domingo, 6 de septiembre de 2009

Del tururú y la tarara

Como decíamos ayer, el Estatut es el “Borriquito como tú, tururú, yo [nacionalista] soy más que tú” de Peret; pero esa rumba, si el Tribunal Constitucional se decide por fin a dar el zapatazo, será la canción del otoño. La canción del verano ha sido la tarara, sí, la tarara, no. La ha entonado el Gobierno a varias voces a cuenta de la subida (sí, no) de los impuestos y de la ayuda (no, sí) de los 420 €.

No cuadran las cuentas económicas. Las medidas anti-crisis salieron carísimas, mientras que los impuestos entraban en barrena, arrastrados por el PIB. Para arreglar el déficit un poco, al Gobierno se le ha ocurrido rascarse mucho… nuestros bolsillos. Pero entonces no salen las cuentas electorales. El momento de pagar es conocido como la hora de retratarse y le rodea un halo trágico. Las clases medias, que son las que hacen ganar (y perder) las elecciones, llevarían regular que los paganos del festival de medidas efectistas, que no efectivas, fuesen ellos. Al humor negro de ayer de El Roto sólo le verían lo negro: “Mientras el botín de la crisis permanecía oculto en los paraísos fiscales, las autoridades lo buscaban en los bolsillos de los contribuyentes”. Eso frena al Gobierno por ahora.

Los callejones sin salida tienen salida: meter marcha atrás. Pero Zapatero, progresista a machamartillo, se resiste. Todo hace temer que tarareando la tarara esté entreteniéndonos, mientras titubea sobre qué hacer con las cuentas, que están tiritando. Y como cree que no le queda más remedio que acelerar, al final tirará a sus querencias, que son el gasto y la demagogia.

O sea, que cuando acabe la tarara de las rectificaciones rectificadas, y nos suban los impuestos, Zapatero echará mano de sus maracas: los discursos sentimentales. Nos susurrará que los parados lo están pasando muy mal (verdad), que nuestro deber es ayudarlos (verdad) y que no queda más remedio que subir los impuestos (mentira) a los ricos (mentira, que las SICAVS no se tocan).

Más impuestos supone gravar la productividad y la iniciativa privada. Además, por si fuera poco, se sustrae liquidez de las familias, que dejan de consumir. O lo que es lo mismo, las empresas dejan de vender y, por lo tanto, hay menos trabajo, y más paro. Más paro implica más gasto social para el Estado, que tiene que subir otra vez los impuestos. Y vuelta a empezar.

La única solución a medio plazo es la marcha atrás. Mirar con sentido crítico al sector público, y reducir gastos. Los políticos oyen “reducir gastos” y enseguida se les ocurre congelar el sueldo a los funcionarios, pero podrían, para no variar, mirarse al ombligo. ¡Cuánto se puede ahorrar en coches oficiales, sueldos estratosféricos, huestes de asesores, retiros dorados, duplicación de administraciones, subvenciones a los sindicatos, al cine, a las televisiones! Conviene reconducir ese dineral imponente a lo importante. Pasar del tururú y de la tarara a la tijera.

domingo, 30 de agosto de 2009

Un sufrimiento tremendo

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Lo que me pide el cuerpo es otro artículo lamentando el fin de las vacaciones, pero ya llevo una semana y media de elegías y plantos, y mejor buscar aires frescos. Abro los periódicos en busca de inspiración, que no sé que es más raro, si eso, o la esperanza de que la actualidad venga en mi ayuda.

Entre los cascotes del derrumbe de nuestra economía, aparece Zapatero sonriente y bronceado, aconsejando a todo el que pueda que veranee en Lanzarote. Ah. Lo malo es que no puedo, pero gracias por el aviso. Da gusto ver al hombre hablando de lo que sabe. Se le nota un empaque que ya quisiéramos para cuando diserta sobre economía. Suspirando, paso página.

Veo que Saramago amaga con una nueva novela, titulada Caín, en la que descubre que el culpable intelectual del asesinato de Abel fue Dios, porque no apreció suficientemente los sacrificios del pobre Caín, ea. Parece una novela con trasfondo autobiográfico. ¿Apreciará Dios las novelas de Saramago? Además, justifica que si yo tampoco aprecio suficientemente los libros de Saramago, sus seguidores pueden darme una paliza. La culpa sería mía. Paso página, espantado.

