miércoles, 25 de febrero de 2009

Hecho polvo

Las astenia me tiene hecho polvo, lo que me viene muy bien para el día de hoy. Y el comentarista colabora, Dios se lo pague.

domingo, 22 de febrero de 2009

Tosco sayal

Contra la tradición literaria y la liturgia, la primavera para mí empieza tristemente. Llevaba tres días arrastrándome por las aceras, sin comprender cómo podía afectarme tanto la caída de las Bolsas, hasta que, haciendo un esfuerzo ímprobo, levanté la vista al cielo y descubrí la primera golondrina. Mi corazón aleteó. Comprendí que estaba, simplemente, pasando la astenia primaveral de todos los años. Cogí fuerzas, miré alrededor y, sí, habían florecido ya las retamas, con esa flor blanca, diminuta, que huele a limpio.

¿Y qué tiene que ver la liturgia con todo esto?, preguntarán, escamados, los lectores laicos. Pues que a mí, queridos amigos, no sólo se me adelanta la primavera, sino también la Cuaresma. Llega el Carnaval y, mientras que ustedes y el resto de nuestros paisanos se divierten de lo lindo (o, para ser precisos, a lo bestia), yo me cubro la cabeza de ceniza y visto un humilde sayal.

No, no es un disfraz, sino una metáfora. De hecho, apenas me disfrazo, porque tengo de sobra con mi careto y con los tipos diversos que represento a fuerza de pluriempleo —y que no falten—. Tampoco me escandalizan los excesos de estas fiestas, no seáis mal pensados. En lo que respecta al exceso, ya es Carnaval todos los fines de semana, y uno tiene el cuerpo hecho al signo de los tiempos.

Lo de la ceniza y el tosco sayal no es voluntario. Oigo el concurso del Falla y recibo una cura de humildad, una terapia de choque. Los otros meses puede uno ir por la vida más o menos satisfecho de haberse conocido, pensando que de vez en cuando un juego de palabras le sale gracioso y que su crítica política tiene cierta punta. Pero llega febrero, ay, y asisto acomplejado a este derroche de sal, de mala uva sin hacer sangre, o haciendo sangre, pero sin que llegue al río, o llegando al río, pero sin alcanzar el mar, que es el morir, o desembocando en el mar, que es un pozo sin fondo de sal. En fin, que uno escucha la final del Falla boquiabierto, prácticamente boqueando, tratando de coger el aire (tirititrán-tran-trán) y aprender.

Para consolarme, reconozcamos que la realidad española colabora bastante más con los autores de chirigotas, comparsas, coros y cuartetos que con los columnistas de opinión. Se observa lo que pasa y entran ganas de ponerse a corear: “Esto es Carnaval; esto es Carnaval”. Eso si está uno de buen humor y no da en la melancolía. Miren el patio: el ministro de Justicia cazando sin licencia de la mano de un juez disfrazado de cazador; la economía tiritando; Magdalena en Siberia; el paro que no para; la Bolsa vacía y ciertos bolsillos llenándose...

Casi estoy deseando que pase pronto el Martes de Carnaval, a ver si despertásemos de este mundo al revés. Si no, por lo menos se acabarán las coplas y, mientras inclino la cabeza para que me impongan la ceniza, podré ir recuperando algo la autoestima y, quizá, un poco de vanidad, que anima mucho.
[No hay trampolínk porque en la página web del Diario han
colgado otra vez el artículo sobre las citas. O sea, que ahora
sí que sobre cito.]

La muerte y yo

La paradoja que, poniendo cara de aguda inteligencia, achacan a los católicos, esto es, que no condenamos absolutamente la pena de muerte en todos los casos y en cambio estamos contra el aborto y la eutanasia, es reversible. Ellos están contra la pena de muerte, pero a favor del aborto y la eutanasia. Por un lado, el nuestro, está claro que se trata de una cuestión de culpabilidad o inocencia, esto es, de estricta justicia. En el otro lado la paradoja es la misma, pero muchísimo más oscura e incomprensible.

Caben, desde luego, importantes matizaciones al primer párrafo. Las reservas del Catecismo de la Iglesia Católica a la aplicación de la pena de muerte son máximas. Además, la Iglesia intercede por la vida de los condenados a la pena de muerte. Las hemerotecas están llenas de las súplicas de los Papas en estos casos. Y todavía más: la inmensa mayoría de los cristianos están personalmente en contra de la pena capital. Por tanto, que la doctrina de la Iglesia, y yo con ella, no la condenemos en teoría como intrínsecamente ilegítima para determinados casos y con estrictas garantías se queda como un testimonio de honestidad intelectual. La Iglesia —y yo con ella— ha preferido arrostrar las incomprensiones del discurso de lo políticamente correcto, defender la verdad de las cosas e interceder luego en la práctica por la vida de los condenados.

