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La gente percibe a los que llaman católicos ortodoxos, entre los que (D. m.) me cuento, como monolitos graníticos de una pieza. En realidad, la fe es inabarcable y, por tanto, hay devociones y dogmas que nos tocan más de cerca y otros que nos pillan algo lejos, sin negarlos, pero sin vivirlos plenamente. A Eugenio d’Ors le chocaba que los cristianos no pidamos el milagro de la resurrección para nuestros difuntos, como si tras la muerte la omnipotencia de Dios perdiese fuelle. La resurrección, protestaba el catalán, es un milagro de honda raigambre evangélica: tenemos a la hija de Jairo, al hijo de la viuda de Naím y a Lázaro de Betania, por no hablar del mismo Jesucristo, que eso son palabras mayores (la Palabra). El protestante Carl Theodor Dreyer pensaba igual que d’Ors, tal y como vemos en Ordet, esa película vivificadora.
Ambos tienen razón en que se reza poco o, mejor dicho, nada por la resurrección milagrosa de nadie. Quizá se deba al argumento que Marta, la hermana de Lázaro, apunta en el Evangelio, cuando confiesa que cree en la resurrección, sí, pero en la del último día. Parece un trabajo inútil el de resucitar de pronto para morirse de nuevo cuando ya se resucitará para siempre en el valle de Josafat. Pero, a pesar de la contundencia del sentido común de Marta, Jesús resucita a Lázaro.
Más a ras de tierra, cuando me enseñaron a rezar la Salve, no fui un entusiasta de la expresión “valle de lágrimas”, que me resultaba retórica e ininteligible. Yo veía el mundo como un inagotable jardín de las delicias. Lo que me hace recordar una anécdota de mi infancia en la que puede que brillara el talento que ahora me busco con tanto afán. Llegó mi abuelo muy agobiado de sus negocios y se quejó:
—Qué lucha la vida…
A lo que yo, que tendría a la sazón seis o siete años, repuse:
—Pero qué lucha tan buena, ¿verdad, abuelo?
Esa visión edénica de la existencia, impermeable el sufrimiento, no era una originalidad mía. Una tía nuestra rezaba el rosario todas las tardes, pero nunca los misterios dolorosos, que le partían el alma. En aquella casa sólo se alternaban los gozosos con los gloriosos. De fondo está la incomprensión del misterio de la Cruz que debe de correr por la masa de mi sangre porque, como si no fuera bastante con mi valle de lágrimas, a mi sobrino, cuando tenía también seis o siete años, le suspendieron religión. Preguntado por el motivo, nos dijo:
—El profe de Formación Religiosa me preguntó por qué Jesús, mientras lo mataban en la cruz, murió perdonando y queriendo a todos.
—Y tú, ¿qué contestaste?
—Que no me lo explico.
Sin embargo, pasan los años y otras cosas y uno acaba dándose de frente con el misterio de la Cruz y convenciéndose al fin de que la Salve tenía toda la razón: esto es un valle de lágrimas. Lo cual, bien mirado, no deja de ser un motivo para esperar que esas otras promesas mucho más luminosas, que ahora nos pueden parecer extrañas o lejanas, también se irán revelando ciertas. Qué bien.
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domingo, 21 de junio de 2009
miércoles, 10 de junio de 2009
Cuestión de carácter
o
Paul Valéry pensaba que el lirismo es el desarrollo de una exclamación. Mi artículo de hoy sobre los resultados de las elecciones europeas del pasado domingo es el desarrollo de una expresión: "psé". Si no tuviera que escribir 2607 caracteres, que es lo más esclavo del columnismo, lo habría dejado así: "psé", en tres.
Yo ya me he explicado; y volviendo al lirismo, lo interesante de la definición de Valéry sería saber por qué hay que hacer ese desarrollo, y cuándo.
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Paul Valéry pensaba que el lirismo es el desarrollo de una exclamación. Mi artículo de hoy sobre los resultados de las elecciones europeas del pasado domingo es el desarrollo de una expresión: "psé". Si no tuviera que escribir 2607 caracteres, que es lo más esclavo del columnismo, lo habría dejado así: "psé", en tres.
Yo ya me he explicado; y volviendo al lirismo, lo interesante de la definición de Valéry sería saber por qué hay que hacer ese desarrollo, y cuándo.