Y, por fin, encuentro lo que estaba buscando: ¡el premio más gordo de la lotería de Italia, 148 millones de euros! Y sobre todo las declaraciones anónimas del misterioso ganador, presuntamente de Bagnone, un pueblecito de 2.000 habitantes: “Acostumbrado a vivir de mi trabajo, feo y mal pagado, no sé lo que es ser rico. Y tengo miedo. Miedo de ser descubierto. Todos por aquí piden ayudas, casas. Tengo un sufrimiento interior tremendo y también un sentimiento de culpa dentro. ¿Por qué yo?” Quién lo pillara, amigo, ese sufrimiento interior tremendo.

Para empezar, me pongo manos a las musarañas y me imagino dueño de esos desgarradores millones. Pensar qué haría uno con ellos es uno de los ejercicios mentales más sanos que existen. Lo recomiendo vivamente. Aclara nuestra escala de valores. Por ejemplo, yo no creo que me fuese a Lanzarote. Si yo fuese rico, tralará, dedicaría mis mañanas a los estudios nobles, ora de la Divina Comedia, ora del Quijote, ora de Shakespeare, y siempre de las Epístolas Paulinas, y nunca de Saramago. Por las tardes, compondría, entre paseo y paseo, odas a la vida retirada, qué descansada vida, la senda por la que han ido los pocos sabios que en el mundo han sido y todo eso.

Ni mi trabajo de profe ni mis tardes estresadas, entre artículos urgentes y retrasadas críticas literarias, tienen mucha pinta de ser trascendentales, pero pensándolo fríamente puede que sean más útiles a la sociedad (un poco) que esos lánguidos placeres hipotéticos míos de millonario empeñado en el automecenazgo. Quitando situaciones personales desesperadas, la mayoría estamos muy bien en donde estamos, aunque nos quejemos, como es lógico. El italiano tal vez tenga tanta razón como gracia, y una millonada, a la larga, sea una tragedia gordísima. Lo suyo sería, para salir de dudas, comprobarlo en carne propia.
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domingo, 23 de agosto de 2009

El aire se ennegrece

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A partir de este domingo, las noches se nos echan encima. Las tardes eternas y deslumbrantes de julio empiezan a formar parte de la nostalgia de otro verano que se queda a la espalda. Ya venían acortándose los días, pero no nos habíamos dado cuenta hasta ahora. El tiempo, que sabe pasar al principio imperceptiblemente, nos acaba cogiendo por sorpresa. “L’aria s’imbruna”, escribió Giacomo Leopardi con esa sonoridad intraducible del italiano: se ennegrece el aire, y eso es lo que, para nuestro asombro y melancolía, ocurre a partir de finales de agosto cada tarde, y cada tarde, antes.

Y más negro que se va a poner el aire, no sólo por las largas noches de noviembre y diciembre y enero, sino por el ambiente general. Hay un dato pequeño, pero significativo, que no debemos pasar por alto: la moda de la novela negra. Cuando preguntan a los famosos, a los políticos y a los periodistas qué han estado leyendo durante las vacaciones, se da uno cuenta del éxito apabullante de la novela negra, que roza la categoría de fenómeno de masas. Hay de todo, desde la explosión del bidón de gasolina con esa chica anexa a la que le gustaba encender cerillas hasta las indispensables —dicen— novelas del siciliano Leonardo Sciascia. De todo, pero todo negro.

Resulta desasosegante esta monomanía monocromática por lo criminal, lo sórdido y lo oculto si tenemos en cuenta que “somos lo que leemos”, según Luis Alberto de Cuenca, o que “leemos lo que somos”, como le matiza Julio Martínez Mesanza. Para el caso que nos ocupa, las dos teorías forman un solo círculo vicioso. Se llega al extremo de que escritores tan polifacéticos y profundos como Dorothy L. Sayers y G. K. Chesterton sean conocidos por sus personajes detectivescos Lord Wensley y el padre Brown, y apenas por nada más.