También caben puntualizaciones en la parte oscura. ¿Protestan al menos con el mismo ímpetu contra las penas de muerte que se aplican en Estados Unidos que contra las de Cuba o Irán? Y conste que sólo les pido el mismo ardor.

A mí, sin embargo, me desconcierta mucho más otra paradoja. ¿Por qué somos los cristianos, que creemos en la vida eterna, los defensores a ultranza de la vida temporal? ¿No sería más propio nuestro lo del cuento aquel de Borges en que uno pregunta a otro si se mató y éste responde: “Pues francamente, no lo sé”? Quizá Chesterton explote esta paradoja en algún lugar de su obra inabarcable. Tomás Moro, que con gracia y coraje defendió su vida sin vocación ninguna de mártir, me daría una explicación tan atinada como divertida. Y algo dijo San Pablo de pasada. Pero mientras yo desentraño o no esta paradoja, la disfruto. ¡Viva la vida, ésta y la de más allá, la mía, la de ustedes, la de todos y la de siempre!

domingo, 8 de febrero de 2009

Fe (de erratas)

La primera es del periódico. Le han quitado las mayúsculas a la Virgen de la Cueva. Menos mal que yo se las pongo después, en el texto.

La segunda. Con las prisas, que fueron mías, psicológicas y, por tanto, tontas, me fié de mi memoria y transcribí mal los versos de Aquilino, que en realidad son:
Qué pena que no viniera
un diluvio universal
y se ahogara del alcalde
al último concejal.
Menos mal, a pesar del error, lo de mi mala memoria, pues una cosa es desear que la riada se lleve a Zapatero y otra que se nos ahogue el hombre. Distinto es a un hipotético concejal que a un señor, al fin y al cabo, de carne y hueso.

domingo, 1 de febrero de 2009

sábado, 31 de enero de 2009

El balcón de Beades

Lo normal es que usted no tenga ni la más remota idea de quién es Beades. Se trata de un poeta actual muy conocido y a un poeta actual muy conocido no lo conoce, como es lógico, casi nadie. Nada que ver con la fama de cualquier personaje secundario de una serie de televisión de éxito relativo. En cualquier caso, no se vayan. A los efectos de este artículo bastará con los datos de Beades que yo les iré facilitando.

Jesús Beades, que de ser un futbolista prácticamente estaría ya jubilado, es un poeta joven. Nació en Sevilla en 1978. Tiene, entre otras cosas, varios libros publicados, una guitarra, una colección de muñecos de la Guerra de las Galaxias, un indudable talento, barba a veces, varias cámaras de fotos, un blog llamado Di amigo y entra y un piso con un balcón.

No lo traigo a ALBA para a hacerle propaganda, ojo, pues hace tiempo que no publica. Lo traigo a cuenta de su balcón y de algo que me contó la última vez que nos vimos. Yo le celebré por todo lo alto las entradas de su blog en las que nos cuenta que se asoma a ese balcón suyo. Suele ilustrarlas con una foto crepuscular y cálida.

Me replicó que esas entradas del balcón eran las más aplaudidas por los internautas, pero que, curiosamente, eran las que menos trabajo le costaban a él. Cuando llevaba tiempo sin escribir en el blog y no se le ocurría nada, miraba por el balcón, y, hala, entrada nueva.

Reconocí inmediatamente esa relación misteriosa entre facilidad y éxito, que tanto atormenta a los artistas. El público detecta y admira lo que se hizo sin esfuerzo. El autor, en cambio, asume que si lo hace con facilidad es porque ya tiene trillado el campo y debe buscar nuevos retos en los que exigirse y seguir creciendo.

Nos pasa a todos. Mis columnas más celebradas son aquellas en que me dejo caer no de un balcón sino sobre mi suegra y, de hecho, podría recopilar esos artículos hasta hacer un volumen grande y monográfico. La madre de mi mujer es un filón casi inagotable. Y digo casi, porque la paciencia de mi mujer se agotó. ¿Por qué no escribes un poco de tu madre, por variar?”, sugiere. En casa compartimos las tareas domésticas, y mi mujer hace la voz de mi conciencia.

El resultado es que un autor no puede descansar, ni siquiera acodado en su agradable balcón. Y que tampoco debe dejar descansar a sus lectores, lo siento.