viernes, 26 de febrero de 2010

La naturaleza imita

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Desde Aristóteles o antes, los antiguos sostenían que el arte es la imitación de la naturaleza. Aunque nos parezca increíble, aquello no ofendía a los señores artistas, quizá porque estaban muy ocupados en perfeccionar su oficio. Ellos se congratulaban si los pájaros intentaban picotear las frutas de un cuadro: significaba que la imitación había sido aceptada por la mismísima imitada.

Pero Oscar Wilde, en un ensayo deslumbrante, sostuvo que la naturaleza imita al arte. Lo argumentó con brillantez. Hay dimensiones de la naturaleza que sólo somos capaces de ver cuando el arte las crea o, dicho de otro modo, cuando nos enseña a mirarlas. Wilde ponía el ejemplo de las puestas de sol. Hasta que un pintor genial no nos mostró su belleza, no fuimos capaces de pasmarnos ante un horizonte encendido de malvas. Pondré otro ejemplo menos mayestático: Miguel d’Ors describe a las avispas como “esos tigres condensados”. Desde que lo leí, cuando una revolotea a alrededor, no dejo de sentir el peligro de oro de los grandes felinos. Prefiero que no me pique, claro, pero en cualquier caso la veo con ojos traspuestos de aventura y exotismo.

Sin el genio y las gotas de ironía esteticista del irlandés, algunos se han tomado su teoría al pie de la letra y han puesto al artista al nivel del Creador. Su orgullo ha acabado siendo, en vez de atraer a los pájaros, espantarlos (véanse, como muestra, algunos de los últimos espantapájaros, quiero decir, esculturas de ARCO). Pero si le quitamos algo de hierro y las mayúsculas y la compaginamos con la teoría clásica, hay que reconocer a las ideas de Wilde su parte de verdad.

Lo que yo me pregunto ahora es si la naturaleza imitará también a la ciencia, porque ha sido saltar el escándalo del Climagate, que pone muy en cuestión los fundamentos y los métodos científicos del calentamiento global, y ha empezado a hacer un frío intenso e interminable. Hasta la población de osos polares, con la pena que nos han dado los osos, resulta que hoy por hoy está cerca de su máximo histórico. Qué alegría.

viernes, 12 de febrero de 2010

Juego de manos

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No he degustado los platos de El Bulli, pero me ha encantado que Ferran Adrià haya puesto sobre el tapete (o mantel) el dulce asunto del año sabático. De entrante, dejémoslo claro : soy muy partidario. Y por las mismas razones que el cocinero: pararse es esencial para llegar a algún sitio, y el silencio y la reflexión son ingredientes básicos de la creatividad.

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Aunque sólo los más afortunados (en todos los sentidos) pueden permitirse un año sabático, yo no me resigno al círculo vicioso de la actividad frenética. El tiempo nos tiene agarrados por la muñeca, pero podemos soltarnos por el instante. Estos son mis trucos o juegos de manos o de manecillas contra el reloj.

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Para empezar, contra el estrés en uno mi método es tres en uno. Cada cosa que uno hace debe ser triple. Este artículo, sin ir más lejos, es el cumplimiento de un compromiso profesional, y una reflexión sobre algo que me afecta personalmente, y quisiera, además de hacerlo bien, hacer bien haciéndolo.

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Tengo mucha fe en la escritura. Escribir un párrafo decente lleva, uf, un tiempo considerable, pero más tarde esos dos minutos que dedica cada uno de ustedes a leerlo se van sumando hasta que la balanza se equilibra, y me siento compensado. A partir de ahí, cada lector me regala el tiempo en que me lee. Por esa transfusión de vida extra se dice, no de manera exacta, pero sí bastante aproximada y salvando las distancias, que Virgilio es inmortal.

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Y viceversa: leemos en dos minutos lo que a un autor le llevó horas o días o años pensar. Es tiempo comprimido. Y de paso, cuando el libro es antiguo, su salto de siglos se trae arena (del reloj de arena) en los bolsillos.