Mirando alrededor, no les falta razón ni a De Cuenca ni a Martínez Mesanza. Seríamos de otra manera si leyésemos más novelas románticas. O más filosofía, o más historia. Pero no, y España va cogiendo un aire de novela negra que mete miedo. Se habla mucho de la judicialización de la vida pública, pero en realidad, la vida pública “s’imbruna”. Tenemos intrigas, conspiraciones, traiciones, tramas ocultas, reales o supuestas, políticos esposados, el caso Gürtel, filtraciones anónimas a la prensa, denuncias por escuchas ilegales, exhumación de cadáveres de la guerra civil, doce sombras sin piedad, perdón, sin prisa, en el Tribunal Constitucional, encarnizadas luchas por el poder mediático, etc. Y el caso del 11-M, que sigue latente, con tantas zonas tenebrosas por aclarar.

Esta semana se la toma agosto para ir cerrando el chiringuito. El aire se ennegrece para ponerse a tono con unas vacaciones que se extinguen, pero también, quizá, como un adelanto del otoño que nos espera. (Yo, sin embargo, como me he pasado el verano leyendo las comedias de Shakespeare, le pongo al mal tiempo buena cara.)
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viernes, 31 de julio de 2009

Veranee en el Infierno

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Están de moda los destinos exóticos de vacaciones, pero la crisis no permite excesivas virguerías. O al menos, eso cree el común de los mortales, porque en realidad la crisis es una ocasión inmejorable para pegarse un viaje al Más Allá. Mi consejo es que este verano lean la Divina Comedia: por el módico precio de un libro, que puede ser de bolsillo, en 100 cómodos cantos, viajarán por el Infierno, el Purgatorio y el Paraíso. Ríanse ustedes de Cancún o de Birmania (que es, curiosamente, donde se ha ido mi cuñado).

Dante no ganó el Nobel, entre otras cosas porque nació 636 años antes que el célebre premio, pero es quizá el único poeta al que se le ha dedicado una encíclica: In praeclara, de Benedicto XV, que es un premio bastante mayor. Mi mujer me pregunta con frecuencia por qué compro tantos libros si estoy siempre releyendo la Divina Comedia. Pues porque siempre se le descubren últimas novedades.

Ahora estoy entusiasmado con la siguiente hipótesis. Como se sabe, Dante, en su paso por el Infierno, continuamente se apiada de los condenados. Según Borges, esto es una argucia literaria para dar más verosimilitud a la obra: los condenados lo estarían por Dios, y no colocados allí por el autor, que se enmascara en su lástima. Pienso que el motivo es aún más sutil y mucho más teológico. En el Infierno, Dante es el único cristiano: lo guía Virgilio, que como se repite constantemente no tuvo la suerte de conocer a Cristo. Esa compasión que siente Dante, y que Virgilio le afea en varias ocasiones, es, en realidad, un reflejo de la misericordia de Cristo, que llega incluso a las profundidades infernales.

Que Virgilio representa el mundo precristiano está claro, además, por la insistencia con que llama la atención de Dante sobre personajes ilustres de la Antigüedad. Hay momentos en los que Virgilio parece fastidiado de tanto florentino. Igual que El Quijote, la Comedia es la historia de una amistad, de una larga conversación, y compensa oír sus acentos y matices.

Cuando ustedes regresen de sus vacaciones y los compañeros de trabajo les pregunten dónde han estado, imaginen la impresión que les causarán si responden: “En el Infierno, en el Purgatorio y, al final, en el Paraíso”. El Infierno, sobre todo, tenemos un enorme interés en conocerlo ahora y sólo a través de la literatura. Después queremos evitarlo a toda costa.

jueves, 16 de julio de 2009

Las armas y las letras

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Me cuenta un profesor de literatura de instituto, que eso sí que son armas, sobre todo, y letras, que sus alumnos se pasman ante el hecho de que Garcilaso fuese poeta y militar. No se les ocurren, a las criaturas, dos profesiones más antagónicas. Tienen asegurado, al menos, el pasmo continuo, pues de Alfonso X abajo no se libran los mejores: Jorge Manrique, el capitán Aldana, nada menos que Cervantes, Lope de Vega, Cadalso, entre tantos, por no hacer un ejercicio de memoria histórica y recordar cómo en ambos bandos de la guerra civil se hizo buena (y mala, pero sólo importa la buena) poesía.