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domingo, 7 de junio de 2009
Jornada de flexión
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Hoy, que ustedes leen este artículo, es la jornada electoral; o medio electoral, porque la abstención ganará por mayoría. Hoy, que yo lo escribo, es sábado, jornada de reflexión, aunque sería mejor llamarla jornada de flexión. Literalmente, porque tendremos que hacer una flexión de abdominales, levantarnos del sofá y acercarnos, dando un paseito, al colegio electoral. Pero también en metáfora es la jornada de flexión: por primera vez en toda la campaña, habida cuenta de la poca reflexión que hemos ejercido hasta ahora —poca o ninguna—, como ya toca votar, habrá que pensar algo sobre el posible sentido de nuestro voto. No re-flexionaremos, flexionaremos, de golpe.
¿Qué ha ocurrido para que hayamos visto pasar por delante todas estas semanas de eslóganes y carteles sin fijarnos apenas y sin un solo estremecimiento de emoción? Bastantes cosas. Si algo ha conseguido dejar claro esta campaña es que lo de menos es Europa. El cabeza de lista del PP ha centrado su mensaje en que lo importante es echar al presidente Zapatero, o sea, un mensaje en clave interna. Y en el PSOE se han dedicado a lo que hacen mejor: a atacar al PP, sobre todo, a Aznar. El guión, por consabido, aburre a las ovejas.
Aunque, por otra parte, se les agradece la sinceridad o —no exageremos— la semi-sinceridad. Las políticas de Europa las deciden los gobiernos nacionales, no un estratosférico parlamento de Estrasburgo. Estas elecciones, por tanto, tienen una relevancia muy relativa, y eso sólo si somos muy voluntariosos y europeístas. De hecho, en el PP se las plantean todavía más en clave interna de lo que proclaman. Si Mayor Oreja logra evitar la derrota, se cerraría el debate sobre el liderazgo de Rajoy, tan discutido (¿recuerdan?) antes de que la victoria de Feijoo en las gallegas le abriese un paréntesis. En el PSOE se temen que un PP galopando sobre la crisis galopante y espoleado por una pequeña ventaja electoral pueda hacer una oposición más vigorosa. Y eso es todo, amigos.
Excepción hecha, por supuesto, de los candidatos, que si logran su puestecillo de eurodiputados cobrarán, entre salarios y dietas, unos 17.000 euros de media al mes. Normal que se les haya visto tan animosos y excitados en los mítines, en medio de la enorme indiferencia general. Y quizá por esa indiferencia general ellos habrán chillado aún más, por si llamaban un poco la atención. Puede que también para no dejar ni un decibelio libre ni un minuto en las noticias a los partidos chiquititos, que gracias a la circunscripción única tienen en las europeas la esperanza de sacar cabeza.
En fin, este es el panorama. Desde luego, muy emocionante no resulta, pero es lo que hay, para qué nos vamos a engañar. Como lo que piden los ritos cívicos y la retórica del día es que yo les anime a acudir a las urnas: vamos, ánimo. Hagan su flexión y estiren un rato las piernas. ¡Es la fiesta de la democracia!
Hoy, que ustedes leen este artículo, es la jornada electoral; o medio electoral, porque la abstención ganará por mayoría. Hoy, que yo lo escribo, es sábado, jornada de reflexión, aunque sería mejor llamarla jornada de flexión. Literalmente, porque tendremos que hacer una flexión de abdominales, levantarnos del sofá y acercarnos, dando un paseito, al colegio electoral. Pero también en metáfora es la jornada de flexión: por primera vez en toda la campaña, habida cuenta de la poca reflexión que hemos ejercido hasta ahora —poca o ninguna—, como ya toca votar, habrá que pensar algo sobre el posible sentido de nuestro voto. No re-flexionaremos, flexionaremos, de golpe.
¿Qué ha ocurrido para que hayamos visto pasar por delante todas estas semanas de eslóganes y carteles sin fijarnos apenas y sin un solo estremecimiento de emoción? Bastantes cosas. Si algo ha conseguido dejar claro esta campaña es que lo de menos es Europa. El cabeza de lista del PP ha centrado su mensaje en que lo importante es echar al presidente Zapatero, o sea, un mensaje en clave interna. Y en el PSOE se han dedicado a lo que hacen mejor: a atacar al PP, sobre todo, a Aznar. El guión, por consabido, aburre a las ovejas.
