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martes, 7 de julio de 2009

Pelotitas y pelotazos

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En la playa, aunque están prohibidas, abundan las pelotitas de fútbol. Son una plaga. No hay nada más molesto, como usted sabe, y, si aún no lo sabe, lo comprobará en cuanto le den las vacaciones, que estar tomando el sol sobre la arena cercado de personas que corretean, saltan, se empujan, caen, gritan y, sobre todo, chutan con fuerza pero precisión escasa. Como yo no estoy muy moreno, soy un blanco perfecto.

He dejado, qué remedio, de leer y me he puesto a vigilar detenida, preventivamente a los futbolistas de la orilla. Me ha llamado la atención lo talluditos que son. No tienen edad para esta fiebre balompédica aguda. En nuestra sociedad hay una epidemia de juvenilización, lindando con el infantilismo, que en la playa salta a la vista. Todos (y todas) visten (o se desvisten) y se tatúan como si fuesen estilizados adolescentes, aunque no. Y ellos van con su baloncito, tan contentos, a corretear por la orilla y a dar toques, dicen. Por supuesto, nadie lee, y me parece que tampoco leería mucha gente aunque nos dejasen hacerlo los enérgicos jugadores.

Hay en el fútbol —reflexiono— una renuncia antinatural que tiene el valor de un símbolo. La inteligencia invita a sujetar el esférico con las manos y dejar los pies para andar o, en casos extremos, para correr; la inteligencia o el simple sentido común. Pero el fútbol se centra en las extremidades inferiores. ¿Ven la simbología?

martes, 20 de enero de 2009

Azofaifa

La prensa está como don Mendo, si me permiten la memoria histórica, el de la famosa venganza escrita por Pedro Muñoz Seca. Según Azofaifa, la enamoradísima criada mora, don Mendo andaba obseso con su antigua novia: “La nombras dormido, la buscas despierto,/ Magdalena dices, al abrir los ojos;/ Magdalena, dices, al rendirte al sueño./ Y hasta hace unas horas, cuando en la hostería/ te desayunabas, pediste al hostero,/ en vez de ensaimada, una magdalena,/ y eso fue una daga que horadó mi pecho”.

Más taimada que ensaimada, la Magdalena de la obra de teatro, hace de las suyas para ganarse tanto protagonismo. La Magdalena nuestra es más bien una ensaimada, una ensaimada sintáctica como mínimo. Su protagonismo también se lo ha ganado a pulso (“antes partía que doblá”), aunque con otro método: no hace lo suyo.

Lo que sí hace es ejercer de andaluza, pero ella sola, ¡mucho cuidado con ayudarla! Cuando uno de Ezquerra la llamó señorita andaluza, que hay que estar sordo y ciego, ella contestó que eso era lo peor que le podían decir. Ahora que la Nebrera ha tenido la poca gracia de comparar su acento con un chiste, también se ha ofendido. Lo de esos catalanes no es evidentemente el arte de las comparaciones, pero convendría que, para evitar malentendidos, Magdalena nos explicase qué tipo de andaluza es. Yo creo que de las de rompe y rasga. Y eso lo explica todo.

martes, 6 de enero de 2009

Anti Auto Ayuda

Los libros de autoayuda tienen mala fama y buenas ventas. No se puede aspirar a más en la sociedad actual. Por tanto, a esa crítica de por qué sus autores no se ayudan a sí mismos, hay que negarle la mayor. ¡Vaya si lo hacen!

El problema estriba en si nos ayudan a nosotros o no. Mi experiencia es limitada, pero intensa. Una vez toqué un libro de autoayuda, que me dio un amigo para que se lo pasara a una amiga. En el interín, cometí el error de abrirlo al azar, y desde aquel día padezco una maldición. El autor, de cuyo nombre ni llegué a enterarme, aseguraba que todos sus fracasos habían sido maravillosas oportunidades, gracias a las cuales había mejorado una barbaridad. “De no haber sido despedido de mi trabajo de alto ejecutivo, no habría escrito este libro”, afirmaba ufano.

Yo le creí. Y desde entonces persigo el fracaso con frenéticos esfuerzos. Pero me esquiva con la implacable coquetería huidiza de todo cuanto es deseado. Escribo lo que me parece en mis artículos: misteriosamente no me despiden. Desde que he renunciado a un puesto en el escalafón del Parnaso poético, me echan quizá más cuenta. Lanzo órdagos, y no los pierdo. Me premian la imprudencia, el ansia agónica de hundirme. Nada extraordinario, por supuesto. Para eso tendría que fracasar, pero el fracaso, ay, me se escabulle. Y si por suerte fracaso, por culpa del libro aquel, me sabe a éxito, y ya no vale.

martes, 30 de diciembre de 2008

Un buen negocio

Este periódico le ha costado un euro y medio, o menos, si es suscriptor, o nada, si lo compró su empresa o se lo ofrecieron en el avión. Mi preocupación, en cualquier caso, es otra. A mí La Gaceta me paga por esta columna 60 €, y mi compromiso moral consiste en que usted salga de leerme enriquecido 58,5 € como mínimo.

Si mira sus bolsillos cuando llegue al punto final, no encontrará, lo siento, esos billetes. Son simbólicos, pero son. El dinero, además de un medio de cambio, es una medida de valor. Para muchos la única, y por eso tenía mucha razón Machado al avisar de que “todo necio/ confunde valor y precio”.

Pero uno, aunque sólo sea para llevar sus cuentas claras, aspira a que el valor de sus columnas, sin confundirse, coincida al menos con su precio. Hoy lo hace seguro, porque la cita de Machado vale su peso en oro. Tanto si no la conocía como si yo sólo se la he recordado, no es lo mismo encarar una dura jornada laboral teniendo claro que más allá de los vaivenes del mercado y sus precios volubles está la tierra firme de los valores.

Aunque Maquiavelo nos aconseje vivamente no publicar nuestras intenciones para no decepcionar al respetable y para que no nos las exijan luego, y aunque sea tan difícil de cumplir, mi deseo aquí para el nuevo año es que todos ustedes hagan un negocio redondo conmigo, leyéndome. Y que lo hagan muy felices, desde luego.