domingo, 12 de julio de 2009

Sobre corrupción

-
Por un tic automático y televisivo, asociamos la palabra "corrupción" con "Miami", como si no tuviéramos lo nuestro aquí. Como entre amigos se perdona todo, os confesaré
que una primera versión del artículo se tituló "Corrupción en mí a mí", pero me arrepentí a tiempo de la paronomasia, y preferí un sencillo doble sentido: "Sobre corrupción".
,

martes, 7 de julio de 2009

Pelotitas y pelotazos

-
En la playa, aunque están prohibidas, abundan las pelotitas de fútbol. Son una plaga. No hay nada más molesto, como usted sabe, y, si aún no lo sabe, lo comprobará en cuanto le den las vacaciones, que estar tomando el sol sobre la arena cercado de personas que corretean, saltan, se empujan, caen, gritan y, sobre todo, chutan con fuerza pero precisión escasa. Como yo no estoy muy moreno, soy un blanco perfecto.

He dejado, qué remedio, de leer y me he puesto a vigilar detenida, preventivamente a los futbolistas de la orilla. Me ha llamado la atención lo talluditos que son. No tienen edad para esta fiebre balompédica aguda. En nuestra sociedad hay una epidemia de juvenilización, lindando con el infantilismo, que en la playa salta a la vista. Todos (y todas) visten (o se desvisten) y se tatúan como si fuesen estilizados adolescentes, aunque no. Y ellos van con su baloncito, tan contentos, a corretear por la orilla y a dar toques, dicen. Por supuesto, nadie lee, y me parece que tampoco leería mucha gente aunque nos dejasen hacerlo los enérgicos jugadores.

Hay en el fútbol —reflexiono— una renuncia antinatural que tiene el valor de un símbolo. La inteligencia invita a sujetar el esférico con las manos y dejar los pies para andar o, en casos extremos, para correr; la inteligencia o el simple sentido común. Pero el fútbol se centra en las extremidades inferiores. ¿Ven la simbología?

domingo, 5 de julio de 2009

Carmen López Llopis

,
Nació en Elche de casualidad, porque su padre —mi abuelo— estaba destinado allí. Enseguida se volvieron a Murcia, de donde se sintió siempre. Hija única, en todos los sentidos, de padres amantísimos, rodeada, además, de tías y de tíos solteros, tuvo una infancia muy alegre y un tanto mimada, hay que reconocerlo, aunque se lo merecía. Estudió con brillantez en el Colegio de Jesús-María.

Hubiese preferido hacer la carrera de Filosofía y Letras, pero su padre la empujó a la de Farmacia (eran otros tiempos), y ella se lo tomó con filosofía (y letras). Comenzó la carrera en Madrid, viviendo en casa de su tío el psiquiatra Bartolomé Llopis. Aquella era una casa de locos, no porque su tío pasara allí consulta, sino por sus numerosos hijos, súper cultos, hiper cosmopolitas y extravagantes. Hija única y niña de provincias, disfrutó mucho con sus primos madrileños. Y en cuanto pudo, escapó a Granada.

No hemos dicho que era muy guapa, pero lo era. Cuando llegó a Granada, el portuense Enrique García Máiquez, entre otros, le echó el ojo. Comentándolo con sus compañeros de Colegio Mayor, fue respondido: “Más quisiera el gato/ lamer el plato”. Sin embargo, aquello le salió bien y se hicieron novios. El estupor de su hazaña no se le quitó a Enrique García Máiquez en 41 años de matrimonio.

Tras dos años en Sevilla, se instalaron para siempre en el Puerto. La cosa tuvo su ironía, porque quince años antes, en un viaje por Andalucía con sus padres, Carmen había preferido pasar la mañana leyendo en la playa de Cádiz a ir de excursión al Puerto de Santa María. A la vuelta, mis abuelos le recriminaron su decisión, diciéndole, literalmente: “Es un pueblo precioso, hija, y ya no lo conocerás nunca”.