Aunque, por otra parte, se les agradece la sinceridad o —no exageremos— la semi-sinceridad. Las políticas de Europa las deciden los gobiernos nacionales, no un estratosférico parlamento de Estrasburgo. Estas elecciones, por tanto, tienen una relevancia muy relativa, y eso sólo si somos muy voluntariosos y europeístas. De hecho, en el PP se las plantean todavía más en clave interna de lo que proclaman. Si Mayor Oreja logra evitar la derrota, se cerraría el debate sobre el liderazgo de Rajoy, tan discutido (¿recuerdan?) antes de que la victoria de Feijoo en las gallegas le abriese un paréntesis. En el PSOE se temen que un PP galopando sobre la crisis galopante y espoleado por una pequeña ventaja electoral pueda hacer una oposición más vigorosa. Y eso es todo, amigos.
Excepción hecha, por supuesto, de los candidatos, que si logran su puestecillo de eurodiputados cobrarán, entre salarios y dietas, unos 17.000 euros de media al mes. Normal que se les haya visto tan animosos y excitados en los mítines, en medio de la enorme indiferencia general. Y quizá por esa indiferencia general ellos habrán chillado aún más, por si llamaban un poco la atención. Puede que también para no dejar ni un decibelio libre ni un minuto en las noticias a los partidos chiquititos, que gracias a la circunscripción única tienen en las europeas la esperanza de sacar cabeza.
En fin, este es el panorama. Desde luego, muy emocionante no resulta, pero es lo que hay, para qué nos vamos a engañar. Como lo que piden los ritos cívicos y la retórica del día es que yo les anime a acudir a las urnas: vamos, ánimo. Hagan su flexión y estiren un rato las piernas. ¡Es la fiesta de la democracia!
lunes, 1 de junio de 2009
Traduttore, tradito
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Entre que estaba de viaje y no estaba del todo contento con el artículo y dos o tres erratas y un error de sintaxis en la tercera frase por la cola, no enlacé ayer mi artículo dominical y, en este caso, pentecostal. Pero me avisan que lo han recogido en una página de traductores, y me hincho de orgullo.
Entre que estaba de viaje y no estaba del todo contento con el artículo y dos o tres erratas y un error de sintaxis en la tercera frase por la cola, no enlacé ayer mi artículo dominical y, en este caso, pentecostal. Pero me avisan que lo han recogido en una página de traductores, y me hincho de orgullo.
miércoles, 27 de mayo de 2009
B16 2.0
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Un amigo me anima a escribir un artículo sobre el Benedicto XVI, para defenderlo. El Papa sale a escándalo por viaje, me dice, escandalizado. Pero no creo yo que el Santo Padre necesite para nada mi defensa y tampoco estoy seguro de que a mi amigo le guste mucho este artículo.
Un amigo me anima a escribir un artículo sobre el Benedicto XVI, para defenderlo. El Papa sale a escándalo por viaje, me dice, escandalizado. Pero no creo yo que el Santo Padre necesite para nada mi defensa y tampoco estoy seguro de que a mi amigo le guste mucho este artículo.
domingo, 24 de mayo de 2009
¡Viva Bibiana!
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Lo natural sería que ustedes no recordaran un artículo mío titulado “Aúpa Aído”. Y además es lógico, porque no lo publiqué en este periódico, sino en uno de Madrid. Me parecía más gaditano y necesario defender a nuestra aligustre paisana en la capital. Mi artículo de entonces sostenía más o menos esto:
“A Bibiana Aído la están criticando mucho por lo de los miembros y las miembras. En realidad, habría que animarla. Lo suyo es un disparate, sí, pero digno de aplauso, un esperpento esperanzador, una catarsis, un tratamiento homeopático contra la tontería.
A mí toda la cursilería esta del lenguaje no sexista en plan ciudadanos y ciudadanas me conviene mucho, ojo, pues negándome a usarla doy a mis textos concisión y mordiente reaccionaria. Pero me preocupa que acabe afectando a los clásicos. Por ejemplo, Jesucristo, apiadándose de todos, dijo: “Bienaventurados los que lloran”. ¿Habrá ya quienes echen en falta un “Bienaventurados y bienaventuradas los que lloran y las que lloran”?
Esta confusión del género con el sexo se suele ridiculizar en privado, pero en cuanto cualquiera coge un micrófono, recae. La única solución es Bibiana Aído o la reductio ad absurdum. Tuvimos los jóvenes y las jóvenas. Y yo he escuchado a un inspector de educación exigirnos a los profesores y a las profesoras que cumpliésemos los requisitos y las requisitas. Pensé que eran las plusmarcas, pero ha venido Aído. Gracias a zelotes de la ideología de género como ella, estamos dando todos un respingo reparador, que buena falta nos hacía”.
