiene una función metafórica. Volando, Bingham se encuentra en el séptimo cielo. Ha hecho de la vida sin raíces el ideal de su existencia.

En esas circunstancias, el amor, tan pegado a la tierra, no hay quien lo encuentre. En cambio, ligar, se liga, y más, supongo, si uno es George Clooney. En una de esas, se topa con Alex (Vera Formiga), también guapísima y también viajadísima, en todos los sentidos. Entablan una relación intermitente y explosiva (tratada con relativo pudor en la pantalla) a golpe de coincidencias en hoteles y aeropuertos.

La tierra, mientras tanto, se mueve bajo los pies de Ryan Bingham. En su empresa, han contratado a la joven Natalie Keener (Anna Kendrick), que se propone acabar con los viajes mediante un sistema de teletrabajo. Mientras lo implanta, viajará con Bingham para aprender el oficio. Se incluyen, con sentido de la oportunidad, algunas escenas que nos hacen reflexionar sobre el drama de la perdida del empleo. A la vez, las relaciones entre ellos son tirantes: la joven, a fuerza de romanticismo, va tirando de la visión cínica de Ryan.

Éste empieza a sentir el vacío de su vida, pendiente de un hilo —colgada en el aire— y se vuelve a su amante en busca de amor. Le pide que le acompañe a la boda de una hermana, y poco a poco asistimos a la preparación para el aterrizaje sentimental de Ryan.

Pero abróchense los cinturones: el aterrizaje va a resultar forzoso o, peor aún, accidentado. ¿Qué se podía esperar de tantas caídas en picado y tales turbulencias? En Alex encuentra Ryan la horma de su zapato: no quiere compromisos. La amante acaba siendo un espejo. Nosotros descubrimos, entonces, el verdadero triángulo: Ryan Bingham buscó en Alex las virtudes que descubría en Natalie. Pero así no hay nada que encontrar. Cada uno tira por su lado. ¿Final triste? No lo creo. Él empieza a saber lo que quiere, y con la facha de Clooney no tardará en conseguirlo, presiente el espectador.

¿Una comedia frívola? Sólo por fuera. Igual que en Juno Reitman se dio una vuelta por la frivolidad preadolescente para acabar defendiendo el derecho a la vida, en Up in the Air realiza varios loopings por la frivolidad de los adultos y hace difíciles acrobacias entre la comedia y la tragedia, entre la cinta de denuncia social y la peli de amor y lujo, para acabar defendiendo, en un inesperado aterrizaje, la vida matrimonial y los vínculos afectivos. Las vueltas que se pega Jason Reitman son porque viene de vuelta. De vuelta a casa, para ser exactos.

martes, 9 de marzo de 2010

Se muere de veras

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Yo quisiera escribir un gran artículo tanto o más como a usted le gustaría leerlo. Que tratase, además, de algún asunto de trascendencia. Lo procuro siempre y en todos los terrenos, en la forma y en el fondo, pero se consigue cuándo, me pregunto angustiado; y hay ocasiones, como ésta, en que no me dejan ni coger el sitio. La vida a veces sale de chiqueros burriciega, resabiada, con muy malas ideas. Y a ver quién le cuaja entonces una faena en los medios.

Siempre tengo —pero hay días en que se agolpan— facturas que pagar, gestiones superpuestas, noticias deprimentes, reuniones, citas, cuadros que colgar, clases que preparar, exámenes que poner, que recoger, que corregir, coches que llevar al taller, técnicos de lavadoras que llamar, humedades en la escalera, goteras en el baño, atascos en la terraza, bombillas fundidas, comida que calentar, disgustos que digerir, compras que hacer, cartas por responder, perros que pasear, pececillos de colores que alimentar, y, además, de pronto, huy, este artículo que pensar, escribir, afinar, reescribir y enviar sobre qué, contra quién, para cuándo… Bueno, para cuándo, sí: para antes de dos horas.

¿Y a mí qué me importa?, podría espetarme usted. Y desde luego todo eso va en el sueldo y debe quedarse entre líneas. Pero en días como éstos, recuerdo lo que le pasó a mi posible pariente Isidoro Máiquez. El actor, aclamadísimo intérprete de Hamlet, retratado por Goya, hombre ilustrado, era un gran aficionado, dicho sea con perdón, a la Fiesta nacional. En una corrida le gritó a Pedro Romero: “¡Arrímate, hombre!”, que no es algo muy original que digamos. El torero se revolvió como un miura, y dirigiéndose al actor le recordó: “Señor Miquis, que aquí se muere de veras”.

No sé si “tiquismiquis” vendrá de aquella puntillosidad taurina de Isidoro Máiquez, pero uno, a pesar de la sangre, toma partido por Pedro Romero, por la cuenta que le trae. En la literatura también se muere de veras. Y aunque a uno le gustaría arrimarse hasta el pañuelo y el suspiro, hay tardes en que la vida pega tales derrotes que no queda más remedio que dar un paso atrás y andarse con tiento.