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Fuera de la biblioteca es fundamental aprovechar a fondo cada domingo, el día clave. Juntando uno tras otro, cada siete años disfrutamos de un año dominical, que, bien mirado, es más aún que uno sabático. Y por último, lo más importante: el gran secreto sabático es la oración, un pozo sin fondo que da a la eternidad. El mejor juego de manos es unirlas en oración. El tiempo en que nos paramos a rezar es un más allá del tiempo. El año sabático no es imprescindible.

miércoles, 10 de febrero de 2010

Lo más visto

Prácticamente todos los periódicos traen en sus ediciones digitales una ventanita con el escalafón de “Lo más leído” o “Lo más visto”. Y efectivamente es para verlo… y no creérselo. Qué contraste con las noticias principales que campan con letras enormes como gritos. Los medios resaltan muy responsablemente sus informaciones más graves, pero los lectores casi siempre se abalanzan a buscar las más frívolas y anecdóticas con una impresionante preferencia por las cosas del corazón, los sucesos truculentos y las minucias deportivas. La bolsa se hunde, el paro se dispara, Irán enriquece uranio, y las noticias más vistas son el perfil de Emmanuelle Chiriqui, al que le echo —clic— un ojo, algo que no huele nada bien en la nariz de Belén Esteban, que miro por encima del hombro, arrugando la nariz (la mía), y no sé qué pase o pose de Beckham, del que paso.

Esto lo explica la sociología con la pirámide de necesidades o intereses. Los asuntos más básicos atraen a todos —véase Emmanuelle Chiriqui, para andar sobre seguro—. Pero a medida que vamos abandonando estos niveles elementales, parte del público no despega y los demás lo hacen especializándose sin remedio. Mientras que todos tenemos cierto interés por lo simple, las noticias más complejas sólo llegan a un público reducido y segmentado.

La explicación es impecable y nos calma, pero sus consecuencias son implacables y nos inquietan. Teniendo en cuenta que el mercado busca (últimamente con más ansia, si cabe) el mayor número posible de clientes y que la popularidad, además, se retroalimenta, hay en la fuerza de gravedad de lo frívolo un elemento de atracción irresistible para los publicistas, los estrategas de la comunicación y, ay, los políticos, que viven en campaña continúa. Cuando se persigue el éxito masivo, la presión hacia abajo resulta aplastante.

Lo he comprobado en mis propias carnes. Titulé un artículo “Top-less” y tuve muchísimos lectores. Señores muy venerables cruzaban la calle de un salto para decirme que me habían leído con mucho gusto. Un clamor como aquel yo no lo he vuelto a despertar. Sin embargo, como no pienso concentrarme en los top-lesses, la solución para uno es fácil: paciencia y barajar, que éste es mi oficio, como se dice en El Quijote y se repetía un resignado Luis Rosales (del que este año celebramos, dicho sea de paso, el centenario, por si le interesa a alguno). La solución general pasa por no valorar sólo el número, sino conjugarlo con criterios de mérito e importancia. Parece una cuestión minúscula, pero armonizar lo vertical y lo horizontal es uno de los grandes temas de nuestro tiempo.

viernes, 18 de diciembre de 2009

Pobre progresismo

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El progreso va para atrás, como los cangrejos. Es verdad que todavía tiene tirón como tópico en los discursos de la izquierda… y de la derecha. Pero con los índices de criminalidad creciendo, con la contaminación medioambiental, con la vida moderna, que según Mafalda tiene más de moderna que de vida, con los soponcios macroeconómicos, ¿quién cree de verdad hoy en un futuro idílico?

De hecho, los autodenominados progresistas hacen todo lo posible para dinamitar el sueño. Para ellos, progreso es aborto libre, eutanasia activa, divorcio exprés, relativismo absoluto, el dogma de lo políticamente correcto, adoctrinamiento educativo, y cosas por el estilo, más o menos discutibles, si nos dejan, pero indudablemente tristes. Ya puestos a ser los adalides de la utopía, bien podían defender la vida de todos, los matrimonios felices y perdices, la fantasía al poder, la libertad de las escuelas y la realísima gana. Sería más excitante. Tal y como está, el programa progresista es deprimente.

Uno podría sentarse un rato a la puerta, como el sabio chino del proverbio, a ver pasar el cadáver del progresismo camino del cementerio de las ideologías. Sus partidarios, desde luego, arriman el hombro con compulsión suicida. Y, sin embargo, uno está dispuesto a echar su cuarto a espadas y proteger al progreso. Protegerlo, más que nada, de sus partidarios. Chesterton decía que la sociedad en realidad no mejora invariablemente ni se hunde sin remisión, sino que se mueve montada en un balancín, que a veces avanza y a veces retrocede, según en qué aspectos.