Desde aquellos gloriosos momentos inaugurales de su carrera ministerial hemos seguido a la ministra Aído atentos, y ella no nos ha decepcionado. Cuánto tenemos que agradecerle. Al haber propuesto el aborto para menores sin consentimiento paterno, ha provocado un rechazo social de proporciones desconocidas. Por desgracia, a la gente no le preocupa lo que suceda con el feto del prójimo ni la ingeniería social en general, pero cuando amenazan a sus niñas, saltan como panteras. La píldora del día después sin receta y a todo quisqui, también a menores, está produciendo sarpullidos en la sociedad y hasta en el mismo PSOE.
Ahora, por último, la miembra que más valoro del Gobierno (y lo afirmo sin ironía) ha vuelto a echarnos una mano impagable a los que creemos que el aborto es el cáncer de nuestra democracia. Su tesis paranormal de que el embrión es un OVNI (organismo vivo no identificado) ha sido el hazmerreír de la comunidad científica y el estupor de la opinión pública. Cuanto más se metan con ella, más la defenderé yo: esta mujer está resucitando al movimiento pro-vida. El PP, en cambio, mientras aumentaba el número de abortos año tras año, se puso a mirar para otro lado, y nos adormiló a todos. Si alguna vez soy alcalde de mi pueblo (Dios no lo quiera), me comprometo a poner el nombre de la ministra Aído a una calle. Bibiana salva vidas.
Lo natural sería que ustedes no recordaran un artículo mío titulado “Aúpa Aído”. Y además es lógico, porque no lo publiqué en este periódico, sino en uno de Madrid. Me parecía más gaditano y necesario defender a nuestra aligustre paisana en la capital. Mi artículo de entonces sostenía más o menos esto:
“A Bibiana Aído la están criticando mucho por lo de los miembros y las miembras. En realidad, habría que animarla. Lo suyo es un disparate, sí, pero digno de aplauso, un esperpento esperanzador, una catarsis, un tratamiento homeopático contra la tontería.
A mí toda la cursilería esta del lenguaje no sexista en plan ciudadanos y ciudadanas me conviene mucho, ojo, pues negándome a usarla doy a mis textos concisión y mordiente reaccionaria. Pero me preocupa que acabe afectando a los clásicos. Por ejemplo, Jesucristo, apiadándose de todos, dijo: “Bienaventurados los que lloran”. ¿Habrá ya quienes echen en falta un “Bienaventurados y bienaventuradas los que lloran y las que lloran”?
Esta confusión del género con el sexo se suele ridiculizar en privado, pero en cuanto cualquiera coge un micrófono, recae. La única solución es Bibiana Aído o la reductio ad absurdum. Tuvimos los jóvenes y las jóvenas. Y yo he escuchado a un inspector de educación exigirnos a los profesores y a las profesoras que cumpliésemos los requisitos y las requisitas. Pensé que eran las plusmarcas, pero ha venido Aído. Gracias a zelotes de la ideología de género como ella, estamos dando todos un respingo reparador, que buena falta nos hacía”.
Desde aquellos gloriosos momentos inaugurales de su carrera ministerial hemos seguido a la ministra Aído atentos, y ella no nos ha decepcionado. Cuánto tenemos que agradecerle. Al haber propuesto el aborto para menores sin consentimiento paterno, ha provocado un rechazo social de proporciones desconocidas. Por desgracia, a la gente no le preocupa lo que suceda con el feto del prójimo ni la ingeniería social en general, pero cuando amenazan a sus niñas, saltan como panteras. La píldora del día después sin receta y a todo quisqui, también a menores, está produciendo sarpullidos en la sociedad y hasta en el mismo PSOE.
Ahora, por último, la miembra que más valoro del Gobierno (y lo afirmo sin ironía) ha vuelto a echarnos una mano impagable a los que creemos que el aborto es el cáncer de nuestra democracia. Su tesis paranormal de que el embrión es un OVNI (organismo vivo no identificado) ha sido el hazmerreír de la comunidad científica y el estupor de la opinión pública. Cuanto más se metan con ella, más la defenderé yo: esta mujer está resucitando al movimiento pro-vida. El PP, en cambio, mientras aumentaba el número de abortos año tras año, se puso a mirar para otro lado, y nos adormiló a todos. Si alguna vez soy alcalde de mi pueblo (Dios no lo quiera), me comprometo a poner el nombre de la ministra Aído a una calle. Bibiana salva vidas.
miércoles, 20 de mayo de 2009
Confesional
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El problema quizá insoluble del columnista católico es que acaba posando como un santo varón. Puede hacer, por supuesto, protestas de gran pecador, pero serán leídas como encomiables muestras de su humildad, y el resultado será peor porque parecerá mejor, esto es, un círculo vicioso.