Carlyle dejó claro que es todo lo contrario de lo que se piensan los alumnos de mi amigo. Sólo hay tres cosas serias que ser en la vida: sacerdote, guerrero y poeta. Lo demás son formas más o menos honradas de ganarse el pan. Antes de que los ingenieros (tan satisfechos, en general, de haberse conocido) protesten, les diré que, gracias al bautismo, los cristianos tenemos vocación de sacerdote, de rey o de milites christi y de profeta. O sea, que todos tan contentos, y a trabajar.

Lo que no quita para que uno, poeta strictu sensu, sienta, descontando desde luego un profundo agradecimiento a los sacerdotes, una querencia solidaria con los militares de vocación y de profesión. En estos últimos meses, esa querencia está en el cuerno de África, luchando contra la piratería.

Aprovechando que Miguel Aranguren habló en Alba de mi blog “Rayos y truenos”, contaré que uno de sus visitantes es un antiguo superior mío de la mili. No sé qué graduación tendrá ya, pero cuando yo estaba a sus órdenes era sargento. Contra lo que quiere el tópico, no gritaba, sino que me buscaba por los rincones de la Base Naval de Rota para charlar de amena literatura. Me ayudó a corregir las pruebas de mi primer libro. El otro día entró en el blog desde Somalia y se felicitaba por haber podido hacerlo. No creo que sepa la alegría que me daba y el honor.

Mi otro amigo allí es un mando. Hablé con él antes de su marcha y puse todo mi empeño en convencerle de que llevase un diario de su misión. Un diario personal, sin revelar datos ni rebajarse al cotilleo, sino a lo Jünger, contando sus vivencias. La piratería tiene tal tradición literaria y él es tan listo que, si lo escribe, será delicioso. Nos vendría muy bien un ejemplo más, muy siglo XXI, de la buena y vieja y eterna relación entre las armas y las letras.
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domingo, 12 de julio de 2009

Sobre corrupción

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Por un tic automático y televisivo, asociamos la palabra "corrupción" con "Miami", como si no tuviéramos lo nuestro aquí. Como entre amigos se perdona todo, os confesaré
que una primera versión del artículo se tituló "Corrupción en mí a mí", pero me arrepentí a tiempo de la paronomasia, y preferí un sencillo doble sentido: "Sobre corrupción".
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martes, 7 de julio de 2009

Pelotitas y pelotazos

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En la playa, aunque están prohibidas, abundan las pelotitas de fútbol. Son una plaga. No hay nada más molesto, como usted sabe, y, si aún no lo sabe, lo comprobará en cuanto le den las vacaciones, que estar tomando el sol sobre la arena cercado de personas que corretean, saltan, se empujan, caen, gritan y, sobre todo, chutan con fuerza pero precisión escasa. Como yo no estoy muy moreno, soy un blanco perfecto.

He dejado, qué remedio, de leer y me he puesto a vigilar detenida, preventivamente a los futbolistas de la orilla. Me ha llamado la atención lo talluditos que son. No tienen edad para esta fiebre balompédica aguda. En nuestra sociedad hay una epidemia de juvenilización, lindando con el infantilismo, que en la playa salta a la vista. Todos (y todas) visten (o se desvisten) y se tatúan como si fuesen estilizados adolescentes, aunque no. Y ellos van con su baloncito, tan contentos, a corretear por la orilla y a dar toques, dicen. Por supuesto, nadie lee, y me parece que tampoco leería mucha gente aunque nos dejasen hacerlo los enérgicos jugadores.

Hay en el fútbol —reflexiono— una renuncia antinatural que tiene el valor de un símbolo. La inteligencia invita a sujetar el esférico con las manos y dejar los pies para andar o, en casos extremos, para correr; la inteligencia o el simple sentido común. Pero el fútbol se centra en las extremidades inferiores. ¿Ven la simbología?