Lo ideal, por supuesto, sería poderle. Incluir en el lance también las facturas, las citas y los horarios desbocados, y acompasarlos todos en el son sereno de una verónica eterna. Hacer que humillen hasta formar parte de una faena perfecta, la faena de mi vida, como se dice y es lo suyo. Pero hoy discúlpenme el gesto descompuesto: se me enganchó el capote en uno de los cuernos. Si salvamos el revolcón y salimos por nuestro propio pie, podemos darnos con un canto en los dientes.

viernes, 26 de febrero de 2010

La naturaleza imita

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Desde Aristóteles o antes, los antiguos sostenían que el arte es la imitación de la naturaleza. Aunque nos parezca increíble, aquello no ofendía a los señores artistas, quizá porque estaban muy ocupados en perfeccionar su oficio. Ellos se congratulaban si los pájaros intentaban picotear las frutas de un cuadro: significaba que la imitación había sido aceptada por la mismísima imitada.

Pero Oscar Wilde, en un ensayo deslumbrante, sostuvo que la naturaleza imita al arte. Lo argumentó con brillantez. Hay dimensiones de la naturaleza que sólo somos capaces de ver cuando el arte las crea o, dicho de otro modo, cuando nos enseña a mirarlas. Wilde ponía el ejemplo de las puestas de sol. Hasta que un pintor genial no nos mostró su belleza, no fuimos capaces de pasmarnos ante un horizonte encendido de malvas. Pondré otro ejemplo menos mayestático: Miguel d’Ors describe a las avispas como “esos tigres condensados”. Desde que lo leí, cuando una revolotea a alrededor, no dejo de sentir el peligro de oro de los grandes felinos. Prefiero que no me pique, claro, pero en cualquier caso la veo con ojos traspuestos de aventura y exotismo.

Sin el genio y las gotas de ironía esteticista del irlandés, algunos se han tomado su teoría al pie de la letra y han puesto al artista al nivel del Creador. Su orgullo ha acabado siendo, en vez de atraer a los pájaros, espantarlos (véanse, como muestra, algunos de los últimos espantapájaros, quiero decir, esculturas de ARCO). Pero si le quitamos algo de hierro y las mayúsculas y la compaginamos con la teoría clásica, hay que reconocer a las ideas de Wilde su parte de verdad.

Lo que yo me pregunto ahora es si la naturaleza imitará también a la ciencia, porque ha sido saltar el escándalo del Climagate, que pone muy en cuestión los fundamentos y los métodos científicos del calentamiento global, y ha empezado a hacer un frío intenso e interminable. Hasta la población de osos polares, con la pena que nos han dado los osos, resulta que hoy por hoy está cerca de su máximo histórico. Qué alegría.

viernes, 12 de febrero de 2010

Juego de manos

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No he degustado los platos de El Bulli, pero me ha encantado que Ferran Adrià haya puesto sobre el tapete (o mantel) el dulce asunto del año sabático. De entrante, dejémoslo claro : soy muy partidario. Y por las mismas razones que el cocinero: pararse es esencial para llegar a algún sitio, y el silencio y la reflexión son ingredientes básicos de la creatividad.

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Aunque sólo los más afortunados (en todos los sentidos) pueden permitirse un año sabático, yo no me resigno al círculo vicioso de la actividad frenética. El tiempo nos tiene agarrados por la muñeca, pero podemos soltarnos por el instante. Estos son mis trucos o juegos de manos o de manecillas contra el reloj.

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Para empezar, contra el estrés en uno mi método es tres en uno. Cada cosa que uno hace debe ser triple. Este artículo, sin ir más lejos, es el cumplimiento de un compromiso profesional, y una reflexión sobre algo que me afecta personalmente, y quisiera, además de hacerlo bien, hacer bien haciéndolo.

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Tengo mucha fe en la escritura. Escribir un párrafo decente lleva, uf, un tiempo considerable, pero más tarde esos dos minutos que dedica cada uno de ustedes a leerlo se van sumando hasta que la balanza se equilibra, y me siento compensado. A partir de ahí, cada lector me regala el tiempo en que me lee. Por esa transfusión de vida extra se dice, no de manera exacta, pero sí bastante aproximada y salvando las distancias, que Virgilio es inmortal.

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Y viceversa: leemos en dos minutos lo que a un autor le llevó horas o días o años pensar. Es tiempo comprimido. Y de paso, cuando el libro es antiguo, su salto de siglos se trae arena (del reloj de arena) en los bolsillos.

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Fuera de la biblioteca es fundamental aprovechar a fondo cada domingo, el día clave. Juntando uno tras otro, cada siete años disfrutamos de un año dominical, que, bien mirado, es más aún que uno sabático. Y por último, lo más importante: el gran secreto sabático es la oración, un pozo sin fondo que da a la eternidad. El mejor juego de manos es unirlas en oración. El tiempo en que nos paramos a rezar es un más allá del tiempo. El año sabático no es imprescindible.