Como remedio, una noche de insomnio se me ocurrió escribir un libro autobiográfico organizado en diez capítulos, uno por cada pecado de la famosa tabla. No contar todos mis pecados, no, que debía ser un librito breve, sino escoger uno significativo por cada mandamiento de la tabla. La estructura no sería original, lo confieso, pues estaría basada en El vaso de plata, el delicioso libro de memorias de Antoni Martí. Él lo organizó, con mejor sentido, en catorce capítulos, uno por cada obra de misericordia, las siete corporales y las siete espirituales.
Como el insomnio insistía insobornable, me puse a escoger qué contaría en cada capítulo. El resultado, como pueden imaginarse, era agridulce, entre el remordimiento y la ilusión que producen los libros soñados, antes de ponerse uno a escribirlos. Muy curiosamente había dos pecados para los que no encontraba una anécdota definitiva. El séptimo, porque no he robado nada, lo que bien pensado puede ser un síntoma de que siempre lo he tenido todo, uf. El otro pecado para el que no me encontraba ejemplo era tomar el nombre de Dios en vano. Esta vez fuese quizá porque no salgo de él, porque es un pecado profesional. Los columnistas católicos escribimos mucho de Dios, cuando Él preferiría, probablemente, que hablásemos más con Él.
Se ahondaba la noche y yo seguía enredando en mi proyecto. Podría llamarse Purgatorio y, en vez de irme encontrando en la cornisa de cada pecado a unos y a otros, como Dante, ir topándome conmigo mismo en la edad en que metí aquella pata o la otra. Al menos, nadie me echaría en cara que juzgaba a los prójimos, como se ha acusado a Dante.
Con los rayos del alba se hizo la luz, sin embargo. El poeta florentino había hilado más fino. Recrearse en los propios pecados no es cristiano y hasta esconde su dosis de soberbia. De hecho, es de soberbia del único pecado del que Dante —que no da puntada sin hilo— se acusa directamente. Lo cristiano es arrepentirse y estar contento. Confiar en que nuestros defectos saltan a la vista y, sobre todo, en la confesión sacramental. Y se acabó.
El problema quizá insoluble del columnista católico es que acaba posando como un santo varón. Puede hacer, por supuesto, protestas de gran pecador, pero serán leídas como encomiables muestras de su humildad, y el resultado será peor porque parecerá mejor, esto es, un círculo vicioso.
Como remedio, una noche de insomnio se me ocurrió escribir un libro autobiográfico organizado en diez capítulos, uno por cada pecado de la famosa tabla. No contar todos mis pecados, no, que debía ser un librito breve, sino escoger uno significativo por cada mandamiento de la tabla. La estructura no sería original, lo confieso, pues estaría basada en El vaso de plata, el delicioso libro de memorias de Antoni Martí. Él lo organizó, con mejor sentido, en catorce capítulos, uno por cada obra de misericordia, las siete corporales y las siete espirituales.
Como el insomnio insistía insobornable, me puse a escoger qué contaría en cada capítulo. El resultado, como pueden imaginarse, era agridulce, entre el remordimiento y la ilusión que producen los libros soñados, antes de ponerse uno a escribirlos. Muy curiosamente había dos pecados para los que no encontraba una anécdota definitiva. El séptimo, porque no he robado nada, lo que bien pensado puede ser un síntoma de que siempre lo he tenido todo, uf. El otro pecado para el que no me encontraba ejemplo era tomar el nombre de Dios en vano. Esta vez fuese quizá porque no salgo de él, porque es un pecado profesional. Los columnistas católicos escribimos mucho de Dios, cuando Él preferiría, probablemente, que hablásemos más con Él.
Se ahondaba la noche y yo seguía enredando en mi proyecto. Podría llamarse Purgatorio y, en vez de irme encontrando en la cornisa de cada pecado a unos y a otros, como Dante, ir topándome conmigo mismo en la edad en que metí aquella pata o la otra. Al menos, nadie me echaría en cara que juzgaba a los prójimos, como se ha acusado a Dante.
Con los rayos del alba se hizo la luz, sin embargo. El poeta florentino había hilado más fino. Recrearse en los propios pecados no es cristiano y hasta esconde su dosis de soberbia. De hecho, es de soberbia del único pecado del que Dante —que no da puntada sin hilo— se acusa directamente. Lo cristiano es arrepentirse y estar contento. Confiar en que nuestros defectos saltan a la vista y, sobre todo, en la confesión sacramental. Y se acabó.
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