Y no negaremos nosotros nunca que en algunas cosas hemos mejorado. En este punto, recuerdo emocionado a Chéjov, que escribió en una de sus cartas: “Desde que era niño creo en el progreso, y no puedo no creer, pues era horrible la diferencia entre la época en que me azotaban y aquella en que me dejaron de azotar”. Lo curioso es que enseguida, en otra carta, escribe perplejo: “Una vez fuimos muy liberales, pero a mí, no sé por qué, me consideran conservador”. Con lo inteligente que era el ruso, qué extraño que se extrañara. Si para él progreso era dejar de pegar a los niños (en vez de cargárselos antes de nacer), ¿cómo quería que no lo considerasen conservador, y hasta teocon?

Al final, para entender el progreso, no nos queda más remedio que plantearnos en relación a qué valores la sociedad avanza o retrocede. Quien lo tuvo claro fue Baudelaire, que estableció su teoría de la verdadera civilización: “No está en el gas, ni en el vapor, ni en las mesas giratorias. Está en la disminución de las huellas del pecado original”. Ese progreso es el único por el que, visto lo visto en el siglo XX, merece la pena luchar en el XXI, y habrá que hacerlo. Uf, los conservadores, no paramos ni un minuto: tenemos que defenderlo todo. Hasta el progreso.

martes, 10 de noviembre de 2009

Elogio del esnobismo

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Supuestamente snob viene de s. nob., abreviatura de sine nobilitate que se ponía debajo del nombre de quienes no tenían ni un mísero título nobiliario. Carencia que compensaban con la exagerada exquisitez y la obsesión por los apellidos ilustres que el término esnobismo supone. Eso según la etimología, porque, frente al signo de los tiempos, el esnobismo se ha convertido en un heroísmo y en una nobleza necesaria. Y más si le sumamos el esnobismo artístico, que es lo mismo traspasado al campo de las Bellas Artes y del pensamiento.

Entre los indicios más evidentes de la inversión de valores actual están la generalizada aspiración a lo peor y un gusto por lo chabacano que es, entre otras cosas, una redundancia. Según la insuperable definición de Julián Marías, lo chabacano es la ordinariez satisfecha de sí misma, o sea, que el gusto por lo chabacano implica una doble (e inexplicable) complacencia.

Desde los adolescentes que sacan buenas notas y disimulan y se visten de malotes para pasar desapercibidos hasta los aristócratas que se resisten a usar sus títulos, aquí la gente se avergüenza de cualquier excelencia. En este sentido, aunque él por razones obvias no puede ser un esnob, resulta doblemente ejemplar Santiago de Mora-Figueroa, que firma sus excelentes libros y artículos como Marqués de Tamarón.

Esa moda del disimulo podría parecer una simpática muestra de humildad, pero, cuidado: no es igual inclinar la cabeza que descabezarse. Una sociedad que voluntariamente se decapita en lo social y sobre todo en lo artístico y en lo intelectual acaba corriendo como un pollo sin cabeza, como es natural. Por eso hay que proteger a los esnobs que quedan, especie en peligro de extinción. Ellos aún aspiran a lo mejor. Son los que defienden contra viento y marea la jerarquía de valores o al menos, para no exagerar, el concepto básico de que existe una jerarquía.

J. S. Lec hablaba de alguien tan esnob que soñaba con unas tarjetas de visita en la que en vez de “Vizconde de Fulano” o “Doctor Fulano” pusiera “San Fulano de Cual”. Descontando la broma, me parece estupendo. Si postularse a santo tiene un punto de esnobismo, bienvenido sea, con tal de que acabemos siendo un poco mejores o, incluso, buenos.

Y se podría soñar con una tarjeta de visita multiusos, con varios esnobismos superpuestos: el social, el cultural, el ascético. ¿Por qué no? Ortega y Gasset propuso que hiciéramos de la vida una aspiración a no renunciar a nada. Claro que él era un esnob recalcitrante, venga con sus elites para arriba y para abajo. Sus compañeros de generación Eugenio d’Ors y Juan Ramón Jiménez tampoco fueron mancos: el primero hablaba de una caballería intelectual y el segundo, con más sobriedad, de una aristocracia de intemperie. Los tres realizaron obras cimeras y eso que hemos salido ganando todos. Ahora más esnobismo en España nos hace falta como el comer.