Desde el Puerto, volvía a Murcia a tener sus hijos, cuatro, al abrigo de su madre. Por entonces se puso gravísima, con una leucemia letal. Los médicos perdieron toda esperanza, pero precisamente eso fue lo único que no perdieron ni ella ni mi padre ni sus amigos. Se curó. En el ínterin se hizo miembro del Opus Dei, demostrándose una vez más que no hay mal que por bien no venga. Reanudó su vida familiar, profesional —como boticaria y como ama de casa— y social. Tuvo siempre tiempo para todos, y cuando digo todos, es todos, empezando por Dios, eje de su vida, siguiendo por su marido, por mis hermanos y un servidor, y acabando por sus conversaciones inacabables con sus incansables amigas. No creo que ninguno se sintiera desatendido nunca. Cómo lo conseguía, no lo sé.

Sófocles sentenció que nadie puede considerarse feliz hasta su muerte. A pesar del profundo respeto que debemos sentir por Sófocles, se diría que Carmen fue feliz desde muchísimo antes. Enferma otra vez de cáncer, murió de camino al hospital, cuando pasaba justo por Elche. Habrá quien vea en esto sólo una curiosa coincidencia, aunque a uno más bien le parece el símbolo de una vida redonda, perfecta.

domingo, 21 de junio de 2009

Valle de lágrimas

.
La gente percibe a los que llaman católicos ortodoxos, entre los que (D. m.) me cuento, como monolitos graníticos de una pieza. En realidad, la fe es inabarcable y, por tanto, hay devociones y dogmas que nos tocan más de cerca y otros que nos pillan algo lejos, sin negarlos, pero sin vivirlos plenamente. A Eugenio d’Ors le chocaba que los cristianos no pidamos el milagro de la resurrección para nuestros difuntos, como si tras la muerte la omnipotencia de Dios perdiese fuelle. La resurrección, protestaba el catalán, es un milagro de honda raigambre evangélica: tenemos a la hija de Jairo, al hijo de la viuda de Naím y a Lázaro de Betania, por no hablar del mismo Jesucristo, que eso son palabras mayores (la Palabra). El protestante Carl Theodor Dreyer pensaba igual que d’Ors, tal y como vemos en Ordet, esa película vivificadora.

Ambos tienen razón en que se reza poco o, mejor dicho, nada por la resurrección milagrosa de nadie. Quizá se deba al argumento que Marta, la hermana de Lázaro, apunta en el Evangelio, cuando confiesa que cree en la resurrección, sí, pero en la del último día. Parece un trabajo inútil el de resucitar de pronto para morirse de nuevo cuando ya se resucitará para siempre en el valle de Josafat. Pero, a pesar de la contundencia del sentido común de Marta, Jesús resucita a Lázaro.

Más a ras de tierra, cuando me enseñaron a rezar la Salve, no fui un entusiasta de la expresión “valle de lágrimas”, que me resultaba retórica e ininteligible. Yo veía el mundo como un inagotable jardín de las delicias. Lo que me hace recordar una anécdota de mi infancia en la que puede que brillara el talento que ahora me busco con tanto afán. Llegó mi abuelo muy agobiado de sus negocios y se quejó:
—Qué lucha la vida…
A lo que yo, que tendría a la sazón seis o siete años, repuse:
—Pero qué lucha tan buena, ¿verdad, abuelo?

Esa visión edénica de la existencia, impermeable el sufrimiento, no era una originalidad mía. Una tía nuestra rezaba el rosario todas las tardes, pero nunca los misterios dolorosos, que le partían el alma. En aquella casa sólo se alternaban los gozosos con los gloriosos. De fondo está la incomprensión del misterio de la Cruz que debe de correr por la masa de mi sangre porque, como si no fuera bastante con mi valle de lágrimas, a mi sobrino, cuando tenía también seis o siete años, le suspendieron religión. Preguntado por el motivo, nos dijo:
—El profe de Formación Religiosa me preguntó por qué Jesús, mientras lo mataban en la cruz, murió perdonando y queriendo a todos.
—Y tú, ¿qué contestaste?
—Que no me lo explico.

Sin embargo, pasan los años y otras cosas y uno acaba dándose de frente con el misterio de la Cruz y convenciéndose al fin de que la Salve tenía toda la razón: esto es un valle de lágrimas. Lo cual, bien mirado, no deja de ser un motivo para esperar que esas otras promesas mucho más luminosas, que ahora nos pueden parecer extrañas o lejanas, también se irán revelando ciertas. Qué bien.
.

miércoles, 10 de junio de 2009

Cuestión de carácter

o
Paul Valéry pensaba que el lirismo es el desarrollo de una exclamación. Mi artículo de hoy sobre los resultados de las elecciones europeas del pasado domingo es el desarrollo de una expresión: "psé". Si no tuviera que escribir 2607 caracteres, que es lo más esclavo del columnismo, lo habría dejado así: "psé", en tres.

Yo ya me he explicado; y volviendo al lirismo, lo interesante de la definición de Valéry sería saber por qué hay que hacer ese desarrollo, y cuándo.
=


domingo, 7 de junio de 2009

Jornada de flexión

.
Hoy, que ustedes leen este artículo, es la jornada electoral; o medio electoral, porque la abstención ganará por mayoría. Hoy, que yo lo escribo, es sábado, jornada de reflexión, aunque sería mejor llamarla jornada de flexión. Literalmente, porque tendremos que hacer una flexión de abdominales, levantarnos del sofá y acercarnos, dando un paseito, al colegio electoral. Pero también en metáfora es la jornada de flexión: por primera vez en toda la campaña, habida cuenta de la poca reflexión que hemos ejercido hasta ahora —poca o ninguna—, como ya toca votar, habrá que pensar algo sobre el posible sentido de nuestro voto. No re-flexionaremos, flexionaremos, de golpe.

¿Qué ha ocurrido para que hayamos visto pasar por delante todas estas semanas de eslóganes y carteles sin fijarnos apenas y sin un solo estremecimiento de emoción? Bastantes cosas. Si algo ha conseguido dejar claro esta campaña es que lo de menos es Europa. El cabeza de lista del PP ha centrado su mensaje en que lo importante es echar al presidente Zapatero, o sea, un mensaje en clave interna. Y en el PSOE se han dedicado a lo que hacen mejor: a atacar al PP, sobre todo, a Aznar. El guión, por consabido, aburre a las ovejas.

Aunque, por otra parte, se les agradece la sinceridad o —no exageremos— la semi-sinceridad. Las políticas de Europa las deciden los gobiernos nacionales, no un estratosférico parlamento de Estrasburgo. Estas elecciones, por tanto, tienen una relevancia muy relativa, y eso sólo si somos muy voluntariosos y europeístas. De hecho, en el PP se las plantean todavía más en clave interna de lo que proclaman. Si Mayor Oreja logra evitar la derrota, se cerraría el debate sobre el liderazgo de Rajoy, tan discutido (¿recuerdan?) antes de que la victoria de Feijoo en las gallegas le abriese un paréntesis. En el PSOE se temen que un PP galopando sobre la crisis galopante y espoleado por una pequeña ventaja electoral pueda hacer una oposición más vigorosa. Y eso es todo, amigos.

Excepción hecha, por supuesto, de los candidatos, que si logran su puestecillo de eurodiputados cobrarán, entre salarios y dietas, unos 17.000 euros de media al mes. Normal que se les haya visto tan animosos y excitados en los mítines, en medio de la enorme indiferencia general. Y quizá por esa indiferencia general ellos habrán chillado aún más, por si llamaban un poco la atención. Puede que también para no dejar ni un decibelio libre ni un minuto en las noticias a los partidos chiquititos, que gracias a la circunscripción única tienen en las europeas la esperanza de sacar cabeza.

En fin, este es el panorama. Desde luego, muy emocionante no resulta, pero es lo que hay, para qué nos vamos a engañar. Como lo que piden los ritos cívicos y la retórica del día es que yo les anime a acudir a las urnas: vamos, ánimo. Hagan su flexión y estiren un rato las piernas. ¡Es la fiesta de la democracia!

lunes, 1 de junio de 2009

Traduttore, tradito

.
Entre que estaba de viaje y no estaba del todo contento con el artículo y dos o tres erratas y un error de sintaxis en la tercera frase por la cola, no enlacé ayer mi artículo dominical y, en este caso, pentecostal. Pero me avisan que lo han recogido en una página de traductores, y me hincho de orgullo.